“Me he dado cuenta de que soy un outsider hasta para los outsiders”
Entrevistas / Xisco Rojo

“Me he dado cuenta de que soy un outsider hasta para los outsiders”

JC Peña — 01-10-2021
Fotógrafo — Archivo

Transfigurations (Holy Hoof, 21) no es un álbum más para el singular compositor afincado en Madrid Xisco Rojo. Es una reinvención en toda regla que le lleva a explorar su lado más ambiental y cinemático, más allá de etiquetas reduccionistas del pasado.

Aunque mantiene su idilio con la guitarra acústica, Rojo prueba otras texturas e instrumentos en un disco sereno y “balsámico” que deja atrás una crisis que él mismo define como “total”. Desde su época como The Singer Not The Song, el compositor ha peleado en mil batallas de una escena precaria y a menudo ingrata en la que las expectativas pueden convertirse en una losa. A continuación, el resultado de una conversación iluminadora en una calurosa tarde madrileña. El disco, ya disponible en versión digital, va a tener su merecida edición en vinilo este verano.

Voy a empezar preguntándote por la crisis de la que hablas en el texto que acompaña el disco. No porque me interese meterme en terrenos escabrosos personales, sino por tu franqueza. ¿Es una crisis personal o artística?
Es total. Una crisis de trescientos sesenta grados, holística, total. No ocurre en medio del proceso del disco, sino que viene de antes. En la nota he intentado hablar de ello de forma honesta, pero sin entrar en el exhibicionismo sentimental. Resumiendo mucho, es una crisis casi existencial. De venir haciendo trabajos alimenticios que me estaban generando mucha insatisfacción, el mundo en que hemos estado viviendo en los últimos diez o doce años. Arrastraba la sensación de que nunca estaba poniendo los huevos donde los tenía que poner, que no apostaba por aquello que verdaderamente me hacía estar bien. Siempre estaba relegándolo a un segundo plano, y al final lo dejaba en el lugar indefinido del “hobby semi profesionalizado”. Y no me estoy refiriendo sólo a la faceta artística, sino a que desde 2013 he estado grabando, primero a mí mismo, luego a más gente. Tuve también una crisis de pareja muy gorda al principio del embarazo –que es un momento bastante chungo para tener una crisis de pareja– y eso fue la última gota. Ahí vi que eso estaba pasando también porque yo no estaba bien y, para estarlo, tenía que curarme un poco.

Lógico.
Viéndolo con la distancia, estaba en una depresión enorme de años, con apenas tratamiento y con unas terapias muy erráticas. Había que agarrar al toro por los cuernos, sobre todo tomar decisiones y enfrentar lo que me estaba pasando con una cuenta atrás: mi hija iba a nacer en noviembre, y esto me pasó en abril de 2019. Yo tenía que estar bien para ese momento, independientemente de lo demás. Ya venía pensando en cómo quería que fuera el siguiente disco, pero eso afectó a todo. El resultado es lo que ha surgido, sobre todo a partir de ese momento. De ahí viene el título, que tiene que ver con transfiguraciones varias que muchas veces he tenido que provocar en lo personal, y por lo tanto, también en lo artístico. Creo que no era un detalle sin importancia: me sentía raro sacando el disco sin decir mucho más. He jugado mucho al hermetismo y a lo críptico, y me apetecía dejar ver un poco más quién es la persona que está detrás de la música. Creo que es lo que conecta más con las cosas.

“Quería arrancarle la raíz anglosajona y que fuera más variado”

Pero al final “Transfigurations” expresa mucha serenidad, por encima de algunos momentos más turbios. O por lo menos me lo parece a mí. ¿Es algo premeditado?
Sí. A raíz de todo esto empecé a escuchar ambient como un loco, porque tenía que calmarme los nervios un poco. Encontré una especie de clave. Ángel Álvarez, el chico que lo ha masterizado, me dijo que había hecho un disco de ambient. Es un poco broma entre nosotros, pero sí que creo que tiene ese punto balsámico. Tiene un punto de auto-terapia que haya sido así, pero creo que lo universal, lo que conecta más con las personas, suele ser algo que a ti también te viene bien. Si hago algo que para mí está siendo un poco terapéutico, para otro es posible que también lo sea. Me gusta que se perciba ese tono porque es el resultado final del enfoque, y en ese enfoque hay bastante paz. Después de todas las turbulencias, es un poco como un aterrizaje. De vez en cuando el avión se mueve un poco, pero sabes que casi estás tocando tierra y llegando a un lugar un poco más tranquilo.

