Menos mal que nos queda Portugal
Conciertos / Nos Alive

Menos mal que nos queda Portugal

9 / 10
Luis J. Menéndez — hace 4 meses
Empresa — NOS Alive
Fecha — 11 julio, 2019
Sala — Lisboa (Portugal)
Fotógrafo — Roberto Parodi Bardon

En ocasiones la menor de las anécdotas se convierte también en la más ilustrativa descripción posible. En el aeropuerto de Lisboa una de las componentes del equipo de producción de NOS Alive recogía a los diferentes enviados de la prensa internacional para conducirles (conducirnos) a la furgoneta-lanzadera que nos llevaría al hotel. Al interrogarle por su plan del día explicaba que a esa hora aún estaban por llegar en sucesivos aviones varios grupos e invitados, entre otros los cabezas de cartel del festival, The Cure. Por una pura cuestión de curiosidad, y ante la imagen de Robert Smith empujando su maleta entre una multitud de turistas de fin de semana, no pude evitar preguntarle si la banda contaba con algún tipo de salida VIP para que no se mezclaran con el resto de viajeros. A lo que me respondió: “Por supuesto que no. El tratamiento para todos los que venís al festival, prensa y artistas, obviamente es el mismo”.

Valga el chascarrillo como detalle revelador de la filosofía y también el cuidado que Nos Alive pone en su evento. En un tiempo además en que se pone más empeño (y presupuesto) en conseguir los favores de influencers que en mejorar el confort de los asistentes o facilitar el trabajo de la prensa. La responsable de comunicación, Rita Barradas, lo explicaba un día antes del inicio del festival en una cena de recepción a la prensa: “Somos conscientes de que no vamos a vender las entradas al precio de otros festivales europeos, porque el público portugués no puede pagarlas. Pero eso no impide que aspiremos a hacer el mejor festival de Europa. Obviamente eso sería imposible sin el apoyo de las marcas, así que nuestra apuesta pasa por integrarlas en el recinto y también en las actividades de NOS Alive, a pesar de que de vez en cuando algún grupo internacional se haya mostrado algo nervioso por ello”. Que los patrocinios, además de no entorpecer el espectáculo puramente musical, sean la herramienta para levantar un festival cómodo en los accesos y en los servicios al público, ejemplar en el tratamiento sonoro y visual de las actuaciones, es clave para el éxito del modelo. Y creo sinceramente que en sus trece ediciones hasta la fecha NOS Alive lo ha conseguido. Lo que explica también que el evento despierte la atención de prensa y público de toda Europa, principalmente de Gran Bretaña y nuestro propio país.

A pesar de sus múltiples escenarios, la distribución de espacios de NOS Alive se caracteriza por su sencillez en comparación con el resto de grandes festivales europeos. El grueso de la programación internacional se distribuye entre el NOS Stage (el escenario principal, en el que tocaron Vetusta Morla o Izal, con una explanada con capacidad para cerca de 50.000 personas) y Sagres Stage, una carpa de grandes dimensiones pero que en algún momento se quedó pequeña para acoger a algunos de los artistas de primera línea que pasaron por allí (el sábado arrancaron la programación los españoles Beluga). NOS Clubbing Stage, enfocado a la electrónica mayormente local fue el escenario al que se subieron Delaporte, y tres escenarios más, de formato más pequeño, acogieron desde bandas emergentes locales hasta conciertos de fado, la música lisboeta por excelencia que también tuvo su protagonismo dentro de NOS Alive.

 

JUEVES

Es de suponer que una cuestión puramente logística -dos días después actuaban en el BBK- llevó a programar a Weezer a primera hora del día de arranque , lo que provocó que muchos nos perdiéramos su paso por NOS Alive. Sí que llegamos a la actuación de una de las grandes bandas portuguesas del momento o, al menos eso es lo que indica su posición de privilegio en el escenario principal y también la efusiva recomendación por parte del staff del festival: Ornatos Violeta. Lo que nos encontramos, imagen descamisada al margen, es una formación muy solvente que viene a representar en nuestro país vecino algo muy similar a lo que aquí pueden ser Vetusta Morla: largas composiciones con tendencia a la épica, de corazón eminentemente pop y que se debaten entre la fragilidad -en ocasiones un tanto cursi- y la contundencia. Se comprende pues el apasionamiento del público local, aunque el salto idiomático parece un handicap demasiado grande para que el fenómeno pueda reproducirse fuera de su país.

