Un grupo de señores fue tendencia anoche en las redes sociales. Todo el que estuvo en La Riviera, y mucha gente de la que no estuvo, la mayoría, como dice Louis CK al comienzo de uno de sus especiales (La mayoría no habéis venido), quería compartir el momento o lamentarse por no haber ido. Más de veinticinco años de canciones bonitas pero extrañas, algo fuera del camino, la vida y la vigencia de un grupo de esos que raras veces es el favorito de nadie pero que ha acompañado a tanta gente durante tanto tiempo. Durante mucho tiempo.

Algunos de los que somos más milenaristas que millenials tuvimos la oportunidad de descubrir a unos por entonces bisoños escoceses, allá por julio de 1992, acompañando a Nirvana en su estreno en España. En ese momento no lo sabíamos, pero lo que para nosotros era el advenimiento de algo grande, con ese machacacerebros de inefable atracción que era Never Mind recién publicado el año anterior, en realidad entraba en sus últimos días, era algo que no podía convertirse en lo que ya era. Aquel día por la tarde Steve Double inmortalizó a Nirvana de paseo por el El Retiro (busquen esa sesión de fotos). Recientemente el fotógrafo londinense declaró a El Mundo: “Nada estaba bien en Nirvana en ese tour por Europa… Kurt estaba en recuperación y cerca de estar catatónico”.

Pues bien, Teenage Fanclub abrieron el concierto aquella noche preolímpica en el Palacio de los Deportes (Surfin’ Bichos también estaban anunciados y al final no llegaron a tocar). Era la época del Bandwagonesque, su segundo álbum, y, literalmente, muchos descubrimos allí que había otra música, otro pop, otra manera de hacer armonías, algo que no salía en las radios ni en las televisiones. Éramos críos y habíamos ido a ver a Nirvana, sí, y nada podía hacer sombra a aquel ritual, pero, cómo decirlo, eso era algo que formaba parte de lo que había en el mundo, sí salía en los medios convencionales. Y gracias al descubrimiento de Teenage Fanclub nos fuimos con algo más apuntado en la libreta.

Celebrar una cierta manera de hacer las cosas, ese mantenerse un tanto al margen y sobrevivir, el power pop, el indie pop de guitarras pero el de verdad, haber crecido buscando eso, escuchando eso, disfrutando eso. Eso fue tendencia anoche. Daba igual que el sonido estuviese a ratos muy cerca de ser lamentable, o que Norman y los suyos real y objetivamente hayan perdido pegada y esa sangre en el ojo que, más allá de la edad que tengas, es condición sine qua non para ser relevante, molar, venir a cuento, contar algo de verdad. Llamémoslo como sea, sabemos de lo que estamos hablando. Teenage Fanclub hoy no son como The Platters cantando en un crucero, pero tampoco son esos chavales de Bellshill que cogían a Big Star y las armonías de The Byrds y le metían los ángulos y el ruido y las distorsiones, y había descubrimiento y nervio. Teenage Fanclub son unos señores y lo bueno que tienen es que sólo tienen que tocarlas. Y pueden hacer lo que podríamos llamar giras de celebración, como ésta, deben permitirse seguir grabando discos como excusa para hacerlas.

Sobre el escenario aguantaron bien las nuevas (Thin Air, I’m In Love o Hold On) intercaladas entre los hits de toda la vida. Incluso muy bien. Pero lógicamente llevaron el peso del setlist los himnos, sobre todo los de Grand Prix y Songs From Northern Britain (celebradísimas todas: Start Again, I Don’t Want Control Of You, Don’t Look Back, Take The Long Way Round, Ain’t That Enough, Sparky’s Dream…). También hubo momentos para la selección de gemas de discos menos recordados (It’s All In My Mind, My Uptight Life y Dumb Dumb Dumb fueron las representantes de Howdy y Man-Made) y, cómo no, hasta para desempolvar hitazos de la primera época, Radio, de Thirteen, o el que quizá fuera su primer gran himno, ese The Concept que volvió a sonar en Madrid casi veinticinco años después para gozo de un público que esta vez no acudió a descubrir nada.