Dices también que lo enfocaste como un trabajo “circular” y que fue tomando forma, en gran medida, sobre la marcha. Hubo muchos descartes.
Sí. En el proceso de crisis pre-pandemia, más o menos hasta marzo de 2020, me trasladé al nuevo estudio y empecé a grabar bastante material. Surgieron idas que luego llegaron al disco. Pero claro, después de los tres meses de confinamiento y de toda la historia ésta, surgieron un montón de cosas más. En cuanto abrieron la puerta y se puedo salir otra vez, me puse a grabar como un loco. Al final me junté con un montón de material: de hecho, hay un disco casi terminado paralelo o mellizo que, a lo mejor, si me vengo arriba lo saco también antes de que acabe el año. No serían caras B o descartes. Entonces, claro, con tanto material grabado, tenía la necesidad de que tuviera un sentido, y como para mí estaba siendo un viaje, quería que tuviera ese punto de circularidad que tiene que ver no sólo con el discurso, sino con elementos armónicos. Hay una pequeña transición con las afinaciones, empieza en do modal y acaba en do modal. En realidad no lo organicé de esa manera cuando estuve poniendo en orden las canciones, pero me di cuenta de que la cara A y la B y el final y el principio se daban la mano. Pero la organización no se plantea desde ahí, sino desde un concepto narrativo. Una transición discursiva de principio a final.

Hay una espiritualidad de raíz casi budista, oriental, en las canciones. Sé que has girado por Asia y es algo que te viene interesando mucho, ¿no?
Tiene que ver con todos los procesos psicológicos que han venido de la mano del disco. También me he metido un poco más en temas de meditación. Esto va a sonar un poco new age [risas]. Meditación, consciencia plena… Todo tiene que ver mucho con la crisis. Para tomar decisiones, que era lo más urgente en mi proceso personal, necesitaba enfocar. Y para enfocar, tenía que estar tranquilo. Y para estar tranquilo, necesitaba bajar el ritmo y limpiarme un poco la percepción. Esas son las herramientas: la meditación viene de que necesitaba colocarme en un sitio distinto para poder actuar. En el sitio donde estaba, estaba completamente desarticulado. Luego tiene que ver también con una parte que me interesa de mística pagana, la tradición de Hermes Trismegisto, concepciones muy holísticas de la existencia: todo es un continuo, somos parte de un gran ente al que podemos llamar Dios o universo. La vibración de las cuerdas de un instrumento son frecuencias y nos contagian ese sentimiento por vibración, porque nosotros como materia también vibramos en alguna frecuencia. Viene de ahí, de intentar conectar con ese lugar y traducirlo a sonido de alguna manera. Si me haces esa pregunta, creo que ha quedado más o menos conseguido en el disco.

Entiendo que todos los instrumentos los tocas tú, y además lo has grabado. ¿Qué dificultades tiene ocuparse de la parte artística y también de la técnica?
Que todo es más lento. Al final, tardas más. Porque en la toma de decisiones técnicas, también las hay estéticas. La misma colocación de los micros, qué tipo de aire quieres que haya alrededor, qué tipo de sonoridad tiene el instrumento en el espacio…Encima yo, que trabajo mucho con instrumentos acústicos. Al tener que tomar estas decisiones tardas más, pero como no tenía plazos ni prisa, el proceso se ha visto enriquecido, porque me ha permitido explorarlo más a conciencia. Al ser mi propio estudio, me puedo sentar una tarde a probar con distintas configuraciones de micros hasta que consiga un sonido que me guste. Luego está la parte de la posproducción. Hay temas que tienen bastante procesamiento de sonido.

¿Pero tu instrumento fundamental sigue siendo la guitarra acústica? ¿Cómo has enfocado la instrumentación?
Vengo de cierta idea de la tradición primitivista norteamericana que no me interesaba tanto continuar. No quería que fuera un disco continuista, sino arrancar la raíz anglosajona y que fuera más variado de instrumentación. Como oyente, me gusta oír distintas tonalidades e instrumentos. Creía que estaba limitando las composiciones a un solo instrumento. Por eso hay una canción con guitarra eléctrica, drones, sintes, otros instrumentos de cuerda como en la canción de mi hija “Maia”, que es una especie como de Phil Spector folk, una romería pagana muy loca. También tiene que ver con que mi sensibilidad artística se veía mejor representada usando más elementos que si me hubiera limitado como en el disco anterior a la guitarra acústica. Viene de ahí, y probablemente es el instrumento al que más tiempo he dedicado, pero quería que se viera una paleta de otras cosas que me interesan y que, además, sé tocar.

