Diez artistas para acabar con el patriarcado
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Diez artistas para acabar con el patriarcado

Víctor F. Clares — 18-04-2020
Fotógrafo — Archivo

Lo personal es político. Eso es lo que defiende uno de los grandes lemas del feminismo y es también así como se puede entender cualquier movimiento activista o de protesta: identificando en los problemas cotidianos, en lo íntimo y lo privado, los grandes males de nuestra sociedad. Las canciones también funcionan de la misma manera.

No os descubrimos nada si os decimos que la música es también una herramienta de lucha política. Desde Nina Simone a The Clash, desde Billie Holiday a Bad Religion despertaron conciencias con algunas de sus composiciones.

Os proponemos a diez bandas muy diferentes pero con algo en común: todas ellas invitan, a través de sus canciones, a repensar fundamentos, a transformar relaciones y estructuras y a cantar y bailar la reflexión. Sin eufemismos, sin reparos y sin miedo. Lo de siempre, no están todas las que son, pero sí son las que están.

 

Las Bajas Pasiones: electro-rap-queer para dinamitar la norma

Edu, Toni y Trusty –Las Bajas Pasiones– acaban de publicar su segundo disco, “Bichx Rarx”, con un título que es toda una declaración de intenciones: una celebración de la disidencia y escrito con lenguaje inclusivo. Arrancan el álbum con “Libre”, con una letra en contra de las relaciones de dependencia (“No me cortaré las venas si no me llamas”) y siguen con “Desaparecer”, con la que dan una bofetada al sistema: “No competiré, de esta sociedad no soy”. En “Ya no hay miedo” –junto a Zoo– hablan del auge de la ultraderecha (“A España le sobran los nazis, que siempre renacen, que saben doler”) y en “Miedo” de las agresiones machistas. Celebran ser marica, bollera –no gay– sin tapujos.

En su primer álbum, “Rizomas Salvajes” (18), ya hablaban de la masculinidad tóxica, del heteropatriarcado o del amor romántico, algunos de sus temas recurrentes. “Hacer canciones te obliga a revisarte y también a revisar tus palabras”, dicen. El hip hop es la base, pero juegan con la electrónica de baile, los sintetizadores y las guitarras eléctricas. Organizan la fiesta Furia Queer en la sala Sidecar. Todos unos referentes ya en Barcelona.

 

Venecia Fluor, folk progresivo para sudar el malestar

Adrià Gil y Alba Rihé (Las Bistecs) cambian el electrodisgusting por el folklore progresivo, un término que toman de la Italia de 1955, que se recuperaba de una ola de fascismo y que explican en “Manifesto”, el tema que abre su primer disco (“Venecia Fluor”, 19): “El folklore progresivo defiende la idea del nacimiento de una cultura popular orientada a expandir opiniones y no entrar en binarismos hegemónicos”, dice Alba.

Las letras de Venecia Fluor hablan de un presente con nuevos problemas a los que hacer frente. Le cantan a la tecnología como herramienta de comunidad y de aislamiento, o a los falsos autónomos, a sus IVA y a sus retenciones: “Nos interesa que el público, a través de ritmos y letras, active un pensamiento de malestar y lo transforme en bienestar a partir de sudarlo y compartirlo”. En el directo, armados con armonizer, sintetizadores y voice controller, van formando las canciones capa a capa, dejando espacio para la improvisación y para la catarsis colectiva a través del baile y de la reflexión.

 

Monterrosa, techno pop con mensaje

Enrique y Rocío son las voces de Monterrosa, un grupo con un disco en el mercado, “Latencia” (2019), con canciones que van camino de ser himnos de la causa LGTBI+. Canciones de claro contenido político, pero música esencialmente pop, para todos los públicos: “Le cantamos a un público general y somos explícitos, pedagógicos e incluso amables. Cuando pretendes que te escuche gente que no te conoce hay que ponerlo fácil”.

En “Fauna” le cantan al miedo que supone volver a casa cuando eres mujer, gay, transexual; en “Me manipulaste” le cantan a la utopía de una felicidad normativa; y en “Flores en el parking” reivindican a las personas disidentes sexuales que, con su lucha, allanaron el camino a las generaciones posteriores. Y más allá de las letras, Monterrosa entienden como nadie la diversión y el baile como herramienta política: “La comunidad LGTB sabe que en la pista de baile se conquistan muchas cosas: es ahí donde toma el poder y la conciencia de la comunidad.”

