La quinta edición del Sopela Kosta Fest se despide del verano con mucho pop (Grises, Zazkel, Melenas), rock (Moonshakers, The Icer Company, Liher) y la fusión de estilos del combo catalán La Sra. Tomasa. Un fin de semana en el que nos ha dado tiempo a viajar hasta Nueva Orleans con Travellin’ Brothers y redimirnos con el éxtasis surrealista de El Columpio Asesino.

Viernes 22

Cae la tarde con amenaza de lluvia otoñal y las Moonshakers (foto inferior) hacen los honores a un volumen atronador (un poco excesivo) y en horario no infantil, sino de Txikipark en hora punta. Han tenido una agenda de conciertos muy apretada estos últimos meses. Raro ha sido el festival, concurso o sarao donde no las hayamos visto. Las hijas del jaleo consiguen animar un poco a un público escaso y remolón, a ritmo de rock n’ roll y gracias una incansable Inge Isasi, en temas como la enérgica “Make You Shout” de su álbum debut. Por cierto, qué bien se lo está pasando la batería Alba Granados. “Elisa’s Birthday” contiene guitarreo de cierto aire surf, muy apropiado para esta cita. En conjunto, ofrecen un recital de estridencia moderada, rock sin tonterías; algo muy de agradecer visto el percal de consigna y pandereta actual.

The Icer Company (foto inferior) elige un buen tema (“Betirako”) como introducción del que es su último concierto, según anuncia el guitarra y cantante Iker Zia. “Sois unos privilegiados”, bromea. Presentan su segundo disco, “Belurde” (2017). Destacable parte instrumental final en “Elefanteen hilerria”; menos rodeos melódicos y más acción. El cantante se muestra impetuoso a cada golpe de guitarreo penetrante. Contundencia que bebe de su pasado metalero. “Argiaren zamak estali gaitu…” rezan las letras de “Antagonista”, apropiada como despedida y cierre. Con todo, dejan cierto poso melancólico. Si se trata del último concierto, ¡tiremos la casa por la ventana! Cierto es que la tibieza, si no frialdad, del público tampoco acompaña…

Los guipuzcoanos Grises ofrecen un abanico de pop despreocupado y bailable. Filigrana multicolor. “A-fin-de-cuen-tas/so-mos per-so-nas…” (“Cactus”). Todo va razonablemente bien hasta el patinazo de la cantante Amancay Gaztañaga, que introduce “Wendy” con la muy loable y necesaria reivindicación de más mujeres sobre y bajo el escenario. Hasta ahí todo dentro de lo previsto, si no fuera por su despiste: “Creo que soy la única mujer (sobre el escenario) hoy…”. Parece que no ha tenido en cuenta a sus ‘compañeras’ Moonshakers, ni por supuesto al cartel del día siguiente, donde predominan bandas lideradas por mujeres. Lo peor es que la gente aplaude a ciegas la consigna, hombres, mujeres y viceversa, porque está de moda y quedas muy bien. ¡Más mujeres! ¡Viva! ¡Paridad también entre el público, 50-50%! ¡Viva! Para qué cuestionar nada, calcular intenciones, ni echar cuentas de ningún tipo. Si ya de paso aludes a los refugiados, la ovación enlatada está asegurada. ¡Viva el proselitismo! Me pregunto cuándo miraremos más allá de nuestros ovarios, pitos y ombligos. Al margen de este lapsus, la gente se divierte bailando al son del quinto disco de la banda, “De Peces y Árboles” (2018). “Comida para insectos” versa sobre sus sueños, apunta Gaztañaga, “y la sociedad que diluye nuestros sueños, una sociedad infesta en parte por nosotros mismos”, admite. Ciertamente, el grupo pone a bailar a todo bicho viviente. Una nebulosa de preciosismo pop envuelve el concierto. Se despiden con “Avestruz”, tema de apertura de su disco anterior, “Erlo” (2016). Mención especial, por cierto, al cameo de Txarly Usher paseando el perro por el recinto ferial…

