Imagino la sensación de vacío, casi de desolación, que debieron sentir cada uno de los integrantes del show de La Raíz la noche del pasado 17 de noviembre. Los músicos, claro, pero también toda la crew que los ha acompañado durante este largo viaje. La del sábado debió ser una de esas fechas marcadas a fuego en el almanaque que parece que no se alcanzan nunca, pero al final llegan de forma irremediable. Una cita en la que deseas que todo salga a pedir de boca, en las que hay tantas cosas que fluctúan por detrás, en paralelo y por dentro que se hace difícil disfrutarlo todo tal y como imaginabas mil veces de antemano. Por lo pronto había que enfrentarse a la incertidumbre, no de la lluvia, sino del diluvio. La temida gota fría mediterránea llevaba días amenazando con aguar una despedida por todo lo alto. Y aunque el cielo descargó, diría que hasta coincidiendo con “Llueve en Semana Santa”, para cachondeo del karma, la cosa fue lo suficientemente soportable para que de allí no se moviera ni una sola de las 18.000 mil almas congregadas. Público que anhelaba ver el adiós de una de la bandas que ha sabido llevar el crossover mediterráneo a unas de esas cotas difíciles de imaginar, sobre todo cuando iniciaban su bisoña andadura en Gandía hace una docena de años. Y va a ser una lástima, porque La Raíz era una de esas bandas que estaban en continuo estado de expansión, mejorando día a día, bolo a bolo, tanto el nivel de sus composiciones, como el de su solidez sobre las tablas.

Aún recuerdo la primera vez que los vi en directo en febrero de 2014 en una abarrotada sala Apolo de Barcelona. Venían a presentar su flamante tercer disco “Así en el cielo como en la selva” (13), el mismo que les daría un importante impulso que acabaría siendo del todo definitivo con “Entre poetas y presos” (16), el más completo de sus trabajos. Entonces la banda era un auténtico huracán sobre el escenario. Una bestia parda difícil de domar que arrasaba con cualquier palo que se le pusiera por medio. Daba igual que la cosa tomara el cariz del ragga, el rap, el dub o el rock, ellos iban a por todas y lo transmitían. Con el tiempo diría que aprendieron el gusto por el matiz, ganado en profundidad y perdiendo cierta fiereza, pero eso es algo que se me antoja inevitable a medida que las manecillas del reloj avanzan. Y ahora lo dejan. Y lo hicieron por todo lo alto. Con un concierto que igual no fue el mejor de su gira de despedida, pero sí el más emotivo. Solo había que ver, para dar fe de ello, como las lágrimas saltaban literalmente del rostro de muchos de los implicados tanto arriba como abajo del escenario. Gentes venidas de todas partes para ser testigos de un “Nos volveremos a ver” final que presagia que el parón no será definitivo, pero sí largo.

Los que hayan visto, y son muchos, esta última gira en directo ya sabrán de qué les estoy hablando. De hecho os podéis imaginar perfectamente el show que, como es habitual, se inició con la ya clásica apertura de “La miserias de sus crímenes” empalmada con un “Entre poetas y presos” que ya provocó el delirio de sus seguidores manifestado con esas primeras “ollas” y saltos de puro desenfreno. Y es que todo el mundo era consciente de que aquel era el último bolo de todos, aunque el fantasma de cierta incredulidad flotara en el ambiente. Por eso y, tras sonar temas de esos que ya resultan inevitables, como “Borracha y callejera”, “Muérdeles” o “Jilgueros”, fue cuando la Gossa Sorda salió a interpretar “Raíces”, lejana colaboración de su primer álbum, que la cosa empezó a tener sabor de despedida. Un regusto reafirmado en temas antiguos como “Zarzuela y Castañuela”, introducciones explicativas de canciones como “El tren huracán” o un emotivo momento acústico con la delicada “La hoguera de los continentes”. Y así entre saltos que ayudaban a entrar en calor a fuerza de sacudirse la obstinada lluvia, llegamos a ese emotivo instante para todos sus conciertos que significa “Mercurio”, rematada con ese inevitable final de fiesta en el que no pueden dejar de sonar ”Rueda la corona” “A la sombra de la sierra” y un “Nos volveremos a ver” que marcó el final de los finales. Uno de esos momentos para el recuerdo en el que Pablo tuvo emotivas palabras para todo el mundo. Del técnico de sonido al de merchandising, pasando por la gente de Propaganda pel fet!, su agencia, y por supuesto cada uno de sus compañeros. Ahí es donde afloraron las lágrimas y fueron conscientes, ya en su plenitud, que su carrera de fondo tenía ese fin que llevaban proclamando desde hace más de un año. Y sí, se van con la cabeza bien alta y la sensación que han ayudado a crear una escena en la Comunidad Valenciana que no para de incorporar nuevos grupos que fusionan conciencia de clase y lucha. Factores a todas luces necesarios en los tiempos que nos ha tocado vivir.