El 4 de mayo de 1993 se publicaba uno de los clásicos más descarnados de los noventa. PJ Harvey publicaba “Rid Of Me”, un disco que nos pillo a todos por sorpresa. Mientras la industria de la nostalgia ya comenzaba a ser engrasada, la británica quebraba medidas temporales en un trabajo –el segundo- que parece haber sido concebido desde las tripas del deseo. Catorce heridas curadas en sal que aún siguen haciendo daño como el primer día.

Rid Of Me
Como un cuchillo deslizándose a cámara lenta en carne fresca, la puesta a punto de “Rid Of Me” desprende el desasosiego psicótico auto inducido por PJ Harvey a la hora de exorcizar su reciente ruptura sentimental. Por el camino, reproduce escenas de deseo animal -“Lame mis piernas, estoy ardiendo. Lame mis piernas de deseo”-, haciendo un uso tremendamente carnal del falsete, en las antípodas del patentado por sumos sacerdotes de la seducción como Prince y Marvin Gaye.
“Recuerdo haberla empezado a escribir en un piso en el que vivía, un horrible apartamento que compartía en Tottenham. Tottenham es un área bastante difícil en Londres”, recuerda Harvey. “Vivíamos en un piso muy húmedo con calentadores de gas, y yo tenía una pequeña habitación pequeña en la parte delantera de la casa. Para acceder al resto de la casa, tienes que caminar por mi habitación. Estábamos en el piso inferior, por lo que la gente que estaba arriba de nosotros hacía ruido. Recuerdo haber empezado a escribir ‘Rid Of Me’ sentada en mi cama, en mi habitación, húmeda, frente al calentador de gas”.

Missed
El siguiente tajo cosido subraya la coordenada a seguir: blues-punk de estercolero. La pulsión cubista de Captain Beefheart entrando en guerra con el arrojo magmático de The Gun Club. Harvey retuerce dicho encuentro en una aleación de austeridad hiriente. El trío convocado para la ocasión, y completado por Steve Vaughan al bajo y Rob Ellis a la batería, funciona a coces. Los riffs retorcidos de Harvey siempre encuentran la vía de salida en la ebullición del nihilismo punk; en su caso, arrebatos coléricos de energía a degüello como el aquí presente. Post-feminismo tachonado con gritos amartillados en la psique del incauto receptor.

Legs
La canción que le hubiera gustado escribir a Courtney Love. De los diez días transcurridos en el estudio de Steve Albini, el grueso de la grabación se llevó a cabo en apenas tres. Las canciones bullen dentro de un mismo caldero de crispación eléctrica. En “Legs”, Harvey estrangula sus cuerdas vocales desde el mismo estómago. Cualquier clase de interpretación sexual es canibalizada por la enajenación desprendida en cada gesto, fraseo o respiración convulsa aquí captada. Más que nunca, en carne viva. Strip tease emocional impúdico en el que el sentido del humor comienza a cobrar tintes insanamente grotescos.

Rub ‘Til It Bleeds
Tal como reconoce su autora, engarzar la cadencia eléctrica planificada para este corte le llevó un tiempo considerable. El conjunto de frenazos en seco con la guitarra reproduce las arterias de la tensión devorándose a sí misma. Los crescendos son continuamente cercenados en cada verso, hasta que, en un quiebro inesperado, consiguen ser volcados en un estribillo amputado bajo el sesgado frenesí melódico de una Harvey que se va haciendo más y más grande en cada nueva acometida. ¿Recuerdas la sensación de ver a Michael Gira en pleno éxtasis sobre las tablas?

Hook
La complejidad estructural de los riffs planteados es una constante derivada del estado de ansiedad dibujado en la garganta temblorosa de Harvey. Constantes retazos de feminismo airado culebrean entre cortes como el presente, aunque ella niega dicha interpretación de su impulso musical. El mismo que, en principio, nunca concibe desde un plano genérico, o al menos eso es lo que la británica aducía cuando era preguntada sobre dicha cuestión. De lo que no cabe duda es su fascinación por todo lo que resulta embarazoso y repulsivo: sensación latente en todo el disco y más que nunca en viñetas de adicción sexual a través de una intrigante versión cronenbergiana de “El fantasma de la ópera”.

Man-Size Sextet
El reprise, al revés. Harvey sumerge las cuerdas de su violín en un estado de paranoia total. El fotógrafo del pánico se convierte en el observado por la voyeur de la transformación. Harvey no habla de hombres o mujeres, sino de carne. Su visión reproduce una perspectiva ballardiana del sexo y sus manifestaciones, ya sea bajo interpretación hetero, homo o trans. Su mismo canto muta continuamente de identidad, como un receptáculo de voces intentando escapar y materializarse, ajenas a su propia indefinición.