El combo catalán La Sra. Tomasa pisa firme sobre el escenario con toda una jam session de intenciones que hace gala de su potente mestizaje libre de prejuicios. Prometedora fusión de energía y buen rollo. “Todo pasa, todo llega”; con ese mantra optimista comienzan y terminarán un bolo redondo, dinámico y exuberante en estilos y matices. Después de un exitoso álbum debut (“Corazón, Bombo y Son”, 2014), con el que han girado sin parar por media Europa, ahora presentan su segundo LP “Nuestra Clave”, donde desvelan, en parte, el secreto de su magia. Han contado con colaboradores estelares como Gloria Boateng y Rapsuskley, entre otros. Con melodías y letras alentadoras donde las haya (“Después de amar”), el cantante, showman y saltimbanqui Pau Lobo derrocha vitalidad y buen rollo. Su flow es contagioso y se nos van los pies fácilmente. Queramos o no. “Mola, ¿eh? –nos reta-; ¡Quiero mucho ruido!”, incita. Las canciones se enlazan unas con las otras en un continuum de ritmo frenético pero cuidadosamente trabajado. Saben lo que hacen. No es una batidora de estilos donde impera el beat y el resto es bailar sin ton ni son. Hay armonía y profesionalidad. De la rumba rapeada a trallazos en la onda de los irascibles Rage Against The Machine, pasando por cumbias frenéticas, salsa bailonga, cadencia reggae e incluso algún tinte arabesco. Todo cabe en esta amalgama de ritmos, propulsados por una contundente base electrónica. ¡Pura vida!

El combo catalán no da tregua: son incombustibles e inflamables, “Es Lo Que Hay”. Los bises nos traen incluso un bolero a los teclados como introducción de “Soy Así”, de la que Pau hace moraleja: “Sed vosotros mismos”. Un clásico. Se despiden con “Yo Traigo Boogaloo”, tema original del maestro del mambo-rock Alfredo Linares. Imagínense: mucha salsa y mucho sabor. Así que no se apunten a zumba ni a spinning: vayan a ver a estos chicos y harán glúteos seguro.

Sábado 23

La segunda jornada del Sopela Kosta Fest trae consigo mejor tiempo y mucho más ambiente -familiar, con abundancia de padres instagramers buscando que sus hijos sean influencers desde la más tierna infancia-. Aún es de día y el aroma a sardinas asadas aturde e inunda el escenario donde Zazkel (foto inferior) quiere erigir una discoteca con temas de pop funky como “Anestesia”, “Infernuko Atean” o “Beroa”. Se agradece su frescura, una apuesta algo diferente entre tanto rock metalero-clasicote y punk de txosna. Solidez y preeminencia del bajo (Asier), que se debate con el protagonismo merecido de los teclados a manos de Txosk. Llama la atención el uniforme de la banda, un Do It Yourself total. Algunos de los miembros de la banda de Zeberio llevan tiras multicolores fosforitas sobre sus prendas blancas; parecen esas cintas adhesivas que se ponen los deportistas de élite (y algún que otro poser) para curar lesiones. Invitación a bailar al ritmo de la funky “Afera Ustela”, que critica el panorama de la industria musical; así como “ZTB”, su particular llamada a filas: “Zazkel Tribu Dantza!”. Pero sólo bailan los niños… El cantante y guitarra Etxahun sufre un percance con su guitarra; Irati le echa un cable y se escuda en el jet lag: “Acaba de volver de Londres…”.

El toque surf-pop de esta segunda jornada viene de la mano de las navarras Melenas (foto inferior), con esa dulzura pop sin caer en la melosidad pegajosa. Irreverencia sutil en la levemente garagera “Sales”; su armonía vocal y melodías poppies evocan vagas reminiscencias a los Fresones Rebeldes, con todas las distancias. Quizá les falte algo más de rodaje en términos de efusividad sobre el escenario, más garaje en sí. Mantener esas melodías cuidadas y dulces, pero con algo más de garra. Con todo, le cantan al desamor con simpatía y desenfado, y esa es una actitud valerosa hoy en día.

Liher labra una interesante base progresiva con tozudez metal, que da paso a una balada apabullante como “Sismografoa eta Lurrikara”, a cargo de la guitarra y alma mater de la banda donostiarra, Lide Hernando. Desgranan su tercer álbum “Tenpluak Erre” (2018), aunque hay margen para el blues sexy “Behazun Beltza” (tema que cierra el disco anterior, “Hauts”), donde Hernando se muestra exultante con su voz desgarradora. El trío de cuerdas rodea a un feroz batería en las partes más salvajes. También hay espacio para algunos tintes de soul y R&B en “Beltz Gara”, con unas maracas que pretenden movilizar al personal, mas el tema deriva en el blues rock en el que tan bien se defienden. Genial y electrificada versión de “Electric Man” de Rival Sons. A tenor del poderío escénico de la líder, he aquí una sugerencia: una versión de la gran Betty Davis, por ejemplo “They Say I’m Different”. Lo bordaría, seguro. Cada vez más cañeros, superan la hora de espectáculo preestablecida y no se les ve con ganas de abandonar el escenario. Se despiden con rugidos: “Nor Da Piztia”.

