Con una determinación tan obsesiva que raya en la locura – no es de extrañar que el nombre de Brian Wilson brote de sus labios sin que el periodista siquiera lo mencione – , Jason Pierce ha dedicado gran parte del lustro transcurrido desde el que fuera su último álbum a dar forma a “And Nothing Hurt” (Bella Union/PIAS, 2018), un trabajo de grabación tortuosa y algo solipsista, que se perfila como el último que despachará como Spiritualized (si hay que creer lo que dice) y sintetiza con serena maestría algunas de las claves de una fascinante carrera de más de 25 años.

De hecho, la sombra del irrepetible “Ladies and Gentlemen We Are Floating In Space” (Dedicated, 1997), que recuperó en directo mientras trabajaba en sus últimas canciones, planea sobre él. Aunque no sea este un disco anclado en el pasado, ni mucho menos: si por algo destaca es por la forma en que asume el paso del tiempo y refleja el estado de ánimo de un músico que ha sobrepasado los cincuenta años como superviviente de un lenguaje, el rock, que parece abocado a la extinción. O como mínimo, al culto atávico.

Mr. Spaceman nos lo explica al teléfono. Y si algo nos queda claro tras nuestros veinte minutos de charla es que si el noventa por ciento de los músicos de este planeta fueran igual de exigentes con su propia obra, viviríamos casi sepultados bajo un aluvión de obras maestras.

“Si voy a hacer un disco, tengo que sentir que no es peor que lo que he hecho antes”.

Dejando de lado los problemas de salud por los que has pasado, el tiempo transcurrido entre cada uno de tus discos es cada vez mayor. Seis años han mediado hasta “Sweet Heart, Sweet Light” (2012), y cuatro pasaron entre este último y “Songs in A&E” (2008). ¿Te resulta cada vez más difícil entregar un nuevo álbum?
Me resulta durísimo. Es una locura. Me vuelvo completamente loco. Es como que pierdo toda la confianza en mi mismo y parte de mi tiene la sensación de que el jugar al estereotipo del rock and roll es lo más fácil hoy en día, con toda esa arrogancia y esa superioridad de la que se apropia la juventud, y no quiero caer en ello. Ahora que soy mayor, miro a mi alrededor y ya no me sirve todo eso, siento que si voy a poner un disco en circulación necesito que esté a tono con mi edad. Ese proceso me vuelve loco, porque no paro de decirme a mi mismo que no voy a volverlo a hacer, que no voy a editar un nuevo disco.

¿Significa eso que de alguna manera sientes más responsabilidad con la edad, en lugar de estar un poco de vuelta de todo?
En cierta manera, sí. No quiero caer en esto del rock patrimonial o hereditario (N. del R.: lo califica como heritage rock), esa clase de músicos que acumulan una carrera ya en el tiempo que no les conmina a tratar de hacer algo más con ella. Esa cosa tan británica de hacer un gran álbum y durante años no verte obligado a hacer un trabajo que esté a la altura o que lo supere porque gracias a él aún mantienes tu cuota de presencia en la prensa y en los medios. No les estoy acusando, pero no es lo que yo quiero hacer. Tampoco puedo hablar por el resto de la gente, ni quiero juzgarles, pero la verdad es que no me puedo poner en ese lugar. Si voy a hacer un disco, tengo que sentir que no es peor que lo que he hecho antes. La idea es sentirme completamente realizado. Y por otro lado, en las épocas en las que suelo tocar mucho en directo, al igual que viendo a otros artistas a los que admiro sobre un escenario, me resulta muy inspirador e incluso rejuvenecedor el ver cómo las canciones van creciendo y ver también lo que algunos de ellos logran en directo. Todo eso también supone una influencia para mi música.

¿En qué medida tus directos, especialmente los del aniversario de “Ladies and Gentlemen We Are Floating In Space” (1997), influyen luego en tu forma de encarar el trabajo? ¿Replicar esa grandiosidad luego en el estudio a la hora de afrontar un nuevo disco no supone un desafío añadido?
Di todos aquellos conciertos juntos, hace algo más de un año, porque necesitaba recordar cómo era cantar aquellas canciones sobre un escenario, con un coro de góspel. Y luego me metí en el estudio a trabajar en el nuevo disco. Pero así como hacer discos cada vez me cuesta más, tocar en directo me resulta mucho más fácil. Ver tocar a los músicos en directo hace que esas canciones se eleven muy alto. Hace que todo tenga sentido.

