Idilio consumado
Conciertos / Tindersticks

Idilio consumado

9 / 10
Jon Pagola — 18-04-2016
Empresa — Ginmúsica
Fecha — 16 abril, 2016
Sala — Tabakalera, Donostia
Fotógrafo — Irene Mariscal

Más que el 25 aniversario del nacimiento de la banda, Tindersticks bien podrían estar celebrando el décimo aniversario de una segunda etapa fecunda y muy interesante que tuvo su primera parada en “The hungry saw” (2008). Se han acostumbrado a no mirar mucho más atrás en sus conciertos, tal vez rescatando el punch soul de “Simple Pleasure” (1999) o, como en el caso que nos ocupa, la dupla de “Sometimes it hurts” y “My oblivion” en los bises del también lejano “Waiting for the moon” (2003). A veces a uno le entran ganas de arroparse de las majestuosas cuerdas de antaño, pero se mueven como pez en el agua con su cosecha más reciente. Pueden tirar por su versión eléctrica y punzante (“Show me everything”) y en otras muchas sale a relucir su versión más reposada y atmosférica: en “The Waiting Room” Stuart Staples repetía a modo de mantra “Don´t let me suffer” acompañado de un teclado y en “How he entered” se valió de una chuleta para recitar, susurrar, una larga letra. Se han vuelto, ya se sabe, menos grandilocuentes y más austeros, también más complejos, añadiendo nuevas aristas a su música de tintes melodramáticos en el que, al parecer, también hay espacio para el humor y la ironía.

San Sebastián es una especie de plaza talismán, algo así como Barcelona para Bruce Springsteen. Hace cuatro años quedaron tan satisfechos de su concierto en el teatro Victoria Eugenia que acabaron publicando un disco de aquellas canciones en vivo de la gira de “The Something Rain”. Su regreso a la ciudad se presumía muy especial, con el anfiteatro del parque de Miramón como escenario al aire libre, pero esa muletilla donostiarra llamada lluvia dio al traste con el plan inicial. El cambio fue sustancial, aunque no alteró el resultado final: una sala de Tabakalera, el nuevo centro de cultura contemporánea de la ciudad, con capacidad para 650 personas, acogió una actuación maravillosa, de nuevo una lección magistral de elegancia, sutileza y belleza. La sala de techos altos podía haber convertido el lugar en un frontón con la música rebotando como una pelota de goma, pero sonó especialmente bien. Y el público, tal vez producto del idilio consumado con el grupo, atendió con un silencio reverencial, insólito por estos lares, que hasta el simple click de los fotógrafos llegaba a enturbiar el ambiente.

Stuart Staples salió con una rosa en la solapa de la chaqueta, un toque de distinción y romanticismo que cuadra a la perfección con la música de Tindersticks. Había un par de dudas que se despejaron enseguida. No acompañaron de imágenes audiovisuales las canciones de su último LP, “The Waiting Room”, un proyecto que se completa con vídeos de cineastas de la web Blogotheque y del festival Clermont-Ferrand. En segundo lugar, dos de los cortes más destacados del disco, “Hey lucinda” y “We are dreams”, resultaron igual de impactantes sin la aportación femenina. Staples se basta y se sobra. Menudo vozarrón. Qué banda tan precisa. El idilio continúa. Y tiene pinta de que va para largo.

 

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