Vaughan Oliver en 12 portadas para el recuerdo
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Vaughan Oliver en 12 portadas para el recuerdo

Carlos Pérez de Ziriza — hace 2 meses
Fotógrafo — Vaughan Olivier

Pocas veces el diseño de una portada era más acorde con su contenido que en el caso de Vaughan Oliver, sin cuya obra no hubiéramos entendido de la misma forma a los Pixies, Cocteau Twins, Scott Walker y muchos más.

Con la muerte de Vaughan Oliver (Sedgefield, 1957 – Londres, 2019), que viene tristemente a sumarse a la de Stephen Kasner hace tres días (portadista de Sun O))) o Rotting Christ, entre otros), se va no solo uno de los creadores de algunas de las portadas más recordadas del pop y el rock de los últimos cuarenta años. También desaparece una de esas figuras que ya nos parecen de otra era, que nos recuerdan que hubo un tiempo en el que había gente que compraba discos solo por el poder de atracción de sus portadas (¿aún se hace?), y que dotaba de una imagen de marca todo lo que sus dedos tocaban. “Misterio” y “ambigüedad”, en sus propias palabras, eran dos de las características que mejor definían su obra, cifradas en cubiertas muchas veces surrealistas, generalmente sombrías, dotadas de una magnética animalidad, que eran –en definitiva– auténticas obras de arte.

Al igual que no podríamos entender la discografía de Pink Floyd sin las portadas diseñadas por el colectivo Hipgnosis, ni la saga de Joy Division y la Factory de Manchester sin los diseños de Peter Saville, tampoco podríamos entender la obra de los Pixies y de la plana mayor de esa bendita casa de discos que fue la 4AD de Ivo Watts-Russell (con Cocteau Twins, Throwing Muses, Dead Can Dance, Breeders, Belly, This Mortal Coil, Pale Saints, Mojave 3, Lush, TV On The Radio o Scott Walker en sus filas) sin el trabajo que Oliver fue plasmando, primero con el fotógrafo Nigel Grierson desde 1980 hasta 1988 (como 23 Envelope), y después con Simon Larbalestier, Chris Bigg, Paul McMenamin, Timothy O’Donnell o Tim Vary (como v23) en decenas de portadas que dieron al sello – y a otros trabajos fuera de él – una identidad perfectamente reconocible, acorde con unos sonidos también genuinos, generalmente densos, reverberantes y rebosantes de intriga, pero a veces también cortantes como el filo de una navaja.

En este texto recordamos doce de sus mejores trabajos. Pero podrían perfectamente ser otros doce.


Modern English
Mesh and Lace
(4AD, 1980)

Portada de gran significación icónica: el 6 de abril 1981 se publica este álbum, y sólo unos meses después, el 29 de agosto, se imprime la primera crítica –al menos eso cuentan los mejores cronistas de la época– en la que aparece la palabra “indie” aplicada a un disco en un medio de comunicación. Era el single Smiles & Laughter, también con portada de Vaughan Oliver y su compañero, el fotógrafo Nigel Grierson, aunque más mundana que esta. Es decir, el indie y la carrera de Vaughan Oliver como diseñador nacen prácticamente de la mano. Y ya están aquí algunas de sus mejores señas de identidad: oscuridad, abrasión, simbolismo indescifrable y formas humanas que se exhiben su desnudez sin pudor. Muy acorde con el afilado y desasosegante post punk de los surcos del disco.


Colourbox
Colourbox
(4AD, 1983)

La portada de los dos caballos follando. Así, tal cual. Durante años, este minielepé fue conocido con el nombre de Horses Fucking, para diferenciarlo del álbum que le sucedió, también homónimo. Animalidad en estado puro, en sintonía con la incitación bastarda al baile de la banda, influida por el soul, el dub, el reggae y la protoelectrónica.


This Mortal Coil
It’ll End In Tears
(4AD, 1984)

La banda del Ivo Watts-Russell, el jefe de 4AD, no iba a dejar de lucir algunos de los mejores diseños de Envelope 23. Casi siempre con enigmáticos rostros femeninos de mirada profunda, envueltos en un halo de irrealidad, jugando en el territorio de los sueños y rescatando ciertos ecos neoclásicos, como todas las canciones –y las soberbias versiones de material ajeno– que fueron puliendo This Mortal Coil a lo largo de su intermitente carrera.


