Cuarta edición ya del BBK Music Legends Fest y una sensación de que viviremos muchos más. Parece que el M.L. ha venido para quedarse. El formato y el lugar elegidos se antojan perfectos para ofrecernos un festival agradable, sin grandes agobios ni aglomeraciones y un puñado de clásicos absolutos de la historia de la música popular. Aquí hay lugar para el blues, soul, reggae, rhythm & blues y el omnipresente e imprescindible rock clásico del siglo XX, o más allá. La media de edad debe de estar bastante por encima de los 50 tacos; el asistente medio es un auténtico fan de al menos un grupo o solista , y me atrevería a decir que de la mayoría de los que actúan en el único escenario disponible. Un escenario del nivel de las grandes ocasiones pero bastante asequible y cercano al público. Entre concierto y concierto hay tiempo de sobra para beber algo o incluso pegarse una cena sin estresarse ni hacer colas de media hora (o más) tan habituales en otros eventos. El recinto dispone de amplias zonas de descanso, si bien los asientos suelen estar ocupados desde muy temprana hora. La edad no perdona.

En estas que accedemos al Centro Ola BBK y tenemos la suerte, aún de chiripa, de disfrutar de dos temas de los bilbaínos Amann & The Wayward Sons. La sensación general al entrar es un tanto desoladora frente al escenario: Hay gente sentada a lo lejos en las sillas o la zona de restauración, pero en la arena solo hay unos cuantos curiosos y algún que otro incondicional, aún cuando haya que reconocer que un viernes a las 17:30 no es precisamente el mejor horario para acumular espectadores. De todos modos, cada vez se iba arrimando más gente a medida – supongo – que iban llegando los trenes que hacían su parada como quien dice a dos pasos del recinto. “Free soul” sonó a gloria, a un sofisticado conglomerado de lo mejor de los años 70 (rock sureño del bueno), pericia instrumental y un líder, guitarrista y cantante (Pablo) bien secundado por cinco compañeros, teclado incluído, con gran presencia escénica y poca movilidad. Parece que tienen ya a puntito su segundo álbum que puede ser el que les aúpe un peldaño más en el panorama estatal.

Entre tanto grupo anglosajón y vascos con nombres y letras en inglés, este festival siempre se ha caracterizado por programar auténticos clásicos del rock euskaldun, haciendo justicia (de una vez) con el inmortal legado de sus protagonistas. Para haceros una idea, las tres ediciones anteriores han contado, cada una de ellas, con Niko Etxart eta Hapa-Hapa, Ruper Ordorika y Gari & Maldanbera. Este año ha sido Anje Duhalde quien ha cogido la antorcha del rock vasco y doy fe de que pateó unos cuantos culos. El de Arrangoitze salió puntual y atacó, como viene siendo habitual en los últimos años, con un “Gure Lekukotasuna” (de Errobi) potente aunque ralentizado, que sin embargo siempre le sirve para abrir boca. Por supuesto, la enpalmó con “Maitasun nortasun” del que es aún hoy en día su último disco en estudio, aquel bombazo llamado “Sorminetan” (Elkar, 2006), tras el cual nos saludó efusivamente (arratsaldeon!). “Gitarra zaharra”, versión de su admirado John Hiatt y perteneciente al mencionado último disco, precedió a dos variaciones en su habitual set list como son la preciosa “Gezur baten gezur bi” y otra más – la última ya – de “Sorminetan”: “Beharren beharra”, con letra de Xabier Amuriza y un sabor a gloria que ya no se nos quitó en todo el concierto.

