La tercera película de Emerald Fennell, seguramente la peor versión de la única novela de Emily Brontë –adaptada, entre otros, por Luis Buñuel, Jacques Rivette, William Wyler y Andrea Arnold– provoca que nos planteemos una cuestión de principios: ¿Para qué fijarse en un clásico de la literatura si se le va a desposeer de su esencia hasta convertirlo en una tórrida historia más de infidelidades?
Fennell, también autora del guion, toma decisiones arriesgadas, como la eliminación de algún personaje primordial, lo que, por una parte, le obliga a otorgar su función a otros con una incidencia menor, y por otra, a prescindir de elementos sustanciales.
La autora de “Una joven prometedora” y “Saltburn” se interesa preferentemente por la relación pasional de los dos protagonistas, Cathy y Heathcliff, y aborda más ligeramente otros temas (la diferencia de clases o la pulsión de venganza).
La aportación más notoria es, pues, una mayor sexualización: la cinta traza el despertar sexual de Cathy (y de algún otro personaje secundario), a través de episodios más o menos explícitos que Brontë, huelga decirlo, no se hubiera atrevido entonces a escribir, pero que interpelan más directamente a un público actual, como también lo hacen los temas de Charli XCX o ciertos pasajes que, por forma, se asemejan a anuncios de colonias creados por inteligencia artificial.
Margot Robbie, lo mejor de la función, transmite la dualidad que su personaje requiere, tan febril como vulnerable. Sin embargo, Jacob Elordi tiene todos los números –también por su “Frankenstein”– para convertirse en el nuevo carapiedra de Hollywood,aunque, ciertamente no toda la culpa es suya: su Heathcliff no es el de Brontë, sino el de Fennell, desnaturalizado y mucho menos interesante.
Queda, pues, esta nueva “Cumbres borrascosas” como una extravanganza inocua, a medio camino entre el capricho y la irreverencia, para nuevas generaciones a las que, ojalá, les sirva, al menos, de anzuelo para leer la turbadora obra original.

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