“Para hacer lo que se ama, hay que amar lo que se hace”
Entrevistas / Raúl Rodríguez

“Para hacer lo que se ama, hay que amar lo que se hace”

Toni Castarnado — 09-06-2018
Fotógrafo — Santi Guerrero

Hace unos meses, “La raíz eléctrica” (BOA, 17) de Raúl Rodríguez fue elegido Mejor Disco de World Music Nacional por nuestra publicación. Aunque sea con algo de retraso, hemos decidido entrevistar a su autor porque bien merece toda la atención que podamos dispensarle.

“La raíz eléctrica” es una obra que tuvo su origen en un viaje de Haití con Jackson Browne, con lo que nació la inquietud por explorar los sonidos y las peculiaridades de esa cultura. Con el flamenco como universo paralelo, el hijo de Martirio transportó el tres cubano a ese estilo, ha flirteado con el jazz junto a Chano Dominguez y Jerry González, y ha puesto su arte a disposición de su madre o de Kiko Veneno. Además, estudió Geografía e Historia y Antropología Cultural, con lo cual su curiosidad y conocimientos siempre han mirado hacia otros horizontes.

Yo tengo una relación muy amorosa con la música porque me he criado con ella, estaba en un entorno en el que era uno más de la familia, como una gran abuela para todos“.

Hola Raúl. ¿Cómo estás? Imagino que creando. No paras de crear, ¿no? Siempre andas con cosas nuevas…
Bien, gracias. Aquí en casa trabajando, es lo que tiene tenerlo todo tan a mano, estás trabajando y estás viviendo, y al final, ninguna de las dos cosas las puedes hacer al completo. Ahora mismo estoy produciendo el disco de mi padre, imagínate tú.

Ah, ¿sí?
Sí señor, un artista novel con sesenta y cinco años de edad, aunque lleva componiendo sus canciones desde 1968. Ha sido médico de profesión toda la vida, aunque ha seguido como aficionado. Ahora que está jubilado y tiene plena disposición ha podido preparar bien las canciones. Así que estoy enrollándome con él y lo grabamos todo en casa. Lo estoy haciendo como en Razón de Son, que lo hacía todo yo, las baterías, las guitarras…

¿Te encargas de todos los instrumentos?
Verás… Al nivel que puedo. Digamos que he dejado que me domine la música más que dominar yo los instrumentos. A este nivel lo toco y me gusta poner las canciones en pie. Si son mías, pues bien; si son de mi madre, pues también. En este caso ha tocado las de mi padre… en el fondo, como puedes ver, soy purista (risas). Hago lo que he visto hacer siempre en casa, así que tampoco soy tan renovador.

Hablando un poco sobre “La raíz eléctrica” . Pude verte hace unas semanas en el concierto que hiciste en la sala Apolo de Barcelona, y tenía la duda sobre si podrías recrear lo mismo del disco en el directo. Hay mucho trabajo de producción, muchos detalles ahí…. ¿Era un reto para ti?
A mí en realidad me gusta trabajar sobre ideas muy sencillas. Y estas se van asociando, luego vamos a organismos más complejos. Trabajo en ideas muy concretas, son patrones de tres, para trasladar las cosas del tres cubano al flamenco, o para hacer lo mismo que los palmeros y bailaores en el flamenco y transportarlo hacía un tumbao. Nuestro trabajo se basa en ideas que sean muy poderosas, y normalmente si puedo las construyo a solas, con un instrumento nada más. Y luego que puedan ser defendibles con un personaje, con dos, tres o cinco. Procuro que estén muy cargadas de contenido y sobre todo que contengan mucho ritmo. Y que se puedan multiplicar en el caso que tengas que trabajar con una orquesta de cuarenta músicos. No pretendo que la idea sea esclava del formato, sino al contrario. Y si los arreglos están trabajados desde ese concepto yo creo que te permite recrear la energía que quieres transmitir en el disco e ir transplantando las cosas poco a poco.