Volvió sus pasos hacia Errobi y uno de sus clásicos más duros como es el mítico “Nora goaz?” con su hijo (el batería Txomin Duhalde) haciendo de Mixel Ducau en esos agudos eternos y arrebatadores. La enpalmaron (esta vez acordándose de su otro grupo, Akelarre) con “Goizero”, y aquello ya solo podía subir y subir. Tras hacernos cantar unas cuantas veces y hablarnos siempre en euskara (¿cómo, si no?), unieron “Goizero” con “Bakezaleak” y nuestros ojos se posaron en Remy Gachis y su esperado solo de guitarra en el cual se recreó bastante menos de lo que hubiera (hubiéramos) querido. Anje debería dejarle más momentos de lucimiento para que pudiera expresarse en su totalidad y dotara de mayor espectacularidad al show. Tampoco vebnría mal refrescar el repertorio con temas nuevos, y es que ya llevan años ofreciendo conciertos similares en cuanto a set list. Sin embargo, aquí se trataba de escenificar la valía de este artista y del rock vasco en general, y vaya si lo consiguieron. Se trata de un grupo 100 % profesional, con Txomin muy fino en los coros y preciso como un metrónomo con los tambores. El bajista Iñigo Telletxea, quien también ha formado parte de los grupos de Xabier Montoia y Petti, es una garantía y una pieza fundamental en el sonido tan compacto que muestra el grupo en directo. Anje, por su parte, lleva ya unos cinco años cantando estupendamente, y tampoco nos defraudó en la dificilísima “Gogoaren baitan”, el cual acometió después de volver a interpelarnos y preguntarnos qué tal estábamos: “Ondo zaudete?”. La coreada “Etxeko andre” sirvió de presentación de los músicos y tampoco faltaron las habituales menciones al euskara por parte de Anje en esta canción, hasta que, al finalizar, amagaran con “Kantuz”. Se retiraron los cuatro y, ante la insistencia del público, se despidieron precisamente con “Kantuz”, versión de los californianos Poco, igual que hiciera con Akelarre hace 37 años. Y, ya que he mencionado este grupo por segunda vez, no estaría nada mal que el año que viene fueran ellos los que recogieran el testigo.

La fina lluvia que nos refrescó por la tarde desapareció a pesar de que las nubes no dejaran de amenazarnos durante todo el día, y aquello se convirtió en el clima ideal para disfrutar del resto del festi: ni frío ni calor, una temperatura estupenda y un ambiente cuanto menos envidiable. Con Suzanne Vega ya empezaron a movilizarse las masas y aquello pintaba estupendamente a eso de las 20:15, cuando saltó al escenario la norteamericana. Algunos nos llevamos una sorpresa al verla solo acompañada por el guitarrista Gerry Leonard, conocido por su trabajo junto a David Bowie. Ni bajo, ni batería, ¡ni teclados! Pero fue empezar con la maravillosa “Marlene on the wall” y tener rendidos a sus pies a los espectadores. Su fuerza escénica y su enorme carisma nos engatusaron desde el principio. Ya para el segundo tema eligió la archiconocida y celebrada “Luka” y nos dejó claro que aquella iba a ser una actuación distinta. Nos explicó que la siguiente versaba sobre su primer amor, un amor de verano de cuando tenía 18 años: Nada menos que “Gipsy”, otro clásico de los 80, como los dos anteriores. Presentó entonces la siguiente, dedicada al mismo tipo – el amor del verano aquel -: “In Liverpool”. Suzanne mira de frente y contesta a las peticiones y comentarios de los espectadores. Tiene ironía, rapidez de reflejos y un carácter curtido en mil batallas. Resulta hasta intimidante a ratos, aunque su sensibilidad única se impone por encima de cualquier otra cuestión.

Nos preguntó varias veces si nos apetecía una canción “muy vieja, muy triste y muy larga” y nos apabulló con la maravillosa “The Queen and the soldier” donde sí que echamos de menos los teclados, aunque la sola presencia de Suzanne llenara cualquier vacío. Ava Gardner y Frank Sinatra sobrevolaron en la hipnótoca “Frank & Ava”, tema este de 2007, que sin embargo pasó con nota el examen, como también lo hizo la aún más reciente “New York is my destination” de su último disco editado hace tres años. Aquí se echaron de menos la batería y el saxo. Otra de las recientes fue “I never wear white” de su penúltimo disco “Tales from the Realm of the Queen of Pentacles” y la estrella de la tarde nos abrumó con su mítico recitado: “Tom’s diner” fue, es y será una obra de arte que marca toda una carrera. Impresionante observar al público embelesado, gozando con una artista y un solo acompañante, sin adornos ni artificios, y una mujer con gran expresividad corporal aún moviéndose a cuentagotas y con movimientos más que medidos. Carisma en estado puro. Tampoco hay que olvidar que Gerry Leonard llenaba los vacíos causados por la falta de los instrumentos mencionados con gran acierto y maestría. Excelente actuación en formato minimalista. Solo nos queda soñar con lo que puede ser capaz de hacer con una banda completa. Esperemos que vuelva pronto.

