Pisan las tablas los cuatro jinetes del Apocalipsis y ese Mesías que escupe verdades prendidas en fuego, Toundra y Niño de Elche, Exquirla. Llegó la hora de Para quienes aún viven, y no tarda el volcán en erupcionar y salpicarnos lava a la cara. Rompen el silencio los acordes de Canción de E, con esos versos recitados de La marcha de los 150.000.000, ojo del huracán del proyecto y obra imprescindible del poeta Enrique Falcón. La intensidad crece y en medio de una balacera de riff y la batería de Alex Pérez (aún se tambalea el Círculo de Bellas Artes), Niño de Elche nos empuja a la acción: “Ya es el tiempo, ya no hay miedo. Que la marcha arranque y que el llanto acabe….”. Las butacas empiezan a desatornillarse del suelo tras el primer temblor y la replica con Destruidnos juntos hace el resto. David López y Esteban Girón lanzan zarpazos con sus seis cuerdas, las baquetas de Alex y el bajo de Alberto Tocados aceleran las pulsaciones hasta límites insospechables, mientras la voz de Francisco Contreras derriba muros, abre zanjas y “desentierra 20.000 flores negras, 20.000 flores blancas”. El público sin aliento y primera gran ovación de la velada.

En El grito del padre Esteban convierte su eléctrica en chelo y Francisco Contreras nos zarandea una y otra vez con ese “Sería mejor que dispararas llegado a este lugar” o ese “De que hablan las escrituras sino del poder de los cuerpos”, que lucha en medio de un enjambre de guitarras y resuena mucho después de apagarse. Estamos en medio de un triangulo de arte radical que tiene como expresión el sufrimiento, un lenguaje sin conceptos claros, “sin palabras” al uso, que no es re-presentación, sino horror, sangre, carne, conciencia del dolor. Esa es la expresión que buscaba Niño de Elche, que ya encontró en Francis Bacon (y mostró en su espectáculo “Vaconbacon, cantar las fuerzas”) y ahora se funde con Toundra y la poética de Enrique Falcón. Una mimesis estética que no habla del sufrimiento, del dolor o la realidad herida, sino que la misma obra llora, se retuerce, se rompe, grita, se hace voz del dolor. Por cierto, “grito” que aparece con fuerza en el Poema para los muertos y que sí conecta por esa vía a Exquirla con el Omega de Morente, que fue también mucho más que esa fusión de flamenco y rock que he leído por ahí.

La voz de Francisco Contreras sigue abriéndonos las válvulas del sentir, atravesando alambradas sonoras, avanzando con esos Hijos de la rabia, mientras Toundra, empapados en gasolina, excavan en busca del centro de la Tierra. Nos dan un respiro en la radiante “Contigo”, con Francisco hechizándonos con ese “tengo el recuerdo de haber dormido contigo… De haber soñado juntos en un mismo mar”, acompañado sólo por David a la eléctrica y Esteban a la acústica. Nos acordamos de respirar y Francisco Contreras nos da las gracias de parte de toda la banda, “por compartir estos momentos que se recordarán por siempre”. Amén. Y nombra al quinto Beatle Enrique Falcón, presente en la sala: “Sin ti esto no existiría”.

“Oíd, oíd, lo que oyeron en la casa del mundo. Oíd, oíd, la noche que los fueron matando. Oíd, lo que oyeron los muertos previamente, oíd…”. Y lo oímos y sentimos en cada palmo de la piel, esa “Europa muda” que mira para otro lado. Alberto crea una atmósfera tan poderosa con los sintetizadores, que una bandada de espíritus en pena parece revolotear entre nosotros, y el Niño sigue clavándonos frases afiladas de Falcón: “Devolved el cadáver a mis hijos, el cadáver de mis hijos a la madre, la madeja de mi niño partido en dos… Cuando tu hija ensartada en el poste, dime ahora quién te nombra, dime ahora quién ha ganado. 800.000 obuses sobre Sarajevo…”. El teatro entero puesto en pie, dejándose la vida en cada aplauso.

Francisco Contreras anuncia que llegó la hora de la última. La gente grita que no y el responde entre risas: “Sí, sí, yo siempre tengo hambre”. Y damos fe, tiene un hambre feroz, tiene tanta hambre que si quiere podrá comerse el mundo y ojalá podamos verlo. Una descomunal interpretación de Un hombre para terminar, vaciándose sobre el escenario. Imposible dar más, pero sí, nos cae un regalo del cielo o el infierno, una Canción de amor de San Sebastián que nos ahoga y reflota, sembrando un campo de mil ojos vidriosos resplandecientes en la oscuridad. Pues sí, “seguirte a donde me guíes”, ARTE al alcance de muy pocos. La dentellada a la noche ha sido tan grande que la Luna jamás volverá a ser Luna llena.