Tengo la sensación que eres un músico que se encuentra muy cómodo en el estudio. El hecho de que tengas uno en casa para desarrollar tus ideas en cualquier momento, ese punto inquieto que atesoras… ¿Tienes la sensación de que nunca dejas de trabajar?¿Eres un músico más de estudio?
Me gusta pensar en aquello que decía el maestro Enrique Morente: “yo lo que soy es un buen aficionado y ya me estoy quedando largo”. Va en el sentido de que todavía hay gente a la que le gusta la música más que a ti. Yo tengo una relación muy amorosa con la música porque me he criado con ella, estaba en un entorno en el que era uno más de la familia, como una gran abuela para todos, una tierra común, una mesa en la que comer. Yo vivo a gusto dentro de la música, por motivos de trabajo me tengo que mover e ir a hoteles, tengo que cambiar de casa, tengo que cambiar de lugares, pero vivo siempre dentro de la misma canción, del mismo soniquete, buscando siempre ese ritmo. Quisiera estar viviendo permanente en ese lugar imaginario que es la música. Me gusta todo, tanto el estudio como el directo. Me encantan ambos mundos. Pero eso sí, creo que lo único que hago medio bien es producir. Conseguir poner ideas que todavía son mínimas y que están sin entidad, ya sea a través de un poema o una melodía. Son entes muy minusválidos que si no les ayudas no van a salir adelante. Y me gusta transformarlo todo en un mensaje bailable y que la gente se pueda divertir. Me gusta la mecánica de cómo grabar en un estudio.

Al final son campos diferentes pero complementarios.
Además, yo lo complemento con otra disciplina, teoría antropológica e investigación histórica, toda esa parte más documental. Al final, en la música, soy una especie de prófugo porque no tengo formación académica como músico. Todo lo que tengo es formación oral, lo que he aprendido en casa. Es esa otra vertiente de la que sí tengo título, y la mezclo un poco con lo otro.

Seguro que esa formación que tienes también te ayuda a crear. Eso te lleva a no dejar de investigar, algo que se nota en un disco como “La raíz eléctrica”.
Es que la música popular es una red muy amplia, todo está inevitablemente conectado. Y muy ligado a las rutas de inmigración, algunas forzosas, ya sea por esclavitud o los viajes de placer que han hecho los románticos. Las definiciones más cerradas son casi del siglo XX. ¿Qué es rock? ¿Qué es folk? ¿O qué es flamenco? De ahí para atrás es donde verdaderamente está lo interesante. Para saber cuál es nuestra música, hay que investigar qué ha pasado hace doscientos o trescientos años. Hay que tener documentación sobre esa música popular de las calles, de las tabernas, de las casas. No hay cultura sobre aquello, no había móviles que lo grabaran, no hay vídeos de aquella música. Nadie sabe realmente hasta qué grado aquellas músicas se tocaban en nuestras ciudades pobladas con muchísima gente de muchísimos lugares diferentes, como Sevilla, Cádiz, La Habana, Buenos Aires o muchos puertos africanos. Ciudades como ahora Nueva York, pero que eran las primeras con un aire cosmopolita. Entonces, ¿qué música se podía estar tocando en esas calles? ¿Hasta qué punto eso podía estar alejado de cualquier concepto de pureza que nos quisiéramos imponer. Realmente era una música muy marcada por el placer, por el baile, por la seducción del momento, por muchas artes muy inmediatas. Pensar que la música de raíz está cerrada, tiene un punto equivoco. A mí la parte antropológica me abre la cabeza. Como cuando en Sevilla había más de un diez por ciento de negros, y gitanos, italianos, gente americana, personas de aquí y de allá. De ahí después nació lo que hoy conocemos como flamenco. Y me gusta que lo que yo hago contenga esa información.

“Si te das cuenta los planetas son piedras bailaoras que lo que quieren es compás para dar la vueltecita justa en el momento adecuado para no chocarse con el vecino. No deja de ser una danza”.