Highway 61 Revisited
Tentada por la sugerencia de sus padres, al final les hizo caso y grabó “su” versión del clásico de Bob Dylan. Por supuesto, aquí no hay homenaje ni genuflexión que valga. El vampirismo es la única opción posible. Y ella lo invoca bajo un latido asfixiante. Golpes de batería tribal como una tribu africana obcecada en la resurrección del espíritu del rock and roll. Precisamente por esto, su desconsideración con la tradición es el aval más valioso de estos tres minutos de reverencia y peineta al canto.

50ft Queenie
Tal como llegó a decir Courtney Love en su momento: “La única estrella del rock que me hace saber que soy una mierda es Polly Harvey”. Bajo tan rotunda declaración se esconde la certeza de que grupos como Hole -a pesar de unos primeros discos altamente peligrosos- jamás pudieron quebrar la estereotipada condición de la mujer objeto en el mundo del rock con la fuerza de Harvey. Porque utilizar la sumisión femenina como postura para degradar las vergüenzas del machus erectus no deja de ser un arma tan elocuente como la utilizada en este sopapo punk en el que, para más sorna, el estribillo está alumbrado bajo una épica digna de un dios del rock, al que Harvey le pintarrajea la cara hasta desnudar sus miserias y debilidades.

Yuri-G
Tras chupar los dedos y acariciar los enchufes del baño, el calambrazo proporcionado por “50ft Queenie” es volcado en esta descarga incómoda, siempre buscando escapar de sí misma hacia la catarsis liberadora. Más que nunca, la tensión se sutura en una rehabilitación sin freno. Los pasos de la calma a la tempestad están proporcionados por una serie de chispazos de alta tensión. On-Off. Off-On. Como congelar los aullidos entre respiraciones ansiosas, para las cuales Albini tuvo que emplearse a fondo, a la hora de maquear cualquier clase de reflejo rockabilly en el master original. De hecho, sus frustrados intentos en dicha labor le llevaron a decidir la regrabación entera de “Yuri-G”.

Man-Size
Además de “50ft Queenie”, el otro single publicado fue “Man-Size”, una nueva carga dentada en plena era de nostalgia britpop. El vídeo filmado para la ocasión muestra a P.J. Harvey en plano fijo ante la cámara: el juguete delante del que se muestra como una niña nerviosa, sin filtros. Ese mismo gris claustrofóbico de la portada es la luz bajo la que podemos percibir con mayor claridad rastros de lozana inocencia, en las antípodas de la afilada sensación de peligro detonada, obsesivamente en busca del traumatismo redentor. Ahora lo entendemos todo, la verdadera voz de Harvey nace de su forma de hacer gritar a las seis cuerdas, sus palabras no son más que el rastro de la polvareda levantada por riffs electrocutados como en “Man-Size”.

Dry
Al fin, un respiro, al menos en el aura elegíaca con la que templa los jeroglíficos eléctricos de su guitarra. Escuchar “Dry” es entender de primera mano declaraciones suyas en las que reconocía que “junto con Howlin ‘Wolf, Tom Waits y Pixies, también había estado leyendo muchas historias cortas de Flannery O’Connor y ‘Franny y Zooey’ de J.D. Salinger. También podría haber estado leyendo ‘Así habló Zaratustra’ [de Friedrich Nietzsche]. Algo de lectura ligera (risas). Fue un momento maravilloso porque de repente recuperé mi vida. Ese fue el período en el que realmente estaba escribiendo el disco”.

Me-Jane
El momento en que Harvey despliega toda la ironía reconcentrada de su música es en esta reveladora muestra alambicada mediante un revelador estribillo zeppeliano, chispeado con inusitada virulencia punk. Un tarzán onomatopético, brabucón y ensordecedor tiene la culpa de que Jane no pueda escuchar ni sus propios pensamientos. Para esta ocasión, el abanico de interpretaciones se reduce a una tan básica como lo es el tarzán dibujado entre hechuras de traqueteo blues-punk por las que habrían matado The White Stripes.

Snake
La gran ginkana de la implosión-explosión prosigue su rastro mediante un desfiladero de aporreos de batería dignos del hombre capaz de grabar hasta el polvo levantado en los tambores que pueblan “Seamonsters” de The Wedding Present y “Surfer Rosa” de Pixies. Su estruendo quiebra la línea de percepción del oyente entre escucha grabada y escenificación en directo. Únicamente algo posible a partir de una grabación al fresco por parte de un tipo conocedor de todos los secretos que hacen de un sonido algo absolutamente tangible.

Ecstasy
Como si Nick Cave hubiera trocado a sus Bad Seeds por la versión blues de The Jesus Lizard, así es como llega a la orilla tan absorbente colección de disparos a quemarropa. Tras trece batallas a pecho descubierto, Harvey termina su paseo flotando, dando círculos sobre nuestras quijoteras. En éxtasis. Tanto como la impetuosa brisa eléctrica con la que nos redime de toda la tensión acumulada a lo largo de tan excitante como tormentosa excursión al lado oscuro del deseo.