Cocteau Twins
Treasure
(4AD, 1984)

Si hay una banda en la que las portadas debían transmitir con mayor eficacia su música, esa eran los Cocteau Twins. Y a fe que Oliver lo consiguió. El hechizo evanescente, prácticamente ingrávido y rebosante de accesos exóticos (y hasta medievalistas) de los grandes padres del dream pop tuvo un excepcional reflejo en su artwork, transitando de los tonos ocres, sepia o azulados –como el de este Treasure– hasta la explosión cromática del también magistral Heaven Or Las Vegas (1990), cuya cubierta también es una obra de arte.


Colourbox
Colourbox
(4AD, 1985)

De nuevo volvemos a Colourbox. Porque si su sonido fue ya de por sí una completa anomalía no solo para su sello sino para su época, la portada de este nuevo trabajo homónimo también lo era para el canon de Vaughan Oliver: de hecho, no podía reflejar mejor la naturaleza fragmentaria, colorista, ecléctica y presampledelica de su música, sobre una imagen prestada de un diseño japonés de 1980.


David Sylvian
Secrets of the Beehive
(Virgin, 1987)

Precioso trabajo que casa a la perfección con la elegancia otoñal de uno de los mejores álbumes del hombre de la voz de oro, el gran David Sylvian: uno de esos artistas a los que nunca se les reivindica lo suficiente. Uno de los últimos diseños, por cierto, que afrontaron Oliver y Grierson aún formando tándem.


Pixies
Surfer Rosa
(4AD, 1988)

¿Qué podemos decir a estas alturas de esta portada que no se haya dicho ya? La bailaora de flamenco semidesnuda, el crucifijo y el mástil de guitarra que sale misteriosamente de la pared, fotografiados por Simon Larbalestier, son la viva imagen de ese tratado de rock indomable, feroz y genuino, producido (o no producido, según se mire) por Steve Albini, repleto de sarpullidos de ira en spanglish y referencias a la estancia de Black Francis en Puerto Rico. Sudor, sexo, vísceras y un exótico atavismo chorreando en trece canciones de una fuerza telúrica sin parangón.


Pixies
Doolittle
(4AD, 1989)

Más compleja y calculada que la de su predecesor, también mejor definida. Más madura. Exactamente igual que su contenido. Si el hombre es cinco, entonces el diablo es seis, y Dios es el siete. Religión, numerología y superstición. Víscera y cerebro en un puzzle aparentemente indescifrable. Black Francis le confesó a Oliver que, para él, el pop que valía la pena debía ser la búsqueda intelectual de las buenas matemáticas. Así que tomó buena nota, y junto al mono fotografiado por Larbalestier, logró uno de los iconos que marcaron a toda una generación.


Pale Saints
The Comforts of Madness
(4AD, 1990)

Los Pale Saints, que fueron precisamente teloneros de Pixies cuando estos nos visitaron para presentar Bossanova (1990), también se vieron agraciados con los primorosos diseños de Vaughan Oliver para la 4AD. Combinando delicadeza con complejidad, fiereza con dulzura, su música detentaba el mismo sereno poder de fascinación, de cualidades casi pictóricas, que la portada de su álbum debut.


The Breeders
Pod
(4AD, 1991)

A buen seguro que el corazón húmedo de Last Splash (1993) se recuerda más, pero la cubierta fálica del debut de una banda de chicas que se hacían llamar “las reproductoras” no podía reflejar mejor el soterrado y algo cabroncete sentido del humor de Vaughan Oliver, concretado aquí en una intrigante danza que pretendía ser una oda a la fertilidad. Totalmente acorde con las hechuras de sus canciones, preñadas –cómo no– de una voluptuosidad abrupta, mucho más descarnada y salvaje que en su exitosa secuela.


Red House Painters
Down Colourful Hill
(4AD, 1993)

La estampa de paisajes desolados y recintos en situación de abandono y ruina, o de estancias lóbregas, generalmente fotografiadas en blanco y negro o en tonos sepia, se convirtió en santo y seña de la discografía de los Red House Painters de Mark Kozelek, y en el mejor síntoma visual de sus letanías de hondo calado emocional. Entre la austeridad folk acústica y ciertas inyecciones de electricidad, pero siempre con una angustia existencial que tenía su perfecto equivalente visual en la lánguida decadencia de portadas como esta.


Scott Walker
The Drift
(4AD, 2006)

La vuelta de Scott Walker a la actualidad con un discurso cada vez más oscuro e impenetrable, a la altura de The Drift (2006), no podía tener mejor tarjeta de presentación que su propia portada, esa imagen en la que una superficie algo indefinible, pero en pleno proceso de oxidación (o de descomposición) nos advierte de la que se nos avecina: un intrigante paseo sonoro por las peores pesadillas del fenecido siglo XX.

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