Por ejemplo, te sientes cómodo con el jazz, ¿no? Por su procedencia, porque viene de una época muy definida pero que no se ha quedado ahí, ha ido evolucionando. Cuando empiezas con el jazz, también como oyente, quieres aprender, los subgéneros y su evolución… Aquello no tiene fin. O lo que ocurre ahora con el hip hop, que de alguna manera también viene de ahí. No dejan de ser sonidos callejeros…
Es tan sencillo como que hace una lectura de la música popular y elabora sus propias danzas. Y empieza como un baile, de hecho el jazz empieza así. Muy provocador y lascivo, y que además estaban prohibidos a nivel moral, intentaban que no lo bailara la gente blanca de bien y de moral recatada. Así se convirtió en un terreno de libertad musical. Lo mismo pasó con el tango, con el fandango en el siglo XVII, con las zarabandas en el XIV y el XV. Eso ha dejado un poso. De esa forma se produce un fenómeno inesperado, una especie de venganza no calculada, y dulce en el fondo. Nos dejaron los ritmos de una gente, en su mayoría esclavos, que no tenían la intención de venir. Terminaron generando músicas que justamente hoy son las que nos liberan. Mi idea es que el flamenco también participa de ese circuito, comparten códigos de comportamiento. Y con el hip-hop sucede algo parecido. Siguiendo la linea del afro-beat, del blues, del jazz, no es una cosa que no tenga su razón de ser, es consecuente…

Entonces, ¿tú crees que la gente del flamenco es consciente de ese punto de partida?
No nos ha informado de esto, la historia oficial no lo cuenta. Esa cuenta otro relato más oriental, más místico.

¿Crees que, de alguna manera, interesa que la historia se cuente así?
Bueno, todos los relatos históricos, de cualquier comunidad, de cualquier grupo y de cualquier religión están condicionados por las condiciones de vida del contexto en el que son creados. Ningún relato identitario es inocente. Tampoco es que sea culpable, pero todo tiene sus consecuencias. Evidentemente, si haciéndose la música que se hacía, los flamencos tienen más trabajo que haciendo una música nueva, se refuerzan todos los códigos. Viven en esa permanente tensión entre la conservación y la transformación. Pasa en otros muchos ámbitos de la vida con el que nos encontramos la gente de nuestra generación. Hay códigos antiguos que están a punto de irse porque están desapareciendo los últimos abuelos, porque son los únicos que se acuerdan de las cosas dichas boca a boca. Y claro, hay todos esos cantes que no están grabados. Se está muriendo eso y, por otro lado, tenemos la obligación de conservar todo lo que sea valioso. Al mismo tiempo también tenemos la responsabilidad de seguir creando algo nuevo, que las siguientes generaciones tengan una muestra que demuestre que hemos hecho cosas, porque así es como se alimentan verdaderamente las tradiciones.

Por ejemplo las saetas. Mi abuela materna las cantaba, pero nadie de nuestra familia ha seguido esa tradición. En nuestro contexto particular desaparece.
Se tiene que mantener el rito al que está asociado. Te voy a poner un ejemplo. El manisero, que es un pregón. Estaba el rito de la venta del maní por la calle, y era un cante que estaba hecho para vender una mercancía. Una vez desaparece el rito también se va ese cante. Hay canciones más autónomas que no necesitan de esa tradición para reproducirse y ver avanzar ese tejido.

Todo tiene una procedencia. Precisamente, hace poco leía un libro de entrevistas a Jorge Luís Borges, y explicaba la historia del tango, cómo surgió. Y había aspectos que desconocía que me parecieron muy interesantes, incluso sorprendentes. En este caso, salía de la calle y con un origen muy modesto. Socialmente fue un estilo que costó que la gente aceptara. Y mira, el tango es la música que más se asocia a Argentina.
Está asociado, como todo, a danzas afroamericanas. Son progresivas estilizaciones cada vez más recatadas y los ritmos son más lentos. En consecuencia, tienen un origen común.

