Baladas de plata
Discos / Chencho Fernández

Baladas de plata

8 / 10
David Pérez — 05-08-2020
Empresa — Warner Music Spain
Género — Rock

El malditismo y la poesía más auténtica, con pose de desencanto y en aparente estado natural de hibernación creativa, siempre mantiene los ojos de serpiente abiertos de par en par en la retaguardia, encadenando lunas y acumulando veneno del bueno dispuesto a desbordarse en cualquier momento. Y no solo siguen en boga esos vampíricos colmillos literarios, sino que se antoja más necesario que nunca su mordisco, en época de aves de paso, virus de moda y metales efímeros. “Baladas de plata” en vena nos trae Chencho Fernández como adictivo y morfínico antídoto para huir de lo banal y degustar lo efímero, reapareciendo entre la niebla que separa la madrugada beatnik de Nueva York, del alba sevillano aferrado a la penúltima copa de una velada interminable.

Una suerte de revuelta que esperábamos con los brazos abiertos en medio de las vías y que, acercándose poco a poco, con la sombra del Nick Cave más crooner siguiendo sus pasos y el Lou Reed más chulesco de la mano, activó la alerta con el traqueteo del primer adelanto “En boga”, de que algo importante nos llevaría por delante. La aguja cae y nos hundimos sin remedio en “Esa fue una buena noche, no recuerdo ni la mitad…”, con el aroma cabaretero y magnético del “Transformer” (72), plagado de coros, vientos, cuerdas, exquisito fraseo y aullidos (genial ese “¡no sé, no sé!”).

Ha sido larga la espera tras aquella otra “(Una) buena noche”, cierre perfecto a fuego lento de aquel imprescindible (y no tan bien valorado como debiera) debut en solitario, “Dadá estuvo aquí” (14), puzle donde reordenó canciones con latido propio y pista de despegue de una nueva vida, que antes había dejado su rastro en el camino con aventuras y proyectos como Riff Raff, Sick Buzos, Lavadora, Mistral o Las muñecas de la calle Feria. Más de seis años llevábamos saboreando la resaca de aquel reinicio de Chencho, corredor de fondo incansable y cronista de esa Sevilla de luminosa oscuridad, que reabre por fin la veda con “Baladas de plata”, a tumba abierta y con el alma intacta, empapada de bourbon y Guadalquivir en “La fosa de las Marianas”. Aguacero de rock n roll, con la banda enseñándonos las garras y tejiendo a zarpazos una creciente atmósfera sónica, arrastrándonos de la solapa hacia el ojo del huracán y soltándonos en la inquietante calma final, con un piano que parece flotar, como un astronauta naufrago, en la negritud del espacio exterior.

El rugido eléctrico se suaviza y la sensualidad soul y afrancesada, con Serge Gainsbourg bajo las alas, nos cala hasta los huesos en la delicadeza de “Te quiero sin querer”, para pasar a clavarnos sin que nos dé tiempo a parpadear “Un hit” en el corazón, ese que fue pieza principal de la banda sonora de una historia de amor pretérito, y hoy es solo un eco idealizado que se apaga poco a poco, pero no del todo, mientras ansiamos que llegue “un nuevo éxito” y que esta vez, la música no deje de sonar…

Dulce amargura que no cesa y es que, “aunque exista la nada, / sigue sangrando la herida”, con una preciosista sesión de cuerdas abriéndose paso, trepando y brillando por cada pista como enredaderas de neón. De “Mi pequeña muerte en ti” con esencia de clásico sesentero, en la que la orquestación toca techo y lo rompe, al continuado y compartido clímax instrumental en la hermosa “La canción de Nadia”. Un crucero llamado tempus fugit, contoneándose y hundiéndose en alta mar, con los viajeros y la tripulación al completo bailando en un gran salón de fiestas, mientras la orquesta no deja de tocar y Chencho Fernández prosigue su escalada de cimas compositivas, rodeado por cenizas vividas y aun en llamas.