Paul Collins Beat es el grupo ideal para cualquier tipo de festival o fiesta que se precie: auténtico titán de los escenarios, su sola presencia levanta hasta a los muertos y su propuesta musical es potente y refrescante como pocas. Desde que abrió con “Let me into your life” se metió en el bolsillo a todo el público, y es que la New Wave da muchísimo de sí (esta semana tendremos otra buena muestra en el Azkena Rock Festival con los B 52’s). “Working too hard”, “Rock’n’roll girl”, “You won’t be happy” y “Work-A-Day-World” todas ellas también del primer LP “The Beat” dejaron clara la apuesta de Paul por aquel mítico disco (¡cayeron nada menos que nueve!) mientras el público se dejaba llevar por una actuación frenética y estimulante a más no poder. Las adictivas “Dreaming” y “On the highway” representaron al segundo LP (“The Kids are the same”) y tras volver al debut con la clashiana “U.S.A.” saltaron al tercer disco, “To beat or not to beat”, con “All over the world” y “Always got you on my mind” para volver al 79 con “Walking out on love” y “Different kind of girl”. Nadie, ni los que habían conocido al grupo el mismo día, quedó indiferente. Y saltaba a la vista. La primera intrusión en el grupo anterior a Paul Collins Beat, The Nerve, fue una pegadiza composición pop (“When you find out”) de la mejor calidad, como si estuviéramos en plena Swinging London en 1965. Paul nos presentó el tema situándonos en San Francisco en 1974, en pleno Haight-Ashbury y en un estudio chino, “pero donde no había pan y leche”. La verdad es que el frontman se metió en el bolsillo a los presentes, con su acento de yanqui cachondo pero defendiéndose estupendamente con el castellano. Y es que el bueno de Paul lleva unos cuantos años viviendo en España, y sus músicos también son españoles.

Seguidamente acometieron con “Hanging on the telephone”, sorprendiendo a unos cuantos, también de The Nerves, que más tarde versionarían Blondie. La fiesta estaba en su apogeo. “Don’t wait for me” remató lo que para servidor supone uno de los mejores conciertos del año. ¡Gloria para Paul Collins!

Que los Beach Boys toquen en tu ciudad supone ya de por sí uno de los acontecimientos del año. Que lo hagan a este nivel es, en cambio, algo para lo que no estaba preparado. Las dos veces que he visto a Brian Wilson en directo he salido satisfecho, y aunque esperaba más marcha con el tipo que posee ahora el nombre oficial (el villano por antonomasia del rock and roll, Mike Love), lo vivido en Sondika supera todas las expectativas. Mike Love, el primo de los hermanos Wilson y único miembro original, ha sabido rodearse de auténticos expertos en el tema para ofrecer un show completo, extenso y generoso en cuanto a repertorio. Bruce Johnston, que lleva unos cuantos años en el grupo (entró en 1965, ¡ahí queda eso!), comanda la nave junto a Mike en una auténtica fiesta donde las olas, la playa, las chicas y los coches nos transportan a una época irrepetible. “Do it again”, “Surfin’ Safari”, “Catch a wave” y “Little Honda” nos zambullen, de entrada, en ese aroma embriagador impregnado de salitre que no nos abandonará en todo el show. La pantalla del fondo (la única de todo el día) nos muestra a esa gran familia (la cual, dicho sea de paso, de idílica no tenía nada) que fueron los Beach Boys, la inocencia de sus primeros años, la histeria de los fans, y muchas olas y tablas de surf, como en “Catch a wave”.

También fueron de agradecer los saltos en el tiempo y que hubiera lugar para épocas fuera del período clásico, si bien “It’s Ok” o “Getcha back”, por poner dos ejemplos, no fueran la mejor elección para ello. Poco importó si en medio de ellas pudimos disfrutar de “Surfin’ USA” (con el público en éxtasis) o esa maravilla llamada “Surfer girl”. Otras dos joyas ocultas de la clase del 65 son “Good to be my baby” o “You’re so good to me”, que cantó Bruce Johnston con gran maestría a pesar de su edad (a punto de cumplir los 77) y las lógicas limitaciones vocales que ello conlleva. Otra del mismo año, esta vez una versión, fue la Spectoriana “Then I kissed her”, grabada originalmente por las Crystals dos años antes con el título “Then he kissed me”. La cantó el tipo de la derecha del escenario, y la versión de “Why do fools fall in love” de Frankie Lymon & The Teenagers creo recordar que también estuvo al cargo de alguien del grupo, ya que los dos abueletes aprovecharon para tomarse un pequeño descanso. Más hits: “When I grow up (to be a man)”, “Little deuce coupe”, la apología del “409” y “Shut down”, entre las cuales se coló la introspectiva “Don’t worry baby”, de cuando Brian Wilson experimentaba con temas mucho más profundos y melodías arrebatadoras.