Es que al final, todo tiene sentido a partir del ritmo. Repasando tu biografía, no sabía que empezaste como batería.
Sí señor. Sigo tocando los tambores, lo que a mí me gobierna es la querencia rítmica. Y en este disco tiene mucha importancia eso. Es el compás el que nos pone de acuerdo.

De alguna manera es el actor principal.
Exactamente, que el ritmo sea la única ley que verdaderamente respetemos todos. Entiendo que también pasa a nivel planetario. Si te das cuenta los planetas son piedras bailaoras que lo que quieren es compás para dar la vueltecita justa en el momento adecuado para no chocarse con el vecino. No deja de ser una danza. Otra más. En la vida misma, le deberíamos dar más al compás y no tanto a la hora. Averiguar en qué momento tienen que suceder las cosas, cuanto tienen que durar los silencios, en qué momento las cosas son pertinentes… al menos que tengamos compás, incluso cada uno puede tocar su propia melodía, ser como cada uno es y hablar su propia lengua, y cantar su propia canción y decir lo que piensa. Y que cada cosa, suceda con arte.

Quería saber qué ha supuesto para ti este disco. Aunque has grabado para mucha gente, al final esta obra es como tener un patrimonio propio. Además, ha tenido repercusión, te posiciona a otro nivel.
Me da mucha alegría porque ahora es muy difícil hacer cosas nuevas y que tenga respuesta. Al menos que uno sienta que la gente a la que le gusta la música está pendiente y atiende, y te anima a seguir. Es correspondiente también al esfuerzo realizado. Hoy en día es muy costoso hacer un disco, no hay facilidades para nada. Es una cosa que casi se acerca a lo heróico. Se hace muy a mano, y te da mucha confianza. Voy a intentar hacer las cosas siempre lo mejor que puedo, con la sensación de que lo que estoy haciendo es mejor que lo que hice.

Trato de hacer esa mixtura entre la antropología y la música, y hacerlo desde un punto de vista creativo“.

Más aún con un proyecto tan ambicioso. Recuerdo que cuando escuché tu disco por primera vez y vi la cantidad de información que había en el libreto, tuve la sensación de que no había medias tintas. Para disfrutarlo bien había que meterse a fondo. Hay mucha profundidad, realmente es una obra que pone a prueba al receptor.
La pervivencia está ligada al motivo que la mantiene. Tenemos que encontrar la manera de hacer algo que sea necesario para los demás. Yo trato de hacer esa mixtura entre la antropología y la música, y hacerlo desde un punto de vista creativo. Busqué esa disciplina intermedia. También me gusta citar las fuentes, y así lo hemos hecho. Conectar puntos y explicarse, y si se hace bien, yo creo que es hermoso. Que al final cada uno pueda hacer su propio viaje. Imagina, yo empecé a cantar a los cuarenta años. Tenía una banda rockera, hacíamos versiones de Hendrix y los Stones en los noventas en Huelva, y cantaba y tocaba la guitarra de adolescente, pero después ya no. Y me callé durante veinte años. A los cuarenta empecé a componer canciones, y me pareció que podía encontrar algo que decir. Y esto contento de poder explicar cosas de esa manera.

Y sobre todo, hacer las cosas con alegría. Te leí ese titular en una entrevista, y me encantó el espíritu que contagiabas. La alegría es revolucionaria.
La vida es un regalo. Y más para nosotros, para los béticos.

¿Eres bético?
Claro hombre, manque pierda. Me gusta darle la vuelta a la historia y ver el placer de la derrota.

Pasa como con el Atlético de Madrid, son historias paralelas. Por ejemplo, se llena más el campo estando en segunda que en primera.
Es la sociabilidad del grupo perdedor de cada ciudad, del que no ha sido dominante en la mayor parte del siglo XX. A mí, al final, lo que me gusta es la forma de tomarse las cosas. Es sólo un juego, una cosa divertida y de arte. Te acostumbras a la alegría, algo que tiene mucho que ver con lo andaluz, pasa con el flamenco, la que hay en el primer rock’n’roll andaluz.

