Retrovisor: Stereolab
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Retrovisor: Stereolab

Marcos Gendre — 03-03-2020
Fotógrafo — Archivo

Origen: Londres (Reino Unido). Años en activo: 1990-2020

A la hora de echar la vista atrás hacia los noventa, una de las formaciones que nunca se pierde en el olvido es Stereolab. Dueños de un estilo único y heterodoxo, que va del krautrock al pop marxista, a lo largo de su década prodigiosa, sembraron la cosecha british de suficientes razones para coronarlos como los reyes de una camada de grupos que vinieron a ser el segundo advenimiento post-punk del siglo XX. Ya fueran Bark Psychosis, Disco Inferno, Laika o Pram, cualquiera de estas formaciones fortificó un código experimental de músicas que parecían haber nacido como la némesis de las corrientes revivalistas del britpop en aquellos años.

Si Blur o Oasis tenían a The Kinks y grupos como Madness como máxima inspiración, Stereolab y el resto de artificieros de la nostalgia contaban con un rango de acción que condensaba del Miles Davis experimental a Can. No es ninguna casualidad que un grupo indie pop fuera la semilla de lo que luego sería Moonshake, de nombre inspirado en la mítica canción de los bávaros. Lo mismo sucedió con Stereolab, cuyos orígenes enraízan en McCarthy, formación indie pop en la que Tim Gane y Laetitia Sadier se conocieron. Del espíritu crítico y anti-thatcherista de su discurso musical, se apropiaron en himnos de subsuelo como Ping Pong, una de sus invenciones más reveladoras.

Stereolab nfocaron el distopismo ballardiano del post-punk original desde el optimismo sci-fi de serie B. No hay más que recordar sus indumentarias trekkies en el vídeo de la citada Ping Pong, pero también el tono neutro y acaramelado de Sadier a la hora de cantar sobre momentos oscuros de la historia. Todo su sonido e imagen se fraguaba desde la colisión de conceptos antitéticos. El resultado fue algo tan original como ajeno a lo que se estilaba en aquellos años de resaca post-Stone Roses.

La trilogía imaginaria

“Mars Audiac Quintet” (94), “Emperor Tomato Ketchup” (96) y “Dots And Loops” (97) revelan la ansiedad de un grupo por abducir rincones perdidos de la memorabilia pop, donde el espíritu de Klaus Schulze puede convivir con las chansonnières francesas de los años sesenta y el drone espacial se enreda con ritmos africanos. Los vasos comunicantes entre dimensiones desconectadas son el motor de las obsesiones musicales de un grupo que, más allá de sus álbumes, funcionaba bajo mentalidad de publicación dance. No en vano, a lo largo de su edad dorada editaron un sinfín de singles, splits con otros grupos y epés repartidos entre toda clase de sellos discográficos. Por supuesto, uno de estos fue Too Pure, la casa por antonomasia del lado oscuro del pop británico.

A través de esta u otra barricada discográfica, Stereolab fueron abriendo agujeros temporales hacia los años cincuenta y sesenta. Su idea del futuro desde la búsqueda de los pasados perdidos no difería de los cómics de Bryan Talbot sobre Lukas Arkwright o Wendy Carlos y sus reinterpretaciones con sintetizadores de música clásica. No es ninguna casualidad que la obra más conocida de esta última sirviera de título para los tres volúmenes de “Switched On”: la serie de recopilatorios compuestos de rarezas, singles y epés desperdigados por los británicos.

Haunthology y pop hipnagógico

Pero su obsesión iba más allá que la descripción de un concepto, donde se encuentran las claves para entender el nacimiento de grupos como Broadcast y géneros enteros como la haunthology y el pop hipnagógico. Así como lo entendía Simon Reynolds para Melody Maker en 1996: “Stereolab mezclan sin esfuerzo la neo-psicodelia (el latido metronómico del beat del ‘motorik’, un acorde de drone de guitarra) con el estado de ánimo de la música (coros melodiosos de chica pop, borbotones de sintetizador Moog). Es una estética que yo llamo ‘kitschadelia’, basada en una fascinación con las nociones pintorescas de antaño, de lo ‘lejano’: un medio irónico, nostálgico, realmente conmovedor para los días en los que la gente pensaba que el futuro sería fabuloso (vacaciones en la luna, el robot-mayordomo trayendo sus huevos fritos con tocino cada mañana, en forma de píldora, naturalmente). Al igual que almas gemelas como Pram y Labradford, a Stereolab les gusta usar proto-sintetizadores-artificiales para poder sonar pasados de moda. Para lograr este resultado utilizan el Moog, el theremin y el Ondioline. Grandes esculturas como 3 To 1 In Groovy Green comparten esta cualidad kitschadelica, sus extravagantes tonalidades, evocadoras de los años sesenta hechas por el hombre. Sus formas globulares recuerdan a los garabatos de aceite dentro de una lámpara de lava”.

Cartógrafos transoceánicos de sonoridades, otra de las revoluciones de Stereolab fue, básicamente, hacer honor a su nombre: un laboratorio estéreo donde la bossa nova era enunciada con frío deletreo germano y el free-jazz era sumergido entre tonadas de coros femeninos oníricos, entre otras excentricidades tomadas muy en serio.

Siempre con la investigación de lo improbable o inexistente como pauta, la banda comandada por Gane y Sadier selló un modelo musical que sobrepasó la concepción de un grupo musical al uso, sino que estaba más cercano a un colectivo cultural belicoso contra los consensos liberales de la era Blair. Acción contra la maquina, que ellos ejemplificaron por medio de un testamento musical tan vivo y excitante como el primer día.

El disco imprescindible

“Emperor Tomato Ketchup” (1996)

Detonar la bomba de la creatividad, nada más empezar, con un artilugio como Metronomic Underground ya hace que una obra traspase los límites temporales de golpe y porrazo. Del funk cubista al pop achampañado, pasando por la pulsión motorik, en este trabajo conviven muchas de las cabezas estilísticas de esta Hidra sónica, para la cual Tim Gane se inspiró en el concepto big band. “Yo estaba con la idea del swing, en el sentido de una big band. La primera pista, “Metronomic Underground” originalmente constaba de alrededor de siete riffs que quería cerrar como una big band. También estaba obsesionado con los riffs y los ritmos de Sun Ra, Don Cherry y la Plastic Ono Band de Fly”, llegó a comentar Gane a Simon Reynolds para Melody Maker.

Desde esta base, “Emperor Tomato Ketchup” es contextualizado dentro de un Frankenstein musical inoculado de sobredosis retrofuturista y algunas de las canciones más subyugantes de todo su repertorio, como esa despampanante explosión pop titulada como “Cybele’s Reverie”. Sin duda, una trabajo que, al igual que los de Björk o Aphex Twin, corroboran la existencia de (muy) vida inteligente en el planeta pop de los noventa.

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