“Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos” es quizás una de las mejores aperturas de un disco de la historia: es lo primero que dice Patti Smith en “Gloria: In Excelsis Deo”, el tema inicial de “Horses”. Volveremos luego a esos “pecados”, pero de momento quiero empezar señalando que Patti y Madonna son dos figuras muy distintas, pero tienen algunas cosas en común. Por ejemplo, que ambas son dos de las mayores leyendas vivas de la música, y que ambas han hecho siempre lo que les ha salido del coño. Muchos de quienes profesan respeto a Patti desprecian a Madonna, o la tratan de forma condescendiente (yo diría que también hay algo de esa condescendencia en su “respeto” a Patti, pero bueno). Quizás por lo que significa envejecer en el rock vs. envejecer en el pop, pero también porque las dos han llevado de manera distinta eso de cumplir años. Ambas maneras igual de válidas quizás para ti y para mí, pero no para una sociedad y unos medios que le pusieron a Madonna el primer titular “cálmate, abuela” (en Smash Hits, concretamente) con solo treinta años.
“Envejecer es un pecado (…) lo más controvertido que he hecho es seguir aquí” es una de las frases que pronunció Madonna en su celebrado discurso de Billboard Woman of the Year de 2016. Diez años después, sus palabras tienen aún más sentido. El edadismo y el miedo a envejecer están en nosotros, diría que especialmente en mujeres y gays (este melón daría para un artículo aparte), y desde luego especialmente en la sociedad actual. Madonna, no sabemos si por ese miedo o porque simplemente es lo que le nacía, ha intentado envejecer de otra manera, abriendo un camino futuro a las artistas pop, uno más de tantos en los que ha sido pionera. Pero es complicado envejecer “de otra manera” en la industria del pop sin que parezca que estás intentando negar tu edad, y ciertamente la línea ha sido muy difusa en varias decisiones suyas de esta última etapa.
Pues bien, esa inseguridad y ese “intentarlo demasiado” están completamente ausentes en “Confessions II”, y es uno de los motivos que hacen de “Confessions II” no ya el mejor disco de Madonna en veinte años, no ya uno de los mejores trabajos de su discografía, sino directamente un disco para la posteridad. Nunca ha habido una artista pop que haya tenido un resurgir creativo con sesenta y ocho años, publicando un disco que suena a ella y a la vez suena a algo que nunca ha hecho antes. Podría estar viviendo de las rentas de sus ochocientos hits cosechados a lo largo de cuatro décadas, haciendo, como mucho, una gira de grandes éxitos de vez en cuando. Pero entonces no sería Madonna.
Un dato que el público general suele desconocer, pero que descubres si te sumerges a fondo en su discografía y sus letras, es que Madonna es mucho más insegura y vulnerable de lo que parece, algo que puede tener relación con ese “intentarlo demasiado” del que hablábamos respecto a la edad. Pero en “Confessions II” el “Síndrome Sr. Burns con gorro” está de viaje, y esto tiene una influencia tremendamente positiva en la música. ¿Ocultar que llevas en activo desde 1979... o precisamente usarlo a tu favor? Madonna hace lo segundo en la maravillosa “Danceteria”, todo un auto-homenaje no solo a una música y una época, sino a ella misma. Otro ejemplo lo tenemos en “School”: es esa canción que lleva queriendo hacer desde hace veinte años, cuando intentaba ser avantgarde pero se perdía adaptándose a la moda del momento (lo que provocaba que “Bitch I'm Madonna”, “Medellín” o incluso “Gang Bang” fuesen interesantes, pero no redondas). Y esa canción llega por fin cuando deja de buscarla desesperadamente.
Otro ejemplo es “Everything”, en la que Madonna, sin miedo a sonar “vieja” por ello, critica abiertamente las redes sociales y el aislamiento al que nos someten/sometemos. Esto, por cierto, tiene todo el sentido en un disco que reivindica la experiencia comunitaria de los clubs, las conexiones y el sudor frente a lo aséptico, lo hostil y, en definitiva, frente al color gris vestido de purpurina que supone vivir en las redes (pese a que el mundo online a priori iba servir para todo lo contrario). El final de esta canción conecta con la parte espiritual del primer “Confessions” y, sobre todo, de “Ray of Light”, un disco que está más presente aquí de lo que pensábamos. De hecho, todos sus álbumes tienen aquí un lugar.
Porque realmente esto no es una secuela de “Confessions”, y menos mal. Me daba pereza algo así por parte de alguien que siempre ha apostado de manera casi enfermiza por reinventarse, alguien que para tocar sus hits en giras tenía que versionarlos, alguien que siempre ha evitado la nostalgia. Con lo que lo peor de “Confessions II” es su título, que quizás sería otro en una época menos dominada por la nostalgia... o quizás lo seguiría siendo porque, en realidad, está reinventando el concepto de disco-secuela, y porque aquí hay muchas más confesiones (también se puede leer como “Confessions To”) que en el álbum original. También es más variado que el disco original: con Stuart Price de nuevo como capitán, y contribuciones puntuales de Mirwais, Arca, Tainy, Cirkut o, por supuesto, Martin Garrix, aquí dominan el dance y el house, pero caben jungle, disco, trance, synth pop, big beat, techno, acid o trip-hop.
