“Me topé a menudo con estas dos verdades conviviendo en la misma persona: la verdad personal, confinada a la clandestinidad, y la verdad colectiva, empapada del espíritu del tiempo. Del olor a rotativos. La primera de ellas rara vez lograba resistir el ímpetu de la segunda. Si, por ejemplo, en el apartamento de mi interlocutora había algún familiar o conocido, o un vecino (sobre todo un hombre), ella se mostraba menos sincera y hacía menos confidencias que si hubiéramos estado a solas. Se convertía en una conversación pública. Dirigida al espectador… De pronto me encontraba en el desierto del pasado, donde solo había monumentos. Los actos heroicos. Orgullosos e impenetrables… Yo cada vez sentía más asombro ante esta falta de confianza hacia lo sencillo y lo humano, este deseo de sustituir la vida por ideales. El simple calor por el resplandor frío”. Este fragmento corresponde a una obra de la bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura, a su libro “La guerra no tiene rostro de mujer”, en el que relata las terribles experiencias que padecieron las mujeres soviéticas que se alistaron en el Ejército Rojo durante la II Guerra Mundial. La autora señala un hecho básico: que bajo las grandes catástrofes históricas, las derrotas y las retiradas, existen millones de anécdotas personales en las que se revela la auténtica realidad de la naturaleza humana, tanto en sus aspectos más crueles y viles como en los más positivos.
Los libros de historia bélica nos enseñan que la batalla de Okinawa fue uno de los episodios más sangrientos de la guerra entre Estados Unidos y Japón en el Pacífico. Cuando las tropas estadounidenses desembarcaron en la isla en abril de 1945, se repitió un escenario muy parecido al vivido un mes antes en Iwo Jima. La guarnición japonesa optó por una resistencia numantina y desesperada, lo que terminó conduciendo a su práctica aniquilación. Al mismo tiempo, las pérdidas sufridas por los invasores fueron tan elevadas que reforzaron la convicción, ya extendida en su liderazgo militar y político, de que el Imperio japonés no se rendiría jamás si se limitaban a los medios militares convencionales. Esa conclusión contribuyó a que las autoridades norteamericanas consideraran el uso de la bomba atómica como el único instrumento capaz de forzar la capitulación definitiva de Japón. De este modo, la hecatombe de Okinawa fue, en cierto modo, el prólogo que propició la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.
Pero los soldados de uno y otro bando no fueron las únicas víctimas de la batalla. Como nos señala Susumu Higa, en Okinawa, y en las islas adyacentes, vivían unos cuatrocientos cincuenta mil civiles, de los cuales cien mil perderían la vida como, usando la hipócrita terminología de nuestro tiempo, “daños colaterales”. Estos civiles son los grandes protagonistas de este magnífico volumen, el segundo que nos llega de su autor, tras el titulado sencillamente “Okinawa” que publicó en 2025 Norma Editorial. A pesar del cambio de editorial, podemos ver “El viento habla” como su directa continuación, aunque, por supuesto, se pueden leer con independencia. No cabe duda de que el objetivo del autor, que se despliega a través de siete relatos y un breve epílogo, es mostrar esa verdad íntima de la que nos hablaba Svetlana Alexiévich. Y eso se demuestra, por ejemplo, en su total ausencia de maniqueísmos.
Las historias de Higa nos muestran que Okinawa y las islas menores cercanas habían constituido, durante siglos, un reino independiente, con lengua y cultura propias y fuertes lazos con China. Por ese motivo, muchos militares nipones no los consideraban “japoneses genuinos” y los trataban sin la menor consideración. La población local recibió la misma brutalidad que el Imperio del Sol Naciente aplicaba en los territorios ocupados. Las mujeres padecieron violaciones, les arrebataron los alimentos hasta dejar a los civiles sin lo imprescindible para vivir y, en ocasiones, fueron “evacuados” por la fuerza a zonas insalubres infestadas de mosquitos portadores de malaria. Toda intentona de desobediencia era castigada con salvajismo. La comunidad nativa, compuesta en esa fase de la guerra sobre todo por mujeres, ancianos y niños debido a la recluta generalizada de los varones por el ejército, sufrió una nueva ronda de abusos con la llegada de las fuerzas estadounidenses.
Sin embargo, Higa señala que las generalizaciones son siempre inexactas, que la condición humana nunca es unívoca y que, sobre todo, las decisiones individuales cuentan. Ya sea la de una chica que trabaja como enfermera y que cree reconocer entre sus pacientes al asesino de su madre y sus hermanos pequeños; un superviviente de la batalla que se enfrenta a una banda de violadores que acosa a las mujeres y niñas de una aldea; un desertor que trata de salvar a un grupo de chavales “adoctrinados” hasta el punto de estar dispuestos a sacrificar inútilmente sus jóvenes vidas; o un hombre que prefiere volverse loco antes de cumplir órdenes inhumanas. En sus relatos aparecen tanto militares japoneses y norteamericanos capaces de actos miserables, como oficiales estadounidenses que sienten empatía hacia los civiles y buscan impartir justicia, o soldados de Japón que se oponen a las barbaridades dictadas por sus superiores. Incluso en medio de una guerra feroz e inclemente, hay seres humanos que se esfuerzan en actuar con un mínimo de decencia, aunque, desde luego, no los suficientes.
“Okinawa. El viento habla” nos recuerda a hitos del cómic documental como “Maus” de Art Spiegelman, “Hierba” de Keum Suk Gendry-Kim, "Pies descalzos" de Keiji Nakazawa y a obras del gran Joe Sacco como “Gorazde. Zona protegida” o “Un tributo a la tierra”: no se me ocurre un mejor elogio.

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