Dije que sí, que iba a escribir, porque qué más da. La vida es rutina y mucha energía perdida en esfuerzos baldíos. Si en los primeros cinco días de la semana te preguntan si puedes escribir algo durante los dos últimos, a veces, te dices, buff, no, no tengo yo el este para lo otro. Te apetece poner el cerebro en stand-by, bai, durante todo el fin de semana. Pero si lo que me piden es que escriba sobre The Bellrays, ni me lo pienso. Ni me lo pensé: ah, vale, sí, sí, entonces sí. Porque qué más da, ya lo sabes antes de empezar, que va a ser un buen concierto, que no va a ser difícil escribir algo luego. Es fácil describir cosas buenas; a mí, por lo menos, me cuesta más ponerme a amonestar.

Así que vamos a hacerlo. Para empezar, digamos que creo que las dos bandas que actuaron el viernes pasado en el Kafe Antzokia de Bilbao tienen algo en común. Lo más básico y necesario, el gozo fugaz pero gozo. A los Grande Royale y a los Bellrays debería prescribirlos el doctor de cabecera. Lo harán mejor, peor, o medianamente, pero, como me dijo al oído un amigo que entiende, tienen que existir; y ahora añado yo, tienen que existir porque te alivian el día, te lo aligeran. Tienen propiedades (musicales) que modifican los estados fisiológicos. Medicina para el alma, o algo así, que se dice por ahí. Se esfuma, pero, con suerte, algo queda. Concierto, bis, c’est fini, y ya está, para casa, a escribir, que para eso dije que sí, pero con una sonrisa escondida y el reúma curado.

Reúma no debían de tener los cuatro tíos de Grande Royale (foto inferior), que ahora son cuatro, y uno de los dos guitarristas comparte las cuerdas con el cante. Ni reúma ni ninguna dolencia aparente, porque flexibles y dinámicos se mostraron todo el rato. Creo que hacía mucho tiempo que no veía un concierto con tanto lance guitarrero, el instrumento vertical en un costado y giro rápido de nuevo a la cintura. Hubo momentos en que los dos guitarristas lo hacían al mismo tiempo, coreografiado casi. En líneas generales, suyo fue el protagonismo: guitarras por vena; guitarras con la caja repleta de pastillas, que casi no entraba el puente en el cuerpo de las guitarras. El bajista, a lo suyo, en la misma postura, plantado en una esquina. Mucho volumen y buen sonido, me pareció, para un concierto tocado a un solo ritmo, un ritmo arrollador. “Got to Move”, “Brake Light” y “Go Go Go” sonaron así: guitarras gruesas, estribillos contagiosos y potencia, mucha potencia. Se marcaron un final rotundo y efectista para “R’N’R Business”, no escatimaron en una “I’m on the Loose” con empaque para la efervescencia y se despidieron con “One Second”, una canción perfecta para despedirse, con vocales redondas para los coros, que no hace falta saber inglés ni falsificar palabras con los labios mancos.

Se repasaron su último disco, del año pasado, creo, “Breaking News”, y no voy a decir quién se lo produjo porque me he prometido que iba a escribir todo esto sin decir de dónde son ni a quiénes suenan parecido, que es lo más fácil, y estoy seguro de que a ellos les cansa oírlo, aunque el río suene, y, en realidad, algo, o mucho, haya. A lo que sonaron, a mi parecer, fue a rock and roll con proteínas, del natural e instantáneo, del que te alegra las caderas, la mañana y la jaqueca. Alta energía con emisiones tonificantes más que térmicas.

Los Grande Royale empezaron tan puntuales que más de uno se perdió el primer gol por estar viendo los del derby. Fueron ganando público poco a poco, y ya se quedaron todos, me supongo, para ver el segundo tiempo con The Bellrays (foto inferior y encabezado) de titulares. Eso sí, se veía la madera flotante del Kafe Antzokia, como calvas en el césped, ideogramas que igual están intentando decirnos algo sobre el mercado de la música en directo, no lo sé, tampoco nos pongamos transcendentales sin avisar. Da igual, dio todo igual, porque se subieron al escenario y se acabaron tanto el fútbol como los disgustos que nos afligen. Lisa Kekaula en el centro de la tarima, Robert Vennum a la vera de ella. Desde los 90 así, haciendo garaje, rock, power pop, soul… Ellos lo llaman punk-rock-and-soul. Todo ese rollo de mezclar Etta James con The Who y bañarlo en actitud lo habrás leído ya varias veces antes, cada vez que alguien escribe sobre ellos. No lo voy a repetir yo ahora aunque ya lo haya hecho. Puedo pasarte el listado de canciones que tocaron, desde “Bad Reaction” hasta “Startime”, pero para qué. Hicieron un concierto con temas conocidos, ya viejos, si quieres, pero que no pierden fuerza. La arquitectura del espectáculo también fue muy parecida a lo que hayas podido ver antes, si no era la primera vez que ibas a uno de sus conciertos: Lisa Kekaula pasando de la concentración a la introspección y de ahí al encaramiento y a la búsqueda de conexión. Con el sugestivo “Power to Burn” se bajó al público y llegó hasta la mitad de la platea, sin soltar la pandereta que, con mucho estilo, se colgaba del codo derecho. En un momento, agarró un mechón de su flequillo y lo estiró con tanta dulzura que parecía algodón de azúcar. Tiene clase hasta para vacilarle a su marido, al público, repetir cien veces aquello de que son los Bellrays y vienen de Riverside, California, y no cansar. Va del soul más blusero al arrebato rockero y borda los dos y el intervalo del medio. Es una de las cosas más portentosas de esta banda, por cierto, cómo empastan las canciones, cómo anudan cada una y las eligen en orden. Todo bien apelmazado y fluido. Otra cosa portentosa que tienen es que lo tienen, que tocan rock and roll, así, rock and roll como sonido, no como imagen o etiqueta. Sin postureo, sin bagatelas. Vennum, que no paró de saltar y moverse en toda la actuación, se encargó de cantar “Soul Girl” y “Never Let a Woman”. El bajista disfrutó de su momento con “Junior High”. El bombo retumbó. En “Shake Your Snake”, la pandereta silbaba como una serpiente. Con la misma elegancia con la que tocaba esto, Lisa Kekaula se refrescaba con un abanico naranja. Para el bis, ya nos habíamos acostumbrado a que lo agitara y no sorprendió que lo usara para refrigerar a Vennum mientras este hacía el paso del pato con la versión del “Johnny B. Goode” que les sirvió para estrenar el bis. Sí, también tocaron “Black Lightning” y otras cuantas más, pero no sirve para mucho que yo te las ponga aquí en una lista.

Lo importante fue el efecto final, la sonrisa escondida, el reúma curado. Dos píldoras terapéuticas y a casa a escribir y esperar que vuelva el lunes. Cuando quieran, volveremos, por supuesto, a dejarnos remediar por ellos, por cualquiera de estas dos bandas.