“Alto. Brazos bien abiertos, déjeme ver la mochila”; “Alto. Brazos bien abiertos, déjeme ver la mochila, señor”; “Alto. Brazos abiertos, ¿la mochila?”; “Alto. Brazos en ‘T’, ¿qué lleva en la mochila?”; “Alto. Brazos bien…”. Hasta siete controles para acceder a Parc Expo.

El recinto, antiguo hangar de Rennes donde se desarrolla la mayoría de la programación del Rencontres Transmusicales, está blindado. Es un fortín. Hay más policías que músicos. Policía por todas partes: en la entrada, en los fosos, en los lavabos (aquí, fuera de servicio).

Aunque se haya celebrado durante estos días en París la cumbre del clima, entre otros congresos, el Transmusicales es el primer evento musical masivo en Francia tras el 13-N, la noche de los atentados en la Sala Bataclan y otros espacios de la capital francesa. El mismo director del festival, Jean Louis Brossard, aseguraba ante la prensa que “hasta el pasado lunes el ritmo de venta de entradas había bajado respecto a otros años, y que había preocupación”. Al final han sido 60.000 las personas que se han pasado por Rennes estos cuatro días, sólo 5.000 menos que la edición pasada. Incluso se ha reforzado con 20.000€ la seguridad del festival, gracias a las ayudas del Ministerio de Cultura francés.

Pese al despliegue, y como era de esperar, la tensión de los controles contrastó desde la primera jornada (jueves) con el jolgorio del público, vibrante como pocos. Aburridos del tema, con ganas de distraerse, despreocupados o una mezcla de todas las variables, los asistentes al Trans alborotaron desde bien pronto con 3SomeSisters (el jueves, una performance transformántica y glamurosa) o con la jovencísima londinense Georgia: “Una M.I.A sin tantos alardes”, explicaba el periodista establecido en Lion, Vicenç Batalla. Un quiero y no puedo. En el Transmusicales no hay grupos malos ni decepciones, sólo –y de vez en cuando– bandas a medio-cocinar.

Aun así, el ambiente en Rennes, una ciudad de 200.000 habitantes capital de Bretaña, fría hasta cortar y húmeda, es de excepción. Hay algo de incertidumbre: hasta veinte minutos de espera en la pista para entrar al control de pasaportes en el aeropuerto.

Es mediodía y estamos a 8 grados. “Schengen… ¡A la mierda!”, se oye en la cola del aeropuerto. El Trans es el primer evento musical tras los atentados; toda preocupación es poca, y al parecer la libre circulación también puede esperar. Muchos son los sorprendidos por las medidas extraordinarias; los músicos, los primeros. Es la primera vez que, por ejemplo, le piden a Pau el pasaporte viajando en Europa. Él, que se ha hartado de pinchar por todas partes en el último año y medio.

Para Pau, Pau Soler, ‘Sau Poler’, uno de los dos representantes de la electrónica catalana en Rennes junto a Marc Piñol, es la primera vez en Rennes. Su noción sobre el festival es la misma que la de la mayoría de gente: ninguna. Pese a los 37 años de celebración, el Transmusicales es un festival para locales y para profesionales (más de 1.000 acreditados).

“¿Y qué tal es? He oído que hay muchos grupos nuevos”, me pregunta en el avión mientras estruja fuerte una botella de agua. En unas pocas horas, él mismo comprobará hasta qué punto el Transmusicales es una anomalía entre sus similares en Europa: 1. No tiene cabezas de cartel: no traen ‘nombres’, fabrican ‘nombres’. El 90% de los grupos no los conoce ni Luis Lles, veterano del periodismo musical que lleva quince años viniendo ininterrumpidamente. Aun así, trajeron los primeros a Europa a Massive Attack, han descubierto a Benjamin Clementine y han tenido a Nirvana, Kratfwerk o Beastie Boys, entre muchísimos otros. 2. Simultanea actuaciones en cuatro escenarios principales (y algunos secundarios): puedes pasar de un trío de guitarras vitaminadas como Kaviar Especial, al electro-reggae de City Kay o al techno pop de melodías francesas de Paradis. 3. No existe la dictadura horaria de la electrónica: el Hall 9 ofrece desde deep techno hasta EBM, toda la noche, dando espacio a los otros escenarios para propuestas de raíz y de guitarras. Electrónica, por cierto, bien variada. De la maquinaria para masas de Idiotape, una mezcla entre Chromeo y Daft Punk (aunque hace años que los franceses no tienen un directo tan demoledor) a un hombre orquestra construyendo edificios de capas a base de samplear en directo instrumentos variopintos: Binkbeats.

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Sería precisamente en ese Hall 9, el único por cierto dónde además de bola de sonido había bola de humo (era tanto el fumador rebelde que la seguridad se cansó rápido de aplicar la Ley Anti Tabaco francesa), dónde Sau Poler conectaría con el público “como pocas veces antes” –confesaba al final de la actuación–. Cómodo, atrevido; muy tímbrico, con elementos ‘groove’ y toques de afrojazz. Valiente para las 23h. El que también se amoldaría bien, más trallero (sin llegar a las cotas de Girls, Girls, Girls) en el GreenRoom, sería Marc Piñol, entradas las tres de la mañana. Nada comparado, eso sí, con la espesura y pegada de Powell (sábado); el británico ya demostró en Sónar Barcelona cómo marinar post-punk y techno. Otro tipo de pegada, bien resolutiva e imaginativa, a lo Francesco Tristano, la de Woralks Band: trío de Dj, batería y chelo.

