Irun despidió septiembre de la mejor manera posible, con la novena edición del festival Irun Rock, ya consagrado en la ciudad fronteriza. Diez bandas divididas en dos escenarios en plena Plaza de San Juan, que se llenó de buena música y gran ambiente, para una jornada redonda en la que meteorología y público acompañaron.

El cuarteto local Indidxabak inauguró la jornada, al mediodía. Ane Odriozola, Ana Ayneto, Helena Benet y Ainara Calderón tuvieron la oportunidad de tocar ante amigos y vecinos. El testigo lo recogió Oso Fan, el proyecto del donostiarra Giorgio Bassmatti, buen preludio para lo que venía después.

Un “Hey, hey, sí” y los primeros riffs avisaron de que La Bona Dea (foto inferior) comenzaba su concierto con puntualidad británica. El trío local son unos viejos conocidos del Irun Rock -ya estuvieron en 2014-. Aunque tras el primer tema el panorama aún era desolador, canción tras canción consiguieron congregar a más personas, en un singular caleidoscopio en el que se mezclaron camisetas negras, ancianos y familias, con pequeños aprendices de Michael Jackson incluidos. Señal de lo que vendría después. Durante una hora, La Bona Dea desgranó su rock en español, deudor de bandas que todos conocemos. Buenos riffs, algún que otro punteo, y canciones efectivas, muchas de ellas, como “Señorita Rock and roll”, de su disco “Adelante”.

Sin tiempo a respirar, o a una bebida, comenzó el concierto de Serrulla (foto inferior) en el escenario principal, el contiguo. El tener dos escenarios agilizó el evento, aunque es cierto que para los que estaban en la parte de atrás hubo momentos en los que pruebas de sonido se mezclaron con conciertos. Veníamos de un concierto eminentemente rockero, pero cambiamos de guion hacia un elegante pop en el que las melodías lo son todo. El joven Iñigo Serrulla fue seleccionado el año pasado por Kutxa Kultur Musika, y desde entonces no ha parado de crecer. Hemos tenido la ocasión de ver al joven compositor donostiarra en escenarios como el del Pasaia Itsas Festibala. Serrulla ha madurado a pasos agigantados, como lo demuestra su debut “¼ Life” que presentaron en Irun, del que sonaron canciones como “Somebody Else”.

Desde el primer momento destaca la buena voz de Iñigo, pero no hay que descuidar a la banda que lo rodea y le da brillo: desde una base rítmica en la que se apoya, y que creció canción a canción, con in crescendos, cambios de ritmo… hasta unos teclados, que se apoderaron con acierto de algunas canciones. Se animaron a versionar “Video Games” de Lana Del rey, con un resultado maravilloso. 45 minutos en los que Serrulla volvió a demostrar que deberíamos seguirlos de cerca. Hay madera de un pequeño Sufjan Stevens creciendo en Donosti.

Siguiendo con la melodía, pasamos a otro grupo que también está dando mucho de que hablar desde que editaron “Mount Pleasant” el año pasado: Pet Fennec. El cuarteto liderado por Urko Eizmendi está compuesto por viejos conocidos del panorama local -con ex miembros de Krilin, Mantisa, Trigger Travis…-, además del joven Xabier Matxain a las cuatro cuerdas. Facturaron un indie-rock rico en matices, y en el que no dudaron en retorcer las canciones en algún momento. La versión de “Ballad of Big Nothing” de Elliot Smith –”un tío que está muerto, pero que está guay su música”– bien podría haber sido firmada por ellos. Eizmendi poseé talento para firmar canciones que enganchan.

Con el ocaso llegó el torbellino Lucille Hurt. La mexicana cautivó desde el primer momento, con un poderío bocal sin precedentes. Ama y señora del escenario, es capaz de eclipsar a cualquiera en el escenario, pero los siete miembros que la acompañaron, con Aldo Cavaleiro a la cabeza, también brillaron. The Lucilles, banda afincada en Madrid, salió a comerse el Irun Rock, a ritmo de soul y música negra. Y vaya si lo hicieron. Con canciones como “Set me free y Give it to me” -incluidas en “Northern Soulles”– la plaza de San Juan bailó bajo el hechizo de Hurt y los suyos. “¿Vamos a bailar? ¡Vamos a bailar!” proclamó la vocalista. Una trepidante hora que pasó volando.

