Hay que recconocer en David Lowery, maestro (menor) del cine independiente americano en tanto que montador y productor también de films ajenos, la intención constante de arriesgar aunque no siempre le salga cara. El mayor ejemplo de esta audacia es la materialización en pantalla de la representación infantil de los fantasmas como espectros ensabanados en su "A Ghost Story". Precisamente con aquel film en el recuerdo, la frase promocional de "Mother Mary" es “Esta no es una historia de fantasmas”.
"Mother Mary" es, ante todo, un duelo actoral de primer orden entre Anne Hathaway y, en su papel cinematográfico más importante, Michaela Coel, consagrada gracias a la televisiva Podría destruirte. La primera mitad de la cinta tiene el regusto de las buenas adaptaciones teatrales como "La sombra del actor" o, aunque esto sean palabras mayores, el clásico "La huella". Hathaway, oscarizada por el musical "Los miserables", donde interpretaba una de las piezas más célebres de la obra, la emotiva "I dreamed a Dream", encarna aquí a una megaestrella de la canción fácilmente asimilable a Lady Gaga -Charli XCX ha participado en la composición de la mayoría de las canciones- que, en medio de una crisis personal, recurre a una amiga de conflictivo recuerdo, su antigua diseñadora, para que le confeccione el vestido definitivo para uno de sus espectáculos. Los mejores momentos del film están ahí, en ese enfrentamiento de dominación y servidumbre, de vulnerabilidad y fortaleza. Destaca un impresionante momento de una coreografía sin música que posiciona a Hathaway como una actriz siempre en busca del reto y el esfuerzo interpretativos.
Sin embargo, cuando Lowery agota las posibilidades de esa medida pieza de cámara para adentrarse en el terror poético como plasmación de la amistad entre estos dos personajes, la película sufre, y pese a contener bellas imágenes y algún impactante pasaje, como el ofrecido por la británica FKA twigs, en un breve pero lucido rol, el desarrollo es fatigoso.

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