Travellin’ Brothers (foto inferior) sigue reuniendo a muchos fieles pecadores. Es tiempo para el swing, para viajar hasta Nueva Orleans, como invita el cantante Jon Careaga, antes de entonar una armoniosa “On What a Shame”. Les acompañan esta noche la “reina del Mississippi” Inés Goñi y el organista y líder de Elkano Browning Cream, Mikel Azpiroz. La multipremiada banda está de estreno además, pues trae nuevo álbum –el octavo- bajo el brazo: “13th Avenue South”, grabado en Nashville. Cabaret loco donde destaca el saxo (Alain Sancho) -“desde el mismísimo Puente Colgante”-, con permiso del resto de notables músicos. De Nueva Orleans a Memphis, funk para agitar las masas. También un poco de country para recuperarnos de tanto jolgorio y desenfreno, e incluso un “Let It Be” de regalo para un cumpleañero del público: “Peca lo que quieras, que mañana voy a misa y rezaré por ti… y por todos”, invita el cantante, socarrón. Momento de éxtasis gospel “The Best Is Yet To Come”; manos al aire -“Oh, yeah!” – y santiguos a los presentes. Careaga dedica “Loving Place” a la infancia “de cuento de hadas” que le dieron sus padres “y a los putos setenta”. Volvemos a Nueva Orleans para evocar al gran Robert Johnson, uno de los poseedores de la patria potestad del blues. Despedida a lo grande con palabras del guitarra Aitor Cañibano: “Hemos hecho un repertorio de blues-indie. ¡La música de viejos aún tiene cabida!”.

Soberbios e incontestables, El Columpio Asesino (foto inferior y encabezado) hacen gala de una virtud de la que no pueden presumir muchas bandas: personalidad. Cumplen además aquello de “grupo en constante evolución”. Lo de indie, aunque vaya con el añadido de “pero del bueno” se les queda pequeño. Riqueza de sonidos, letras ácidas que calan en esa penumbra que resulta a la vez tan luminosa y reconfortante.

Abren con “Corazón Anguloso”, como muestra de una atmósfera en progresión irremediable hacia la explosión termodinámica. Demencial “Babel”, idónea para calibrar el ambiente, entregado a la fiesta popular, en todo caso. Qué bien miden los temas, cómo los aguantan en su justa medida antes de lanzárnoslo a la cara. Por no citar el imaginario surrealista y decadente de sus letras (léase “La lombriz de tu cuello”). Nadie sabe muy bien qué ha pasado, pero ha pasado. Trance brillante con “Susúrrame”, con una guitarra chirriante que taladra conciencias. Maravilloso el grito punk y gutural de Cristina Martínez en “Entre Cactus y Azulejos”. Desgranan casi en su totalidad su más reciente y “radical” –y probablemente favorito- trabajo de estudio, “Ballenas Muertas en San Sebastián” (2014).
Artillería pesada y desquiciante vía “La Marca En Nuestra Frente Es La De Caín”, “Un Arpón de Grillos” y “Perlas”. Sonido muy Pixies en la veterana “Your Man Is Dead”: un minuto de tralla es suficiente y letal. En “Floto” parece que hay algún problema ¿técnico? por las señales que se intercambian Raúl Arizaleta (guitarra) y Daniel Ulecia (bajo). Nada importante cuando llega cual Miura el hit por antonomasia: ¿Qué clase de nigromancia ha conjurado esta banda para que el subidón de “Toro” nunca pierda esa tensión?

El público corea efusivo “Beste bat!” y los del Columpio acceden al clamor popular. “Si nos lo pedís así, ¡cómo no!”, sonríe Cristina, voz y portavoz del grupo. Anuncia que van a dar un repaso a su lado más salvaje, es decir, se retrotraen a los primeros 2000, con temazos que envejecen de forma envidiable -o quizá simplemente no envejezcan-: “Edad Legal” –una lástima que no se aprecie el sonido de la trompeta-; “Motel” –percusión extra por parte del público aporreando la valla-; y la concluyente “Vamos”, con Álbaro Arizaleta desgañitándose.