Con Olimpia (foto inferior) bajamos un poco las pulsaciones, para unos ritmos más pausados. Del soul de Memphis, al post-punk y new wave de Manchester. El dúo donostiarra se multiplicó, y se convirtió en quinteto sobre el escenario. Con aviso de la cantante Lur Usabiaga incluido: “Si os esperabais algo políticamente correcto, lo siento, os habíais equivocado”. Reminiscencias ochenteras en los teclados, sonidos oscuros, proclamas antimachistas y más, el concierto se pasó volando.

Y vuelta a Memphis para escuchar a Tav Falco & The Panther Bruns (foto inferior), uno de los indiscutibles platos fuertes del festival. De riguroso negro, y todos salvo Falco con gafas de sol, volvían a Euskal Herria un año después de pasar por Gasteiz y Bilbao. Fueron habladores, apelaron una y otra vez al público, y dejaron una ristra de buenos temas. Los estadounidenses llevan décadas pateándose los escenarios y conocen todos los entresijos de los directos, como en la introducción instrumental en la que Falco bailó al son de sus compañeros.

Tuvieron un buen sonido, y una amplia paleta con espacio para momentos rockabilly, swing, country, blues y tributar la archiconocida “Sway” de Dean Martin y “Me and my chauffeur Blues” de Memphis Minnie, a quien Falco reconoció idolatrar -momento en el que aprovechó para peinar su impoluto tupé. A falta de un cuarto de hora se dio cuenta de que solo contaban con una hora y no 90 minutos como él pensaba. Esos últimos 15 minutos fueron frenéticos. Pequeño pero matón. Y bailarín.

Y como si un péndulo se tratase, volvimos a pasar de los sabores añejos al post-punk de corte británico con los vizcaínos Vulk (foto inferior), que clausuraban el escenario pequeño. Parece que este año al contratar el talento local los organizadores del Irun Rock han optado por bandas emergentes, con grupos que van a más. Vulk ha dado otro salto de calidad al publicar “Ground for Dogs” que ha tenido el beneplácito de crítica y público. Lo presentaron con la soltura característica de la banda, cumpliendo con lo que ya sabíamos: son unos animales escénicos, sobre todo Andoni de la Cruz. Somos conscientes de que la comparación con Ian Curtis ya cansa, por repetitiva y demasiado obvia; pero no podemos dejar de sonreír al volver a ver los movimientos espasmódicos de De la Cruz, y una voz que si bien no llega a la de barítono del malogrado artista, tiene un algo.

Empezaron fuertes, agresivos, pero fueron capaces de mantener la energía hasta el final. A De la Cruz se le hizo muy pequeño el escenario, no paró de caminar de un lado a otro, de adelante a atrás, cantando incluso desde fuera de unos laterales y desde el fondo, al lado de un batería al que amagó con estrangular y al que apoyó aporreando su instrumento en los últimos compases.

El cierre corrió a cargo de Grises (foto encabezado), el grupo más indicado del cartel para dar fin a un excelente festival. Los de Zestoa llevan todo el verano de gira y el de Irun fue su último concierto hasta noviembre. Doble epílogo. Las canciones de “De Peces y Árboles” -“Gato por Liebre”, “El impacto”, “Comida para insectos”…- suenan engrasadas y son ya parte de su repertorio, junto a clásicos como “Wendy”, “Animal”, “Parfait”, “Cactus”, “El Hombre Bolígrafo”, “Avestruz” o “Laberinto”. Si en disco destaca la faceta más festiva y bailonga de los gipuzkoanos, en directo se mostraron bastante más contundentes, con una batería agresiva y muchos efectos de pedales. Pero, por supuesto, en ningún momento perdieron esos estribillos irresistibles marca de la casa, ni el uso de sintetizadores y teclados.

Se mostraron expresivos, afables y el público respondió. Fiel muestra de lo que fue el Irun Rock se vivió en las primeras filas, en la que varios jóvenes bailaban y cantaban. A su lado, agarrada a la valla había una niña pequeña, ojiplática y atenta, en la compañía del que podría ser su abuelo. Un festival familiar. El concierto de Grises finalizó tal como comenzó, con un pop electrónico pegajoso, de fáciles estribillos e in crescendos que cuesta quitarse de la cabeza y pies. Gran cierre para una gran jornada.