“I get around” volvió loca a la concurrencia y fue el preludio de una fase que significó la cúspide de tan agitada actuación: “In my room”, revolucionaria e intimista obra de arte de Brian, dio paso por fin al mítico “Pet sounds”, el único disco que podía rivalizar con los Beatles. Psicodelia, innovación, experimentación y mucho ácido. Cayeron la embriagadora “God only knows”, la bella hasta la extenuación “Sloop John B” y, en uno de los momentos estelares de Christian Love (hijo de Mike Love) la eterna “Wouldn’t it be nice”. Las imágenes en la pantalla muestran a los hermanos (Brian, Carl y Dennis, los dos últimos ya muertos), Mike Love, Al Jardine y Bruce Johnston en sus años mozos, felices y mostrando al mundo una época eterna e irrepetible. Es difícil no emocionarse. “California girls” mantiene la tensión aunque “Dance, dance, dance” la hubiera cambiado por otra. La versión de Bobby Freeman” “Do you wanna dance” suena a gloria con estas voces y “Help me, Rhonda” mantiene la garra con esos duduás tan característicos – y que le han reportado tantos millones, nótese la ironía – de Mike.

La elección de la mediocre “Kokomo”, perteneciente a la banda sonora de la famosa peli de 1988 “Cocktail” (de cuando Tom Cruise no necesitaba Viagra, como reza un anónimo y malicioso comentario en youtube), puede tener su origen en que Mike es coautor del mismo, con el beneficio que eso conlleva. Uno, que es un malpensado. “Good vibrations”, la gran obra maestra de los Beach Boys, cantada de nuevo por Christian, fue una auténtica pasada. Puro éxtasis colectivo (“I think people in this part of the world are crazy”, dijo Mike) y el momento ideal para retirarse.

Regresaron enseguida con el “Rockaway Beach”(¡de Los Ramones!, de hecho este mismo año la han cantado con el mismísimo Marky Ramone en más de un concierto) y el adiós definitivo con la marchosa “Fun, fun, fun”. Lo dicho, un señor concierto con un Mike Love pletórico a sus 78 años, dueño y señor del escenario, elegante, dicharachero y seductor, al igual que Bruce Johnston. Inolvidables los bailes (escasos, eso sí) que se pegaron ambos en momentos puntuales y un sentimiento final de gloria y felicidad exultantes. Como apunte final, no es cierto que esta haya sido la primera vez que los Beach Boys hayan tocado en Euskal Herria. Existe – que yo sepa- un precedente: tocaron allá por 2001 en el Biarritz Surf Festival, si no estoy muy equivocado. BBK Music Legends Fest , nos volvemos a ver el año que viene.

Texto: Urko Ansa

La segunda jornada del BBK Music Legends Fest  arrancó en soleado sábado y con una propuesta soulera comandada por la cantante Inés Eleuteria y su certero escudero Aitor “Malamute” Zorriketa. Se hacen llamar Mississippi Queen, y para los directos en formato de quinteto (como fue el caso) amplían el nombre a Mississippi Queen & The Wet Dogs, acompañándose de base rítmica y teclas. En un pase corto pero intenso los de Bilbao mezclaron con gusto temas propios (la funk e irresistible “Try Me”, el sentido baladón “Long Gone” o la contagiosa “Don´t Wait Up”) con selectas versiones de Etta James (“Watch Dog”) o de Aretha Franklin (“Try Matty´s”), dos de las referencias vocales más claras para Inés. Lo suyo es el funk y el soul, y a pesar de haber publicado únicamente una referencia discográfica, a comienzos de este 2019, cada vez somos más los que vemos a este grupo triunfando a lo grande. O aún mejor, trascendiendo.

William P Homans III saltaba literalmente al escenario para ofrecer un show bluesero, auténtico, clásico aunque a su vez idiosincrásico. Ha vivido una vida completa y de todos los colores, y eso, esa experiencia vital, se cuela en cada una de sus interpretaciones. Hace muchos años que se hace llamar Watermelon Man, y al Legends se vino en formato de trío, acompañado de una robusta base rítmica que hacía de perfecto colchón sonoro mientras el protagonista punteaba con la slide y soplaba su armónica, casi siempre de manera endiablada. Versionó a grandes como Muddy Waters (“Gypsy Woman”) o Howlin´Wolf (“Smokestack Lightnin´), tocó temas propios como “Post-Modern Blues” e incluso interpretó una canción que llevaba haciendo desde 1975: “Okiessippi Blues”. Este americano, risueño y bribón, derrochó naturalidad por los cuatro costados aunque eso implicase ultra exponerse ante su público. Verbalmente estuvo todo lo comunicativo que el idioma le permitió, pero es que entre sus saltos, gestos y gritos salvajes ya tenía al público en el bolsillo y además llevando a cabo inmejorablemente su tarea principal, que no es otra que la ejecución del blues.

