Sin duda una de las figuras imprescindibles en el imaginario indie barcelonés es la de Joël Iriarte. Y lo más seguro es que, cualquiera que sea mínimamente seguidor, recordará la primera vez que lo escuchó. La mía fue a los quince años cuando salió representado en “Arròs covat” de Juanjo Sáez,  en plena etapa exploradora. Otros testimonios lo sitúan en su primer disco, “Escuela de zebras” (Producciones doradas, 08), cuando la electrónica aún pasaba desapercibida en sus temas; otros en 2013, cuando el universo kinki aún avergonzaba a la mayoría de la escena indie –tardarían poco en distorsionarse las tendencias y que el oro y las sneakers relucieran en cualquier concierto–, y Crepus lanzó el videoclip de “Mi fábrica de baile”, con tunning y camisa atigrada por bandera.

Diez años han dado para muchos nuevos fans y para reenamorar a los que ya lo éramos. Y más porque cada disco ha resultado un rebautizo del artista: cuando los ritmos reggae llegaron a “Disco duro” o la cumbia en “Nuevos misterios”, Supercrepus salió airoso de prejuicios y confirmó la importancia de abrir el espectro musical de cada uno y de que eso no genera más que ventajas. Siguió con la incorporación de Tomasito bailando en alguno sus directos, colaborando con La Prohibida y Supremme De Luxe o componiendo una sintonía para Podemos. Casi nada.

Con todos estos acontecimientos a sus espaldas, las expectativas para los conciertos de Iriarte siempre son muy altas. Especialmente, el viernes pasado en Sidecar, con el sold out colgado hacía meses y una fecha añadida el miércoles de la misma semana, también con las entradas agotadas. Escudado por Aaron Rux, que luce sus sintetizadores cada noche con Joël –también en sus múltiples proyectos, pero ese es otro tema–, repasaron la mayoría de su repertorio desde la perspectiva de su último disco “10” (El Volcán, 18), en que se recogen muchos de sus hits (y seguro que algunos quedaron fuera, y es que menuda colección). El directo transcurrió entre bailes, saltos, bajadas al público de Joe Crepúsculo, y, como colofón final y como manda la tradición, “Mi fábrica de baile” con el escenario repleto de gente botando (buen momento para apoyar a los de arriba desde las primeras filas, recuperar aire y bailar con un poco de margen).

El resultado de diez años de carrera (al menos como Joe Crepúsculo), de esa aglutinación de estilos, de esos recuerdos en que el descubrimiento de su música marcó algo en nuestras vidas –ya fuera en plena revolución adolescente o ya entrada la treintena, el momento es igual de impactante–, de esos hits que casi ni caben en un solo recopilatorio, se pudo ver el viernes en un Sidecar repleto, sudado, muy bailongo y muy feliz por acompañar a Joël y Aaron en tal recital.