Nadie discute que el 37 es un número feo, sin más. Nadie se emociona al cumplir 37 (seguramente nada más piensas en lo cerca que se ven los 40). Pero esta edición del Trans tenía mucho de especial, pese a los 37. No hay más que ver la foto publicada en ‘Ouest-France’ (diario regional, líder en la Bretaña) el día de la presentación del festival: Jean Louis Brossard, director incombustible (más de 30 años chupándose la programación enterita) y la subdirectora, Béatrice Macé, fundidos en un abrazo, con la segunda visiblemente conmocionada. Se había llegado a dudar sobre qué hacer con el Trans. Si algún año había que hacer caso a Brossard y a sus quinielas-sobre-lo-imperdible, era este.

Sus recomendaciones acostumbran a coincidir con lo exótico. Este año no ha sido una excepción. Dos nombres:

¿Qué piensan cuando escuchan Madagascar? Tal vez como cuando escuchan Transmusicales: nada. Cómo mucho, que está en el Índico. Corrupción y violencia, tal vez, por los periódicos… Sea como sea, si algo no relacionaríamos de primeras con Madagascar es el garaje-punk. Pero precisamente del más acelerado e hilarante es el que practican The Dizzy Brains (en la foto). Si lo de Madagascar les parece cachondo… La Khun Narhin’s Electric Phin Band, grupo tailandés entre el surf-rock y una banda sonora eterna de Quentin Tarantino, es la otra locura. Capaces de tocar una hora la misma canción y llevarse al público de calle gracias a los bailoteos –le viene a uno a la memoria el transformismo tailandés– de dos de sus miembros, dedicados a las panderetas. A las panderetas, y a la ceremonia.

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Menos sorprendentes pero adictivos: Vintage Trouble (en la foto). Un revival que cae prácticamente en la caricatura: ropa a lo Peacky Blinders, choques con el puño cerrado al empezar, actitud de banda de estadio, poca contención de Ty Tiler, que no es Myles Sanko, pese a los gritos oxidados. Tras la Khun Narhin’s, era difícil dar en el clavo. Retirada.

Último control, autobús, y a dormir.

Dice la tradición –dice Luis Lles, que para el caso es lo mismo– que la tarde del sábado debe empezar siempre en el Aire Libre. Un teatro pequeño a las afueras de Rennes, a medio camino del Parc Expo. “Me jode que hayan quitado los autobuses hasta el Parc”, riñe Lles. La verdad, es una jodienda caminar de madrugada (frío cortante, recuerden) hasta Parc Expo. Cómo mínimo el Libre ya anda decorado con las luces de Navidad. En fin, ¿no era aquí dónde se vio a Stromae por primera vez? Pues qué coño, a apechugar.

Y suerte de la insistencia de Lles. Perderse a Kaang hubiese sido perderse el riesgo. Y a quién no le gusta el riesgo.

Kaang. La escena: un muchacho de pelo largo rizado, entradito, pinchando electro-soul. Arrítmico, raro. Desacompasado. A su lado, un chico escuálido con mono de trabajo cantando melodías también raras. Y desacompasadas, sobre las bases. Además, bailando como un poseído, como una marioneta. Los dos son de Isla de la Reunión, han mezclado el maloya (música local) con la electrónica. Tardaremos días en descifrarlos.

Al que no hace falta contexto para entenderlo es a Rival Consoles (en la foto superior).  Su concepción de la electrónica es tan narrativa (acompañada de visuales milimetrados), tan inteligente, que cualquier no iniciado entendería que está viendo algo trascendente. Heredero directo de Warp, Ryan Lee West ambiciona sin querer. Tocó pronto en el Hall 9, pero su eco duró toda la noche.

Sirva como apunte final: además de la sorpresa, el Trans siempre le hace juego a alguna música o país. Si bien estos años los sonidos latinos han abundado, en esta 37 edición, los invitados –extraoficiales, pues la colaboración institucional era con Holanda– fueron los sonidos negros, de raíz.

En representación, un combo de la cuerda de Tinawiren o Bombino: Imarhan. Y también el quinteto The Brother Move On y su música cargada de sentimiento y mensaje pacificador. “El poder para cambiarlo todo lo tenemos nosotros, lo tenéis vosotros”, gritó su cantante más de una vez. No fueron los únicos que dedicaron palabras a la paz y a las víctimas, se sumaron a los mensajes de duelo Monika, City Kay… El quinteto sudafricano fueron una cómoda hamaca en la que ensoñarse a las cinco de la mañana. The Brothers cumplieron, pero tampoco hay que quitarles mérito en lo de adormecernos –nótese la ironía– a France, música trance con zanfona… Así acabó una edición más, no cualquier edición: “la que será recordada por coser las heridas con música”, pienso mientras abandono los hangares. La que será…

“Alto. Brazos bien abiertos, déjeme ver la mochila. ¿¡Qué lleva en la mochila!?”, se enfurece el gendarme.

“Un vinilo, dos discos… Ah, y varios libros… Lo acabo de comprar todo aquí dentro, ‘monsieur’”, le suelto en francés poco normativo. Él tuerce el morro. Se han pasado todo el festival abriendo y cerrando bolsas, confiscando mierdas varias. “Puede salir”, tajante. Me he librado. Es imposible no irse cargado de este festival.