Los hermanos Kitty, Daisy & Lewis saben lo que hacen sobre un escenario, y eso se nota. Nacidos en una familia muy musical y multiinstrumentistas desde adolescentes, los chavales se hicieron acompañar por su padre a la guitarra y pandereta y tuvieron a un sustituto al bajo, que normalmente toca en directo la madre de la familia. Su colega jamaicano soplaba la trompeta en algunos temas. Si en sus inicios, hace una década, este grupo estaba orientado a músicas como el country o el rockabilly, hace ya tiempo que han incluido en sus canciones sonidos de ska, soul o funk. De este último estilo tuvimos un ejemplo con “Black Van”, del anterior fue a través de la canción de apertura del concierto, “Slave”, mientras que el ska se vio reflejado en varias canciones, destacando la dulce y buenrollista “Baby Bye Bye”, cantada por el hermano varón, Lewis. Grandes momentos los que nos ha dado, y los que nos puede seguir brindando, la familia Durham.

El guitarrista de la E Street Band de Springsteen, Little Steven, tiene desde hace algunos años un grupo de acompañamiento que se hace llamar “los discípulos del soul”, pero la verdad es que de soul, tal y como yo lo entiendo, tienen más bien poco. El acertado arranque del concierto, aún así, hizo que muchos metiéramos el morro para ver qué se cocía. Y es que aquella inicial “Communion” me pareció un espejismo en toda regla; en cuanto continuó el show (ninguna palabra se adaptaría mejor a lo que ofreció esta banda) se destapó del todo lo que ahí estaba sucediendo: quieren sonar a todo y al final no suenan a nada. Al menos a nada relevante. El pequeño Steven tiene la virtud ,o defecto si me preguntas, de tratar de sonar a Springsteen, a banda de soul y a estrella del rock, todo a la vez pero sin filtro ni gracia. Lo abigarrado de su propuesta sonora y visual no sentó nada bien al conjunto, que quedó demasiado recargado en arreglos y artificios , aunque sin duda funcionó para la generalidad del público, que entró rápida y fácilmente en el ambiente de jolgorio. Hubo diversión pero faltó alma. Muchos ruidos y colores pero poca substancia. Horas antes habíamos tenido delante nuestro a Mississippi Queen & The Wet Dogs (con mucho menos público) sudando autenticidad y también profesionalidad, ofreciéndonos todo lo que se puede pedir a un concierto de estas características y además con una formación tres veces más reducida que la de Steven Van Zandt.

Con la noche bien entrada apareció en escena Ben Harper acompañado de sus Innocent Criminals, esta vez en formato reducido. A la presencia del guitarrista y cantante se sumaron la base rítmica compuesta por batería, bajo y percusiones. Hubiera echado en falta una segunda guitarra o un teclado que añadiera color al repertorio, pero por lo general sonaron estimulantes, con tiempo para hits masivos y tiempo para perderse también en los sombríos recovecos de la música. Abrieron llamando la atención, con la coreable y de cadencia funky “Steal My Kisses” seguida de la ovacionada “Burn One Down”, y a partir de ahí combinaron canciones que tenían largos pasajes instrumentales de guitarra slide con otras más conocidas como la coreada y luminosa “Diamonds On The Inside”. Fue en esos momentos instrumentales en los que parte del público desconectó, ya fuera por el escaso contacto visual que Harper tenía con su público (lógico al tocar la guitarra slide tumbada) o quizá debido a lo poco que habían estado expuestos a la música más personal del compositor, muchos de los allí presentes. Interpretó algunas de sus canciones menos obvias de la segunda mitad de los noventa, nos puso al día de lo último que había grabado con los Criminals (“Call It What It Is”, de hace tres años) e incluso versionó con clase y personalidad propia el “Machine Gun” del último Hendrix. Gran parte de la música que interpreta Harper es para cerrar los ojos y dejarse llevar completamente, pero claro, no todo el público está interesado en una experiencia así. La noche se clausuró con un “Superstition” de Stevie Wonder bien escogido y decentemente interpretado, dejando una sensación agridulce en muchos de los asistentes. Y es que la vida tiende a ser así, agridulce, así que de momento alegrémonos por lo dulce.

Texto: Jon Bilbao