Noche negra, negrísima, noche de puticlub del medio oeste, endemoniada, áspera y turbia. Divertidísima, oh sí. El habitat de la sala But jamás se prestaría a semejante estampa, pero si uno sólo se concentraba en observar al trío de Úbeda, ensimismado en su música bajo las luces flamígeras del escenario, el conjuro de blues convertía la escena en un ritual luciferino iresistible.
Un sold-out en una sala de casi mil personas de aforo, y qué. Hicieron lo que mismo que harían frente a cien, o frente a diez personas. O frente a frente en el local de ensayo. Con un talentazo de esos que te hacen doblar el gesto. Y que deja a cuadros al público más joven. El fenómeno Guadalupe Plata ya es una bomba atómica. Los conocías bien, sí, pero ahora van a verlos chavalinas bastante ajenas al rock en apariencia, y lo flipan.
Si para colmo la velada comienza con unos Wallas supremos, apolíneos, no hace falta nada más para firmar el sobresaliente, el éxito de una manera de entender el rock'n'roll. Los de Ciudad Real se presentaron con la novedad de un teclista muy en su sitio, sutil como debe ser en el caso que nos ocupa, y lanzaron a la pista sus joyas ("La Playa", el "Pushin' too hard" reconvertido a "Demasiada presión", "No lo podemos evitar") a la plebe con el desparpajo y la calidad de siempre, pero con una solidez colectiva realmente llamativa, especialmente prometedora cuando abordaron la presentación de un nuevo material de brillante composición, que ojalá llegue prontísimo a nuestras buchacas.
Un cuarto de hora después la sala abarrotada recibió a Guadalupe Plata con ovación, y la guitarra de Pedro de Dios desató el vudú. El mismo trance al que nos llevaron en otras citas en la capital, anoche resultó más intenso y pétreo, pero curiosamente también más oxigenado. Y eso quizá se lo deban a su nuevo disco, en el que los ritmos de la escuela Howlin' Wolf han impreso un refrescante beat animoso, por no hablar del jazzismo en el que se sumergieron en algunos tramos de sus improvisaciones.
Seis minutos duró su interpretación de "Esclavo", y ojalá hubieran sido más los que emplearon en "Calle 24", respondida con puro jolgorio por una hinchada que aprovechaba la menor señal de subidón rítmico para montar su pogo. Pedro de Dios como maestro total de ceremonias, epató con sus solos (hasta ahí vale, Pedro.. no te nos pongas satrianesco), sus ataques de slide y sus bajadas a la pedalera mientras Martos y Jimena ejercían de soberbios conductores del groove con una precisión espeluznante.
"Lorena", "Hoy como perro", "Tengo el Diablo en el cuerpo", ""Gatito", Jesús está llorando" y una sensacional "Mecha corta" nos llevaron flotando hasta el final del concierto a la hora y media de empezar... pero el público no les dejó marcharse sin despedirse con bises, cerrados por un coreadísimo "Baby me vuelves loco" con el que, al fin, conseguimos sacar una malévola sonrisa a estos tres señores del averno.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.