Me parece que tiene una cualidad muy cinemática. Sé que en estos años desde al anterior has hecho bastantes cosas, un directo y algún single compartido, pero no sé si te has planteado hacer música para acompañar imágenes (de hecho, Rojo y Raisa pusieron música en directo a la película muda de Eisenstein “El acorazado Potemkin”).
Eso me lo planteo constantemente. De hecho, es una de las cosas que me gustaría hacer más. Como he estado un poco a la deriva en otro tipo de oficios y cosas, no tengo los contactos para entrar el mundillo audiovisual, que al final es un mundo de familias. Pero me gustaría mucho hacerlo, primero porque me gusta, y también porque tengo la capacidad. Me lo han dicho constantemente. Creo que sería una evolución natural, pero todavía no está pasando. Desde aquí animo a todos los realizadores nacionales o extranjeros: si les interesa, estoy disponible [risas

“Todo se está estandarizando, es la muerte de la diversidad”

Hay un corte que creo que tiene una historia curiosa: “Paseo de los Melancólicos”.
Siempre me han hecho gracia ese tipo de nombres de calles. En Granada está el Paseo de los Tristes. Dices: “No voy a pasear por allí” [risas]. Me hacía gracia contraponer el nombre a una canción, que, salvando “Maia”, es la más luminosa y optimista. Además, es pura improvisación, ocurrió mientras grababa otras cosas. Me gustaba crear una tensión simbólica, que siempre está bien. Es una calle que está al lado del estudio, una especie de coworking musical. Un día dando un paseo por allí vi el nombre y me quedé con él. En el contexto del disco, me hacía gracia enfrentar el título al optimismo musical del tema.

“Transfigurations” se publica en el sello Holy Hoof. ¿Tú participas en él?
El sello soy yo; al principio lo monté para sacar mis propios discos, luego hemos sacado otras cosas de gente como Carnisaur o Casasnovas, un chico de Zaragoza que hace una cosa experimental que está muy bien. Al principio fue una excusa. Me he dado cuenta de que soy un outsider hasta para los outsiders. Todos los sellos me daban unos plazos muy locos, y dije “mira, me hago uno”. Empecé a sacar mis cosas y ha crecido un poco más.

He vuelto a leer la última entrevista que diste a Mondo Sonoro y me ha vuelto a llamar la atención la triste anécdota de cuando te fuiste de un bolo en Guadalajara. Yo vi hacer lo mismo a Neil Halstead en un festival en La Riviera, pero no creo que sea consuelo. ¿Sigues teniendo problemas en directo?
No, porque ahora ya sólo toco en La Faena II [risas]. No me sigue pasando, pero sé que si me saliesen más cosas dentro de un circuito más mainstream –incluyo parte del indie–, la probabilidad sería alta. Pero, salvo otro par de ocasiones muy flagrantes, no ha llegado al extremo de tener que marcharme como aquella vez. Aquello era un festival en bares y a mí me pusieron en una plaza. Era de metal, no sé ni cómo llegué ahí. Me programaron en una plaza pequeñita en la que todas las voces rebotaban, a las ocho de la tarde, después de que todos los heavies hubieran estado bebiendo desde las doce de la mañana. Y yo, con la acústica. Era imposible. Hice como tema y medio y dije: “Se acabó, me voy”. Creo que la mitad de la gente ni se enteró. Me fui a pedir una cerveza y alguno me decía: “¿Pero no estabas tocando, qué haces en la barra?”. Pero no hagamos más sangre [risas].

No quiero sonar pesimista, pero pensaba el otro día que este desastre del coronavirus está siendo devastador para artistas que están en los márgenes. ¿Cómo lo ves?
Yo tengo la misma impresión. Al final, esto lo sufren más quienes menos colchón económico tienen. Las salas y los promotores más pequeños van a sufrir más, y va a quedar un panorama un poco desolado en el que sólo los Live Nation y demás van a poder programar y funcionar con normalidad. Eso quiere decir aforos grandes y un circuito más mainstream. Evidentemente, de la mano va que la selección musical que se haga para ese tipo de eventos y escenarios no va a ser muy underground: al revés, tienen que ser cosas que vendan muchas entradas.