Jorja Smith

La que sí lo ha conseguido, vaya si lo ha hecho, es Jorja Smith. La suya fue una de las actuaciones que desbordaron la capacidad del Sagres Stage, con una curiosa combinación entre jóvenes fans que ven en ella a una suerte de Amy Winehouse post millenial y público más maduro y versado en las diferentes variantes del soul y el r’n’b. Impecables técnicamente, tanto ella en el apartado vocal como su banda, interpretó las canciones de su único álbum Lost & Found con una solvencia fuera de toda discusión. Sin embargo el directo dejó una sensación que también se percibe al escuchar sus canciones tal y como fueron registradas en el estudio, la de ejercicio de estilo. Tanta perfección resulta antinatural y carente de alma, precisamente las cualidades opuestas a aquellas que atesoraban los nombres con los que habitualmente se la compara. Y alma es precisamente lo que les sobra a los escoceses Mogwai que con alineación renovada, veintidós años después de su debut y el barómetro de las tendencias en su contra volvieron a dar sobre el escenario principal una lección de intensidad y compenetración a la hora de cabalgar sobre muros de guitarra. Nueve canciones, un set list que tal vez por aquello de anteceder a The Cure apostó por su vena más emocional y slowcore, pero que en cualquier caso remataron con el ya clásico Mogwai Fear Satan, de su primer disco. Y una vez más estuvieron impecables.

Mogwai

Efectivamente Mogwai, ejerciendo de inesperados teloneros en el escenario principal, dejaron el terreno abonado para que The Cure remataran la primera jornada del festival. Lo de Robert Smith bien merece un capítulo de Cuarto Milenio. Por un lado cada anuncio de una nueva aparición de la banda sobre los escenarios nos hace acordarnos de ese famoso disco que nunca termina de llegar, camino de inscribir su nombre en la lista de grandes morosos de la Historia del pop, junto a Brian Wilson, My Bloody Valentine y compañía. Sin embargo y a pesar de ello, en el preciso instante en que The Cure suben a las tablas pocos son quienes echan de menos ese nuevo repertorio. Parte de culpa la tiene la elección de temas de su etapa siniestra junto a composiciones especialmente oscuras de discos tan maravillosos como Disintegration y Wish. En Lisboa cayeron desde rarezas como Burn (de la banda sonora de El Cuervo), Last Dance (bonus track de Disintegration) o Just One Kiss, hasta temas como One Hundred Years, Play For Today, Shake Dog Shake, From The Edge of the Deep Green Sea o Primary que por sí solas definen su ya universal aportación al after punk y el universo siniestro. Pero tanto o mas que su acertadísima selección musical -que obviamente en la recta final afrontó temas populares como Lullaby, Close To Me o, para cerrar, Boys Don’t Cry– llama la atención la solvencia creciente de una banda que ya sólo parece reunirse preparar giras puntuales y cuyo lineup no figura ni de lejos entre las alineaciones que cualquier fan de The Cure recitaría de memoria. Pues tanto da. Al bajo Simon Gallup es el mismo de siempre -lo que hace muchísimo tiempo que dejó de ser noticia-, y Robert Smith canta mejor que nunca, además de estar más comprometido rascando las seis cuerdas ahora que Porl Thompson ya no gira con la banda.

The Cure

Nos escapamos en la recta final de The Cure para dirigirnos a una de las escasas ocasiones en que podemos asistir al directo de Robyn. Quien la definió como una suerte de versión sueca de Madonna le hizo un flaco favor. Con los cuarenta ya cumplidos canta, baila –sin coreografías ni falta que le hace- y, lo que es más importante, cuenta con una colección de hits que puestos en batería son capaces de levantar de sus asientos a la audiencia más mustia. No lo era desde luego el público lisboeta que no paró de bailar al ritmo de Honey, Don’t Fucking Tell Me What To Do, Dancing On My Own, Missing U o el bis With Every Heartbeat, interpretadas por una banda de seis músicos de riguroso blanco, comandados por una artista que encarna al mismo tiempo lo carnal y las emociones más profundas. Y que además es capaz de defender todo eso sobre el escenario sin trampa ni cartón.

 

VIERNES

Aferrados a su propia inercia nostálgica, Primal Scream se ha convertido en ese tipo de grupo que se versiona a sí mismo en cada gira. Bobby Gillespie es un tipo inteligente y entrañable, una de las grandes figuras del rock alternativo de las últimas décadas, y eso nadie puede ponerlo en duda. Hasta podemos conceder su solvencia como frontman arengando a la masa, un pasito palante y otro pasito patrás. Pero a estas alturas la primera parte del set, aquella que apela a Swastica Eyes, Kowalski o Higher Than The Sun suena retro cuando tiempo ha resultaba desafiante y futurista. Y en la recta final Primal Scream se empeñan en rescatar a la cover band de los Rolling Stones que decidieron ser en diferentes momentos de su carrera. Se merecen un respiro, repensar las cosas y volver diez años más tarde con una gira en olor de multitudes que realmente les permita hacer caja y nos recuerde que durante un tiempo fueron posiblemente la banda de rock más guay sobre la faz de la tierra.