Frente a frente, un espejo desnudo entre dos mitades que se hace pedazos a martillazos, “Como se odian los amantes”, una de las odas a la fragilidad del amor más bellas, hirientes y descarnadas jamás escritas, pero resplandeciente hasta cegarnos. “Te miro y me reflejo en un océano de reproches que no cesa…”. Un vaticinio poético que, tras el final de los finales, siempre llega: “Me vas a odiar, ya verás, me vas a odiar… / Como se odian los amantes / cuando ya no se aman más… / Me vas a odiar, / ya verás…”. A la altura de obras maestras envueltas en terciopelo y espinas como “La Gran broma final” de Nacho Vegas o el “Bravo” de Luis Demetrio.

Seguimos ahondando en los amaneceres perdidos de “aquellos ojos” en una enérgica y vibrante “Calle imagen”, que hace rezumar desde la tristeza pluscuamperfecta más pura, ese contradictorio y casi incomprensible, pero verdadero y magnético, rayo de luz sanador. Hermanándola en esas “good vibrations” que disipan nubarrones, con piezas referentes y únicas como el “One of us must know (sooner or later)” de su querido y omnipresente Dylan.

El olor a azufre, serpenteando entre el mambo y el bolero, llega con la ayuda del combo chileno formado por Sebastián Orellana e Iván Molina (La BIG Rabia) en “Salvador en la plaza del pan”. Y, haciendo justicia poética y algo más, vuelve a sacarle brillo a “aquella estrella que brillo en Los Ángeles”, despertando del sueño que fue real en 2013 y revisitando la adictiva brisa que cerraba el disco homónimo de Las muñecas de calle feria, un “Suicidio en Hollywood” de hechizante e intacta armonía.

“La fiesta se acaba, / puntos suspensivos, / comienza la danza / de la despedida. / Uno a uno recogen / abrigos y encomiendas / para la próxima vez…”. Realidad o ensoñación, todo llega a su final y estas “Baladas de plata” le ponen puntos suspensivos al último baile, estirando la nocturnidad al día con viejas artes, otorgándonos una aparente tregua al sol bajo un “Todos se han ido ya, / pero tú te has quedado…”, al que nos aferramos con todas nuestras fuerzas. Pero no, a ritmo de ranchera la “Noche americana” (clásico instantáneo) sigue su curso y el repicar de las campanas comienza a destapar el truco y la ilusión se desvanece: “El sueño se atasca / mientras en tráfico irrumpe, / justo cuando iba a besarte / despierto entre flores muertas / y descubro que te marchaste, / que no hubo fiesta ni invitados… / Y tengo que asimilar / que todos se han ido ya / y tú también te has marchado. / Para colmo en las calles / repican las campanas, / porque ha entrado la mañana / en la noche americana”.

A los ya nombrados Orellana y Molina (La BIG Rabia), con el imprescindible Jordi Gil de nuevo al timón de la embarcación y los arreglos orquestales de Rafael Cañete como horizonte unificador, se suman a Chencho Fernández en esta obra de orfebrería más de una veintena de músicos de primera línea: su inseparable hermano Álvaro Suite y Javier Neria, ambos a las seis cuerdas, el teclado de Álvaro Gandul, los coros de Amanda Palma, el tridente Israel Diezma, Juano Azagra y Pilar G. Angulo (All La Glory), los bajistas Javi Vega (Maga) y Ricky Candela, y las baterías de Antonio Lomas y Alberto Romero. Además de una majestuosa sesión de cuerdas y vientos: los violinistas Luis Miguel Díaz Márquez y Vladimir Dmitrienco, la chelista Gretchen Talbot, el director y viola Jerome Ireland, el clavecinista Alejandro Casal, el trombonista Alejandro Sánchez Aranda, el saxofonista Francisco J. Gil, el flautista Guillermo Jorge Manjón y el trompetista Ángel Sánchez Suárez.

Siguiendo la línea del Nacho Vegas más introspectivo y el Diego Vasallo más romántico y directo, con Rafael Berrio como outsider alma gemela norteña y la electricidad venenosa de la Velvet en los bolsillos, “Baladas de plata” es la reaparición soñada y rejuvenecida de uno de los songwriters más genuinos e imprescindibles de las últimas décadas. Un golpe maestro en la mesa que debería ser, de una vez por todas, la rampa de lanzamiento para Chencho Fernández, un músico que no (nos) podemos permitir que esté, nunca más, tanto tiempo fuera de cobertura.

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