Da la sensación de que el álbum sintetiza prácticamente todas las señas de identidad en la carrera de Spiritualized: las lánguidas letanías, los brotes de electricidad, la espiritualidad que sintoniza con el góspel… todos conviviendo en armonía. ¿Era algo intencionado porque lo enfocabas como si fuera a ser tu último álbum?
Un poco. Pero al principio la intención era que tuviera un feeling parecido al de “Ladies and Gentlemen We Are Floating In Space” (1997). Cuando empecé a trabajar en él era también más expansivo, con toques de free jazz, más extraño en cuando a su sonido. Pero cuando traté de mezclarlo me di cuenta de que no cobraba demasiado sentido. Quedaba como un compendio de ideas un poco antiguas que trataban de sonar frescas. Llegué también a esa fase extraña que me recordaba lo que le pasó a Brian Wilson: ¿recuerdas los descartes de las sesiones de “Smile” (2004)? Yo las encuentro más conmovedoras y más convincentes que las que aparecieron finalmente en el álbum. Incluso aunque luego consiguiera formar una banda para darles forma y plasmar los arreglos y todo lo que tenía en mente para aquella obra maestra. Pues yo me siento un poco frustrado de que haya partes de mi disco que no puedan ser escuchadas de esa manera, tal y como fueron concebidas en un principio. He intentado que todo eso se preserve en el disco, que la gente pudiera captar la forma en la que el bajo, la batería o los timbales mezclan, por ejemplo. Pero acabó sonando demasiado conceptual, y no en el buen sentido de la palabra. Pero son las nueve canciones que hay. Cometo los mismos errores una y otra vez. ¿Cuántos discos has hecho?, me preguntan a veces. Y en ese momento pienso que no debería seguir repitiendo los mismos fallos. Es extraño, porque en los últimos tiempos he estado produciendo a otras bandas y encuentro mucho más fácil satisfacer a otros músicos que a mi mismo. No tengo problemas con ellos, todo marcha fluido. Pero cuando me toca aplicarme a mi mismo todos mis conocimientos, me encuentro recorriendo las mismas avenidas hacia abajo, que no llevan a ninguna parte. Es como volver a aprender desde cero con cada nuevo disco.

¿Es este el disco en el que has invertido más tiempo?
Sí, pero no todo fue bien empleado. Sentí como si gran parte de mis recursos los hubiera invertido en hacer que suene de forma satisfactoria, mas que de forma extraordinaria. Y me gusta el resultado, me gusta en lo que se ha convertido, pero tenía esta idea en la cabeza de hacer un gran disco de estudio, como si estuviera en los Castle Studios o en los Columbia Studios. Se me agotó el presupuesto, y como habitualmente recurro a alguien para que me ayude a terminar la grabación pero me doy cuenta de que al final, tras todo el dinero invertido, acaba por no servir de nada, pues me propuse hacer esa clase de grabación a lo grande, pero con menos dinero. Y eso me llevó un tiempo enorme, que podía haber empleado en experimentar con otras ideas, en lugar de estar tratando de que sonara como debía. Lo más fácil para cualquiera hubiera sido simplemente meterse en un estudio con una banda, grabar y no complicarse más la vida.

“Ladies & Gentlemen, We Are Floating in Space” (1997) tenía una portada que era el envoltorio de un medicamento. “Songs in A&E” (2008) hace referencia a la unidad de cuidados intensivos en la que estuviste ingresado tras una neumonía que a punto estuvo de acabar con tu vida. En este disco tampoco falta una canción que se titula “Damaged” (“Herido”). Al final, uno tiene la sensación de que la música de Spiritualized, por una razón o por otra, apela siempre a las propiedades curativas de la música. ¿Para ti ha sido una tabla de salvación?
Sí, siempre. Pero más que eso: creo que la música que la gente escucha pasa a formar parte de quienes son. Cuando te enamoras tienes un montón de música a tu alcance que sintoniza con ese sentimiento. Cuando estás triste también sacas el máximo partido a los discos que expresan esa tristeza. La música puede hacer que la gente y sus personalidades viajen mucho más lejos de lo que creen.