Primal Scream

Aunque cierto es que viendo a algunos de los que supuestamente vienen a disputarles lo que es suyo, lo de Primal Scream sea disculpable. Desde luego mucho más que el sopor que produce ver a unos émulos de Led Zeppelin carentes de prácticamente todas las virtudes que hicieron de aquella una banda histórica hace ya medio siglo. La colección de solos de batería y riffs archisabidos por parte de Greta Van Fleet es capaz de desesperar a cualquiera que no sea su correligionario, así que con estas nos marchamos a ver a Tash Sultana en el Sagres Stage.

Greta Van Fleet

Me soplan que la razón de su éxito se debe a una serie de videos domésticos con los que esta joven artista sorprendía a propios y extraños por el dominio que demostraba manejando infinidad de instrumentos. Y, efectivamente, doy fe de que el público desbordaba una vez más la carpa y que la joven australiana respondió entusiasta con un show que por momentos parecía una demostración de Guitar Hero, otros un ejercicio de malabarismo circense y casi todos una exhibición de virtuosismo tan incendiario como vacía. Está claro que en la escuela de música Sultana se saltaba las asignaturas relativas a composición para poder seguir estudiando lo que de verdad le flipaba, la interpretación de múltiples instrumentos. Y, algoritmos al margen, el resultado es el que es…

Tash Sultana

Así las cosas, hasta una banda antaño tan poco dada al funambulismo como Vampire Weekend parece haber terminado entregada a una concepción del pop permeable a los solos progresivos y los ejercicios de escalas a las seis cuerdas. Alguna pista de ello ofrece ya su último disco, Father Of The Bride, que en palabras del compositor y hoy máximo responsable del grupo, Ezra Koenig, aspira a reproducir una suerte de folklore global. De la mano del guitarrista de Gwen Stefani y con una escenografía que resucita la estética más infantil de la gira de Graceland, Vampire Weekend son hoy una banda esquizofrénica, incapaz de decantarse entre su pasado popero –de largo lo mejor del repertorio- y un presente que les muestra desorientados y hasta confusos sobre un escenario gigantesco, enfrentados a una audiencia que fue de largo la más escasa en los tres días de festival.

Vampire Weekend

Tal vez lo que Vampire Weekend necesitan es tiempo, todo el tiempo del mundo del que sí ha disfrutado Grace Jones para irse, volver y por el camino inspirar el nacimiento de algunas de las bandas más importantes de los últimos años. LCD Soundsystem, por ejemplo, le deben mucho al excitante disco-dub de la jamaicana, que a pesar de recordarse hoy como un signo de los tiempos (aquellos locos ochenta del post-disco, la cocaina y el SIDA) aguanta el paso del tiempo sorprendentemente bien. Como la propia Jones, habría que decir, impresionante a sus 71 años en su faceta de maestra de ceremonias, en el mismo espacio en que un día antes Robyn había hecho una demostración similar pero diferente. Jones cambió de modelo -a cada cual más alucinante- en el intervalo de cada canción, puso a un bailarín a hacer pool-dance para deleite de todos –sobre todo de la audiencia femenina, que no podía esconder una sonrisa pícara ante los ejercicios eróticos de este auténtico dios de ébano- y para rematar el show nos enseñó las tetas mientras su banda alargaba hasta el infinito Slave To The Rythm. No deja de ser un poco decepcionante que un icono del pop de hace cuatro décadas tirando de su repertorio de entonces termine por ser quien acuda al rescate para salvarnos la noche. Pero ciertamente en la jornada de viernes… así fue.

Grace Jones

 

SABADO

El último día de festival Vetusta Morla sucedían a los locales The Gift, en una suerte de testimonial relevo entre dos de las bandas más relevantes del pop ¿independiente? en la Península durante la última década. Los madrileños congregaron aproximadamente a la tercera parte del público posible frente al escenario principal cuando todavía no había anochecido, una situación a la que Vetusta no suelen estar acostumbrados. Y la verdad que poco importó. Descargaron su set habitual, obviamente reducido por las circunstancias (tan sólo una hora de actuación) con la convicción que acostumbran. Desde la apertura con Deséame fuerte hasta el punto final que puso Los días raros, condensaron en ese limitado espacio-tiempo lo mejor (o más popular) de su discografía: Copenhague, Mapas, Sálvese quien pueda, Golpe maestro, Te lo digo a ti… Y seguro que más allá de la tropa nacional que se agolpaba en frente al escenario, ganaron algún que otro fan entre el público local.

