Tradición manda, y si durante los últimos días de cada año asistimos a un sinfín de ritos y costumbres en todo tipo de ámbitos, en el entorno musical bilbaíno nos encontramos desde un tiempo a esta parte con uno especialmente a reivindicar: el Mockers Day. Una noche esencialmente dedicada a glosar las variadas bondades que nos puede entregar el sonido americano, tomando dicho concepto en su acepción más dilatada, a través de un puñado de actuaciones. Esta edición, de nuevo celebrada en la sala Fever, mantuvo activa esa norma no escrita de ceder el escenario prioritariamente a bandas de procedencia vasca y, eso sí, una vez más, buscando abarcar un catálogo lo más amplio posible de personalidades.

Con seguridad nunca imaginarían nombres como Earl Scruggs o Bill Monroe que sesenta años después y a más de seis mil mil kilómetros de distancia su legado iba a tomar una forma como la que adopta en manos de Moonshine Wagon. El trío vitoriano, para esta ocasión transformado en cuarteto, parte de esa herencia otorgada por el bluegrass y derivados para dirigirla bajo una textura arrebatada y cruda, cercada por el espíritu del punk, valga la (re)interpretación ejecutada del “Ace of Spades” de Motörhead como ejemplo para disipar dudas. Un repertorio colmado de intensidad y nervio que funciona especialmente bien en estos formatos reducidos de tiempo en los que poder estrujarlo y sacarle chispas. Así, sobrados de poderío, ofrecieron, junto a algún adelanto de su próximo disco, momentos de death country (“Wasted”), expresiones bajo un desaforada clasicismo (“Mad, Unhappy & Stupid”) o escaramuzas campestres y borrachuzas (“My Liver is Trying to Survive”). Una explícita lección de cómo provocar un auténtico incendio con instrumentos acústicos y surgiendo desde la raíz tradicional.

No sé si totalmente antagónica pero con toda seguridad muy diferente se significa la oferta ofrecida por Las Munjitas del Fuzz, en verdad reencarnación de la formación original de los eternamente gamberros Doctor Explosion. Ahora, disfrazados en consonancia con su actual nombre e iluminados como ancestralmente por la influencia proveniente del garage (Lyres, The Sonics, etc…), dicho hilo conductor tendrá sin embargo una manifestación abiertamente politeísta. Entre proclamas mesiánicas, brincos, descensos hacia al público -con algún percance físico incluido- e invocaciones al buen obrar, y sin importarles ceder prioridad al espectáculo en detrimento de la pulcritud interpretativa, estos irredentos asturianos igual se iban a mover entre texturas sórdidas casi cercanas al post punk (“Satán sal de mí”), subidos a lomos de contundentes riffs (“Penitencia”), invocando al desparpajo de los primeros Siniestro Total para transformar el “Bad Girl” de Zakary Thaks en “Mala mujer”, o sumidos en el vertiginoso rock and roll (“Perro de convento”). Sin desviar la mirada de este nuevo proyecto, hubo espacio, con petición de por medio, para la versión de la bizarra “Drácula ye-ye” de Andrés Pajares, quizás para demostrar que si el recto camino existe es porque hay a su vez uno torcido.

Manu Heredia no es precisamente un desconocido ni para la escena musical vasca ni para el mismo festival, y al mando de unos revividos General Lee por medio del álbum “He nacido ayer”, se encargó junto a sus dos compañeros de añadir el rockabilly a la ecuación de la noche. Armados con una base rítmica de disimulada rotundidad, la banda se comportó -con el ya sabido talento en las seis cuerdas del barakaldés- de forma sobria y certera, algo que encaja perfectamente con la idiosincrasia de este tipo de composiciones. Igualmente centrados en su nuevo trabajo como en un acercamiento a contenidos desperdigados por su pasado, ni mucho menos tratan de ocultar sus referentes, homenajeando directamente a Gene Vincent (“Eugene”) o asumiendo el legado de los Stray Cats al tomar, al margen de sus enseñanzas musicales, el simbolismo felino en temas como el sigiloso “La calle es de los gatos” o “Cuando las gatos se juntan… ¿Quién duerme?”. Atravesando la melódica “Quiero ser un robot”, el tono fronterizo de “En San Antonio, Texas” o el ambiente noir de “Desde lejos”, coronarían la actuación atacando sin complejos el “Lolita twist” del Dúo Dinámico, que se sumó a lo que fue un inmaculado y excelente ejercicio de concreción.

El combo con origen en el barrio bilbaíno de Santutxu The Cherry Boppers fueron los últimos en subirse a las tablas. Su propuesta, pese a ser ya a estas alturas ampliamente conocida, no deja de ser digna de elogio; la clase sumada al desparpajo con el que se sumergen en una mezcla de funk, soul e incluso jazz, con reminiscencias a clásicos de la talla de The Mar-Keys, Booker T. & The MG’s o James Brown, es técnicamente inapelable y de una incitación al baile insaciable. Un frenesí visible también en su reciente último trabajo, del que alternaron temas como el homónimo “For Dancers Only” con otros relevantes de sus diversas publicaciones, por ejemplo “Play it Again, Funk”. Los ocho miembros de la banda, con apariciones de Willy “Calambres” al saxo o la rocosa e impresionante voz de Dudu Ouchen para cantar entre otras una embriagadora “Susu Pétalos”, disfrutaron de espacio para su lucimiento personal, pero destacaron sobre todo por su sobresaliente compenetración a la hora de conseguir sus fines colectivos, que alcanzaron desde ciertos dejes latinos en “4, 3, 2, 1” a la monumental “Black Lolita”. La reunión de todos ellos para interpretar el último tema, supuso a su vez dar por finiquitado un evento que además de apostar por la siempre bienvenida versatilidad lo hizo por la diversión, un reto ampliamente logrado que nos dejó sedientos de continuar con la música…