Todos estos géneros se unen para demostrar que, como dice la cantante en “One Step Away”, esta música no es superficial. La electrónica y el club como una experiencia casi mística es algo que se asoma ya desde el primer corte (un “I Feel So Free” que también nos adelanta las huellas de la era “Erotica”/”SEX” que veremos en el tracklist), y que refuerzan “Good For The Soul” y “One Step Away”. Aquí, la pista de baile es el lugar en que sucede un ritual en el que los movimientos sustituyen al lenguaje verbal, donde los “pasos” te acercan a una especie de comunión contigo mismo: “Understand your violence and the trauma you've survived / nobody's free until they're broken” canta Madonna en esta canción, insistiendo luego en “Love Without Words” que “This is a temple of sweat and surrender / where rhythm replaces reason”. Si alguien sigue sin darse cuenta de que la electrónica no es superficial, y que, de hecho, puede ser bastante intensa, llega “Fragile”, dedicada a su hermano Christopher, fallecido en 2024. Una de las mayores joyas del conjunto, que es complicado escuchar sin emocionarse y que impacta aún más cuando sabes la historia de la relación entre los dos hermanos.
Otro de los highlights de un disco lleno de ellos es “Bizarre”, sobre los sentimientos ambivalentes que, cuarenta años después, siguen existiendo entre ella y su exmarido Sean Penn. Es inevitable acordarse del EDM de “MDNA”, aquí infinitamente mejor resuelto; casi se diría que es la evolución natural de bops ya de por sí bastante notables como “I'm Addicted”, “God Control” o la demo original de Avicii de “Rebel Heart”. Esto de revisitar aciertos, pero además convirtiéndolos en algo que nunca ha hecho, sigue ocurriendo a lo largo del minutaje. Pasa en “My Sins Are My Saviour”, en la que conviven “Justify My Love” con un guiño a “Paradise (Not For Me)”, referencias a “Belle de Jour” y el Marqués de Sade, y hasta Stromae recitando algo tan precioso como “L'amour est la plus forte des armures / tu as toujours été son soldat”. Por cierto, que, con la importancia que en la discografía de Madonna tienen el sexo y la religión (y la relación entre ambos), resulta brillante cerrar la edición estándar del disco diciendo que su “salvador” son precisamente sus pecados.
Pasa de nuevo en la mencionada “Love Without Words”, que es como si al antro sucio de “Erotica” llegase la elegancia de “Music”. Pasa en “Betrayal”, heredera directa de esa Madonna que colaboraba con Massive Attack, y que irónicamente podría ser la canción que sí esperaban de ella para James Bond cuando entregó “Die Another Day”. Pasa en “The Test”: si tú también te acordaste de la Madonna de principios de los dosmiles cuando escuchaste el disco de Addison Rae el verano pasado, esto es para ti. Y por supuesto pasa en “L.E.S. Girl”, que no habría desentonado en “American Life” y que es quizás el mejor cierre de álbum que ha hecho. Ante esta frase, recuerdo de nuevo: hablamos de alguien con más de cuarenta años de carrera y quince discos de estudio. Incluso las más flojas son decentes, no hay aquí ningún skip (¡en un álbum de dieciséis canciones y una hora de duración!) como sí tenía el primer “Confessions”.
“Bring your love” con Sabrina Carpenter funciona mucho mejor en el contexto del disco, “Love Sensation” destaca en el escapismo que puede suponer tu pareja/tu mejor amigo/incluso la pista de baile (“No todas las canciones aquí son confesiones, “Love Sensation” es simplemente alegría pura”, ha dicho Madonna sobre ella) y, aunque temía a “Read My Lips” –con Feid– como a mil demonios, es su mejor canción latina desde “La Isla Bonita”.
Uno de los motivos por los que Madonna me resulta tan interesante es por su imperfección y su autonomía creativa (que van ligadas), tan sorprendentes en alguien que mucha gente cree que es un producto y no una artista. Pero en el pop los productos funcionan muy bien hasta que dejan de funcionar; una vez que llega esa especie de “obsolescencia social”, ya no hay vuelta atrás, ni comercial ni artísticamente. Por eso es tan increíble alguien cuya carrera se ha dado por muerta tres veces (y a ella misma hace tres años), y las tres veces ha resurgido. Esta tercera vez ha tardado más, pero aquí está con otra obra maestra, término que quizás suene aventurado, pero el tiempo me dará la razón.
“Confessions II” es una celebración y reivindicación de la música pop en general y de la carrera de Madonna en particular. Es una defensa de la espiritualidad que se puede encontrar en la electrónica, del contacto humano y los clubs y además es, como leí en un tweet el otro día, una inspiración tremenda para cualquier artista. Y no solo artista: cualquier persona puede que se pregunte por distintos motivos si es “demasiado tarde” para algo... “Confessions II” te interrumpe antes de que continúes explicando los motivos, y te dice “no es tarde”. Acto seguido, se va a la pista de baile y te hace un gesto para que le sigas.
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