 

Clara Peya, deconstruyendo el amor romántico a golpe de piano

La pianista y compositora catalana Clara Peya es una de las artistas jóvenes más reconocidas de Catalunya (Premi Nacional de Cultura 2019) y es a la vez una de las más comprometidas. En su trabajo “Estómac” (18) se propuso el reto de deconstruir el amor romántico, del que se descubrió una víctima: “Nos hemos alimentado de sentimientos basados en la sensación de necesidad, en el sin ti no soy nada”.

En “Oceanes” (17), su disco anterior, homenajeó a las mujeres que: “lo que queremos en este mundo son más princesas caballero, que pisen fuerte al caminar y que beban cerveza para cenar”. Y en “Suite TOC núm 6.”, un espectáculo teatral de su compañía Les Impuxibles, habló abiertamente de su enfermedad mental, el TOC (trastorno obsesivo compulsivo). En definitiva, Clara Peya ahonda en la vulnerabilidad propia y ajena –”Aquest dolor que em crema els dits jo el faig cançó”, dice una de sus canciones– y el resultado lo comparte generosamente en forma de canciones: “Es con las historias en primera persona, con las vivencias, con las que se llega más lejos.”

 

Yogurinha Borova, travesti, petarda y contestataria

Edu Gaviña, el alter ego de Yogurinha Borova, nació en Bilbao. Como La Prohibida, ha logrado no solo que se reconozca su personaje, sino también su obra (aunque habría que hacerlo mucho más). “Yo el único referente que tenía de pequeño eran Pajares y Esteso, y hay que dar más referentes”, explica. La música de Yogurinha, a veces más cerca de la electrónica, otras del rock, es tan divertida como pedagógica. Tiene una canción titulada “Plumofobia”: “Es otra forma de machismo, existe un rechazo a la feminidad, a lo femenino, también dentro del mundo gay”.

En “Sentipenak Askatu” –también canta en euskera– se dirige al público infantil: “Quiere decir ‘libera tus sentimientos’ y habla de no esconder el cariño, seas niño o niña”. Ahora prepara una canción sobre el pinkwashing, un zasca a los partidos políticos que hacen leyes contra la comunidad LGTBI+ y que se plantan al mismo tiempo en las manifestaciones del orgullo sujetando una pancarta. “De la misma forma que hay que hacer poesía también creo que hay que decir las cosas claras”.

 

Jero Férec, guitarrista-flamenco-queer

Jero Férec, inglés de nacimiento, publicó en 2017 el disco “Color Prohibido” –fruto de su máster en la ESMUC– en el que el protagonista es el flamenco tradicional. “El flamenco es un arte que explora los sentimientos y la opresión de las personas”, dice. Hace dos años, en el Festival de Flamenco de Nou Barris, se subió por primera vez al escenario con maquillaje, sombra de ojos, piercings; y ahora tiene un espectáculo, “Flamenco Queer”, junto al bailaor Rubén Heras.

Mostrarte como eres es un acto de honestidad”, dice Jero, que del flamenco clásico rescata con Ana Brenes algunas piezas con letras machistas –a veces las respetan, otras las modifican– para visibilizar la opresión de la mujer. También homenajea en tablaos y en locales de ambiente queer a grandes nombres que rompieron lanzas por ser uno mismo sobre un escenario: Mayte Martín, La Tremendita, Bambino, Falete, o Álvaro Romero. “El flamenco es un arte que valora la autenticidad”, explica Jero.

 

Tribade, hip hop feminista y con conciencia de clase

Bittah, Sombra Alor y Masiva Lula –Tribade– publicaron en 2019 “Las Desheredadas”, su primer disco. En las canciones se presentan como mujeres feministas, bolleras, anticapitalistas y de clase trabajadora, entre otras cosas. “La mama sabe lo que es ser precaria, por eso le duele verme explotada”, dicen en “Mujeres”, uno de sus temas. Bittah –Alba– me cuenta por qué lo de honrar precisamente a las madres y a las abuelas: “Mi madre me decía que, antes de arreglar el mundo, arreglase mi cuarto. Hay que reivindicar a las referentes cotidianas”.

En el álbum visibilizan las relaciones lésbicas, las relaciones tóxicas, la sororidad, o los deseos de personas con sexualidades diversas. Incluso hacen autocrítica en “La Purga”: “Reconocemos nuestros privilegios y por eso le decimos a los hombres que no se molesten cuando les pedimos que también lo hagan. Todo el mundo puede cagarla y aprender”. Bittah defiende la música como forma de resistencia: “Ayuda a abrir conciencias y a que la gente tome partido y eso es bonito”.