Hablando de canciones del álbum: ¿Crees que “I’m Your Man” es lo más cerca que has estado nunca de un clásico del soul?
Probablemente. No intenta sonar a nada. La veo más como una melodía góspel… lo bueno del soul norteamericano, de todos modos, es que cuando crees que lo conoces todo, siempre hay algo que te sorprende. Como con el góspel. Su enorme riqueza sigue y sigue, se expande por siempre. Es inabarcable. Todavía descubro viejas canciones de soul que nunca había escuchado, y te sorprendes de lo mucho que se puede aprender escarbando en sus raíces. Y lo extraordinario que es lo fácilmente disponible que está ahora, al alcance de todo el mundo. Se lo he comentado a alguien antes: la primera vez que oí hablar de los Silver Apples, fue a través de una banda australiana que hacía una versión de una de sus canciones, y me llevó casi cuatro años dar con el disco en el que estaba la original. Ahora simplemente tienes que escribir un nombre en un botón de búsqueda y lo encuentras todo. Puedes entrar en una plataforma de streaming y acceder a un montón de música con la que no podías ni soñar cuando eras un crío. Y creo que eso es bueno, porque te permite fijarte en mucha más música de lo que lo hacías antes.

En “Let’s Dance”, en la que cantas de forma un poco arrastrada, y que no tiene obviamente nada que ver con el tema de David Bowie ni seguramente con ninguna otra canción de baile en la que uno pueda pensar, haces una referencia a Big Star y un guiño a su “September gurls” (“September girl” en la canción) para hablar del paso del tiempo. ¿Es la música de Big Star la banda sonora de ese viejo rockero del que habla la canción?
Puede ser. En realidad es una canción sobre la nostalgia. Me apetecía usar esa canción porque septiembre es uno de los últimos meses del año, como noviembre, y refuerza ese componente otoñal. Tiene que ver con el paso del tiempo. Era una buena forma de introducir esa referencia a la chica de septiembre en la letra. Las canciones de Alex Chilton no dejan de apelar a ese concepto del rock and roll, y encajaba en la canción. Me gusta la forma en la que los títulos de las canciones de aquella época resuenan en el presente, sin que ello implique unas referencias demasiado profundas. Lo he hecho siempre. Ya hice lo mismo con “Come Together”, que fue un título los Beatles, o ahora con “I’m Your Man”, que fue una canción de Leonard Cohen. Este disco está repleto de nostalgia, pero más en el sentido de asumir el paso del tiempo, la supuesta sabiduría que te reporta la edad y todas esas cosas.

Hay otra canción que parece tratar sobre eso, dando una visión ácida sobre lo que llamas el “mundo moderno”, que es “The Morning After”. ¿Hay alguna melancolía acerca de un mundo que ya no existe, no al menos como lo conocíamos?
Sí, pero eso se transmite a todo el álbum. Tampoco quiero trasladar la sensación de que los cambios no sean buenos. Yo vivo en el centro de Londres y siempre está cambiando, nunca es estático. Todo el mundo se queja cuando cambian las cosas en su vecindario o en su pequeño mundo, pero esa es la esencia de todo esto. El mundo va sobre eso. Sobre cambiar, evolucionar. El disco tiene que ver con esa idea, pero también con aceptarlo.

¿Será este el último álbum de Spiritualized, tal y como has avanzado?
No lo sé. Fui muy sincero cuando dije que sería el último, porque me pareció muy complicado hacerlo. Pero no sé lo que vendrá en un futuro. Siempre siento que he de contar con alguien que me ayude a darles forma a mis discos. Y ahora mismo no tengo la sensación de conocer a esa gente. La única forma de plasmar el sonido que tengo en mente es por mi cuenta. Por eso paso tanto tiempo trabajando en algo que, en el fondo, debería ser más sencillo.