Se arriesga menos.
Claro. Ya se arriesgaba poco, y ahora, mucho menos. Esto le va a pasar factura a promotores como Edu Giradiscos y gente así. Él me ha llamado muchas veces para telonear a artistas de fuera, y en ese circuito encuentro más receptividad por parte del público. Si nos salimos de ahí, salvo honrosas excepciones como un día que teloneé a Exquirla en una Joy Eslava llena con todo el mundo callado –cosa que no he visto nunca–, es muy difícil. El problema de todo esto, que ya era una tendencia y se ha consolidado, no sólo en la música sino en el panorama cultural y estético general, es que la normalización cada vez va a ser mayor. Es decir, todo se estandariza y las cosas van a ser cada vez más parecidas entre sí. Eso mata la diversidad, que es donde se fragua muchas veces lo interesante. La vanguardia va abriendo camino para que los que vienen detrás puedan recoger parte de esas semillas que se quedaban en lo marginal, y tengan más éxito con ciertos elementos de esa vanguardia. Si todo eso se corta o muere, la música se va a marchitar mucho.

Si la situación pre-pandemia para las salas alternativas era precaria, te puedes imaginar ahora: es el “más difícil todavía”.
Eso es. En esa línea, me acuerdo ahora de Pablo Und Destruktion, que siempre ha sido muy activista y está ahora abogando por hacer conciertos en establos y bares de pueblo. Suena a boutade, pero tiene parte de razón: si todo se va al carajo, nos queda volver a hacer un concierto en la puerta del bar del pueblo y que a partir de ahí se genere otra cosa. Pero claro, estaríamos en lo mismo: es algo súper precario, te da una visibilidad muy pequeña y generaría un poco de endogamia, un circuito paralelo que se quedaría ahí. Una especie de burbuja que no trasciende.

Es verdad que quizá antes había más vasos comunicantes entre el underground y el mainstream, o al menos es mi percepción.
Había más transferencias, ahora todo está atomizado. Pero no me suena a algo exclusivo de la industria musical. La sociedad, en general, va por ahí. Producto de las redes sociales que atomizan más que unen. Todo está cada vez más subdividido, mientras el sistema se frota las manos. “Divide y vencerás”. No hay nada mejor a que la gente esté desunida, eso le viene fenomenal. Al final, se acabará incluso con la posibilidad de respuesta.

Tu evolución artística ha sido bastante particular: por ejemplo, ya no cantas, lo cual no es nada frecuente. ¿Cómo percibes esa evolución?
La voz hace tiempo que desapareció…Tengo la sensación de que es mi primer disco. Es el primero en el que hago un discurso con el que me siento identificado casi al cien por cien, lo noto propio y personal. Es algo mío, en contacto con mi esencia. Todo lo anterior han sido búsquedas, al fin y al cabo. Si hablamos dentro de cinco años igual te digo algo parecido, porque la búsqueda es una constante. Hay hitos y este disco creo que lo es en cuanto a la búsqueda de un discurso personal y de comunicar cosas que me parecen importantes. Todo lo anterior ha sido ir buscando. Cuando eres más joven buscas emular cosas que te gustan, o lo que funciona mejor de lo que te gusta. Me he ido decapando, he tirado por la borda ciertas expectativas. A veces me preocupaba la idea de si iba a gustar a unos colectivos u otros. Estar intentando encajar permanentemente, y que ese mundo, que es cada vez más normativo, como decíamos, te vaya expulsando. Me di cuenta de que si seguía intentando eso iba a ser permanentemente infeliz. Tenía que hacer lo que me diera la gana, pero no rebotado, sino lo que yo creo que tengo que hacer, y sacarlo al mundo. Curiosamente, creo que está funcionando mejor que todo lo que había hecho antes, a la escala a la que lo puede hacer. De hecho, he mandado los dos últimos discos a medios ingleses y norteamericanos, que tienen más tradición con este tipo de música primitivista o psicodélica. Como en el anterior estaba tratando de emular el modelo anglosajón, igual les generaba algo de rechazo, como a nosotros puede hacerlo un japonés haciendo flamenco. Ahora sigue habiendo elementos de esas cosas, pero como es más personal, esos mismos medios han conectado mejor con el álbum. Al final, la decisión de tirar por mi calle era acertada. Como decía Dalí: el “ultra localismo” es lo universal.

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