 

Viruta FTM, música transfeminista y rebelde

Víctor es la persona que hay detrás de Viruta FTM. Es un cantautor transexual que hace “música transfeminista y rebelde”. FTM, de hecho, significa “female to male” y es su experiencia como artista trans la que explica en buena parte de sus canciones. Por ejemplo, en “Privilegios masculinos”, uno de sus temas: “He sido educado como una mujer y me interesa poner el foco en la masculinidad y en los privilegios como hombre, porque es algo que he vivido desde que tengo este aspecto. Ahora con el confinamiento se está viendo que la división de género sigue hecha: las mujeres siguen recogiendo y haciendo de comer.

Viruta FTM tiene un disco, “Pasión Mutante” (2015), con canciones para abrir la mollera, como “Peras y manzanas” o “Normal es un programa de mi lavadora”, que hacen pensar en una heteronormatividad que no encaja con todo el mundo. Tiene, además, un concierto-monólogo itinerante en el que comparte sus ideas sobre feminismo, clase, etcétera. Echa de menos que haya más artistas LGTBI+ en festivales: “En eventos como el orgullo gay actúan artistas heteros, grandes divas, en cambio no nos llaman a los artistas LGTBI+ para actuar en los festivales de público general; pero somos muchos y estamos haciendo cosas interesantes”.

 

Putochinomaricón, icono pop y activista antirracista

Chenta Tsai –Putochinomaricón– no es solo uno de los músicos jóvenes más solicitados de la escena independiente, sino que es también una voz de referencia de la lucha activista antirracista. Ha publicado dos discos: “Corazón de cerdo con ginseng al vapor” (18) y “Miseria Humana” (19). En sus letras echa mano del costumbrismo –“No tengo wifi”, “2 A.M”, “Doble tic azul”–, pero también de la crítica mordaz. En “Deporte Nacional” canta lo siguiente: “¿No te aburre esta forma de sentir necesidad de opinar y criticar? Deporte Nacional”. Y en “Tú no eres activista” también reparte a aquellos que comparten noticias en sus muros de Facebook sin ni siquiera haberlas leído.

Ha parido un par de himnos redondos, “Gente de Mierda” y “Ojalá (te murieras)”. Una parece la continuación de la otra y en ambas se despacha a gusto –o por lo menos se intuye– con la gente intolerante que ejerce diferentes tipos de violencia. También ha escrito un libro, “Arroz tres delicias (sexo, raza y género)”, en el que habla en primera persona de sus vivencias como persona racializada y disidente de género. Tiene una sección en el programa de radio “Carne Cruda”.

 

Tremenda Jauría, perreando en la trinchera

“¡Tú no eres mi papi!”, es lo que cantan Tremenda Jauría en una de sus canciones que dice, entre otras cosas: “Ni, mami, ni chati, ni linda, ni guapa, no me llamo nena, tus letras de mierda no nos representan”. Lo cantan con contundencia y a ritmo de reggaeton insurgente. Las madrileñas –es un grupo mixto y usan el femenino– hablan de perrear en la trinchera: “Estamos en la brecha pero la vida hay que sostenerla y hay que crear espacios de ocio para estar juntas además de ir a manis”, explica Julia.

Tremenda Jauría no solo proponen que repensemos sujetos políticos, masculinidades; en “Akelarre”, por ejemplo, hablan de mujeres fuertes que ocupan espacios y se presentan como “brujas que no arden”. También se llaman a si mismas “perras salvajes”. Julia explica el motivo: “Los colectivos políticos tienen sus nombres para empoderarse, para generar identidad. El lenguaje está en disputa y hay que conquistarlo”. Música urbana con reggaeton, cumbia y otras sonoridades tropicales y con voluntad de generar procesos políticos.

 

Algunos nombres más a la lista

Hay artistas que aunque no escriben canciones tan explícitamente políticas, también están dando visibilidad a diferentes colectivos y a sus circunstancias. Algora, por ejemplo, ha publicado recientemente su nuevo “Un extraño entre las rosas”, un disco muy aplaudido por la crítica, en el que habla de la complejidad de las relaciones gays; o Belenciana (antes bajista en Las Chillers) que en su primer EP incluye “Camino amarillo”, una canción sobre un primer amor –lésbico– no correspondido.

No os perdáis tampoco a otros grupos con discografías más pequeñas, pero no menores: La Dani y Stereotipo, uno gay y el otro hetero, que se marcan juntos unos perreos de escándalo en sus directos. O Clara Te Canta, quien tiene una canción –“No, gracias”– en la que pide a los machirulos que dejen de mandar fotos de sus miembros. La lista no acabaría: Ira, Machete en Boca, Las Ninyas del Corro, La Quiero Viva, W Caps, El Warmi, La Clika Pika, Kumbia Queers, Chocolate Remix… ¡Y qué siga!

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