Vetusta Morla

De vuelta al Sagres Stage nos encontramos a unos Idles en estado de gracia. A lo largo del fin de semana ya nos habíamos encontrado en el recinto abundantes fans vistiendo camisetas de la banda, casi una suerte de premonición del estado de excitación del público ante su concierto y también de la respuesta de la formación británica, en éxtasis durante los sesenta minutos que duró su actuación. Nada que ver con su paso por Madrid hace unos meses, aquel concierto extraño que al borde estuvo de la cancelación. Si entonces se mostraron aguerridos, siempre al borde de la autoinmolación, en Lisboa Joe Talbot y los suyos recondujeron esa energía en positivismo, para completar un concierto memorable, en el que los guitarristas pasaron casi tanto tiempo arriba del escenario como abajo, entre el público, haciéndoles partícipes de la fiesta. Casi que lo de menos fue que Talbot arengara al personal con las habituales proclamas en favor de las mujeres (por cierto, excluidas del brutal pogo de las primeras filas), la inmigración o en contra del Brexit. Ni siquiera que en determinado momento convirtieran el show en un karaoke, reconvirtiendo Love Song en improvisadas interpretaciones de clásicos como Up Where We Belong, Nothing Compares 2U, Never Loved Before y Someone Like You. Por encima de todo, lo que se llevará el público de NOS Alive y muy probablemente la banda es la sensación de comunión total, que Talbot recalcó en la recta final del show: “No olvidéis que aquí los verdaderamente importantes sois vosotros”.

Obviamente tras el incendio que supuso la actuación de Idles la perspectiva de un concierto de Bon Iver exigía un ejercicio de autocontención. De la adrenalina a la oxitocina sin apenas tiempo de reacción. Tal vez por eso el recital de Justin Vernon en el escenario principal me resultó especialmente mustio, aferrado al canon del cantautor norteamericano por mucho que los juegos vocales autotune mediante, o los pasajes ochenteros protagonizados por su saxofonista le otorguen una personalidad intransferible. Tampoco arriesgó Vernon a la hora de preparar su set list, declinando incluir canciones de su inminente nuevo álbum y centrándose en sus tres discos anteriores para goce del personal. Entre el público podía verse a numerosas parejas acarameladas, arrulladas por el falsete del músico de Wisconsin. Supongo que aquellos que no teníamos a quién agarrarnos lo sufrimos más que disfrutamos…

Smashing Pumpkins

Cuanto menos Bon Iver cumplió con su función de prepararnos anímicamente para la actuación de Thom Yorke. El festival planteaba a esa hora una disyuntiva: o asistir al revivalismo grunge cortesía de Smashing Pumpkins -unas pocas canciones en el arranque del concierto fueron suficientes para confirmar que lo de Corgan siempre fue heavy metal disfrazado de vacuo intelectualismo- o tratar de aprehender el futuro de la música de la mano del líder de Radiohead. Nos decantamos por la segunda opción, y la primera sorpresa fue encontrar un escenario, el Sagres Stage que aún estando lleno, no registraba las apreturas de otros momentos del fin de semana. Acompañado de su inseparable Nigel Godrich y de Tarik Barri disparando las bases y secuencias en la trasera, Yorke alternó el bajo, el ordenador y los bailoteos a lo largo y ancho del escenario mientras repasaba el grueso del recién estrenado Anima –interpretaron aproximadamente la mitad del disco-, y recuperaba composiciones de Atoms For Peace –Amok y Default, que sirvió de cierre del concierto- y sus dos trabajos previos. Viéndole en la oscuridad, perdido entre unos cuantos miles de personas que igualmente asistían ensimismados al show, se me ocurrió pensar que en su faceta en solitario Yorke representa algo muy parecido a lo que  Joy Division significaron en su contexto musical y social: la representación musical de un futuro más o menos inminente en el que el control, la frustración, y la manipulación informativa domina el paisaje. No es poca cosa, a pesar de las dificultades que Yorke ha encontrado en su carrera en solitario para firmar canciones memorables, que se recuerden dentro de varias generaciones.

Thom Yorke
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