Molly Nilsson afrontaba la tercera de las cuatro fechas de su gira peninsular (San Sebastián, Valencia, Madrid y Lisboa) con el orgullo de haber vendido anticipadamente todas las entradas del tour, así como la intención de saldar las deudas pendientes de su cita madrileña prevista para octubre del año pasado y cancelada por problemas de salud. Que la sueca pertenece a esa estirpe de artistas marcadamente diferentes era algo que podría concluirse, sin demasiada dificultad, atendiendo a aquella inquieta y extensa discografía que atesora. Una aureola confirmada junto en ese mismo momento en el que la de Estocolmo tomó el escenario de una abarrotada sala MON.
Acompañada en exclusiva de las bases pregrabadas ejerciendo como cimientos de cada una de las seleccionadas, la vocalista desplegó su apología de la filosofía ‘Do It Yourself’ –casi haciendo referencia directa a ese “Amateur” (Dark Skies Association, 26) que da título a su última y magnífica entrega– para ofertar un concierto de marcadísimo aspecto vintage, en el que el synth-pop de los ochenta resultó indisimulado protagonista. La misma estética de Nilsson (así como sus medidas poses), los juegos de luces y, en este caso, hasta la apariencia pretérita de una sala que antaño fuese la archiconocida Penélope, señalaban en una misma y única dirección. En concreto, hacia la apología del lado oscuro de la década en cuestión, con la vocalista desarrollando su particular magia sin grandes aspavientos y amparada por la fuerza (de fondo) latente en inspiradas canciones del tipo de “Dear Life”, “Earth GIrls”, “Die Cry Lie”, “Swedish Nightmare”, “Excalibur”, “I Hope You Die” o esos anti-himnos que son “Mountain Time” y “How Much Is The World”.
Molly Nilsson firmó su manifiesto en torno a setenta y cinco minutos (lo que viene siendo una buena medida para un espectáculo de estas características) durante los que resultó fiel a unos argumentos realzados con esa presencia envuelta en cierto misterio, con visos de estrella desde las sombras que huye de lo evidente. Una velada ciertamente sugestiva, puntualmente variable en intensidades, pero generosa en momentos hipnóticos en los que mecerse. Y, ante todo, la prueba irrefutable de que su inspiración y posterior materialización escénica pertenece a un plano tan específico como valioso. Capaz, incluso, de dejar posos alejados de la inmediatez que comienzan a borbotear con el paso de las horas.

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