Hablando de rock andaluz, he visto que colaboraste con Manuel Molina. Me fascina lo que hizo con Smash, con Lole y Manuel…
Manuel era maravilloso. Yo participé en el que, a la postre, fue su único disco en solitario, “La calle del beso”, un disco muy bonito. Tuvo mala suerte porque en la compañía no lo entendieron y se quedó un poco al margen.

Pues ese no lo he escuchado, ya tengo una tarea.
Te va a encantar. Hay muchos puentes suyos que son fascinantes, más que la propia canción. Tengo un recuerdo muy especial de cómo se comportaba en el estudio de grabación. Era muy mágico. Ahora estamos muy solos. La gente de mi generación hemos tenido suerte porque le hemos conocido a él, a Morente, a Camarón. Y ahora nos faltan esos referentes, gente que tiene mucho conocimiento de la tradición pero con mucha libertad para hacer lo que de verdad quieren. A día de hoy el que nos queda en ese plano es Diego Carrasco, con el poder de estar a la misma distancia entre el pasado y el futuro. En el flamenco se necesita mucho de la autoridad moral para avanzar, y ellos eso lo tienen. Los patriarcas tienen esa potestad para convencer a los jóvenes de que se puede seguir creando. A Enrique, por ejemplo, le encantaba trabajar con gente joven. Son gente generosa. Ahora hay una división muy extraña entre los que se agarran a la tradición y los que quieren hacer cosas nuevas, y en eso influye el que ya no tengamos a referentes como ellos. Nos hemos quedado un poco huérfanos. Lo mismo pasa con Paco de Lucía, ponía de acuerdo a todos.

Es como el caso de tu madre, ¿no? De hecho, hace un par de años publicasteis “Martirio. 30 años” y estuviste muy involucrado en todo el proceso. Quedó una cosa muy bonita. Era el gran reconocimiento que ella merecía por su trayectoria. El colofón a aquello fue recibir el Premio Nacional de Músicas Actuales. Su figura ya va más allá de lo estrictamente musical.
Representa muchas cosas… La conquista de la libertad de la mujer en el mundo moderno, representa la posibilidad de cantar copla como una canción popular contemporánea, la capacidad para mezclar estilos y la sinceridad y honestidad a la hora de hacer las cosas. Para mí, trabajar con ella es un regalo.

Tu madre ha sido muy importante, ya que ser tan rupturista y, más dentro de ese ámbito femenino, no era lo habitual…
La lucha por la libertad es muy difícil, muy dura. En cualquier campo, ya sea sindical o político. Nunca está a favor de corriente, nunca la patrocinan. Es una lucha a la que las subvenciones siempre llegan tarde. Al final, es muy fácil desistir, de hecho la mayoría acaban renunciando. Nosotros todavía tenemos la posibilidad a través de la música, lo cual no deja de ser una suerte. Pero eso conlleva una responsabilidad. Y eso yo lo tengo muy interiorizado por lo que he visto hacer a mi madre. Para hacer lo que se ama, hay que amar lo que se hace.

Para acabar, te quería preguntar por tres figuras claves en el disco. Uno es Santiago Auserón, que te hizo el prólogo para el libreto del disco, también Javier Mariscal, con esa fantástica portada.
Santiago es un maestro para mí, tanto en lo artístico como en lo humano. También le respeto mucho en términos intelectuales, como pensador y hombre de acción cultural. Es ejemplar, fiable a todos los niveles, y desde que era un niño, ha sido muy generoso conmigo. Lo de Javier es muy lindo, vi cositas suyas que había hecho para una fundación y me pareció hermosísimo, con los dibujos de los bosques, de los árboles. Como yo estaba trabajando con el concepto de la raíz, me pareció adecuado que fuera él quien se encargase. Me apetecía recuperarlo por lo que él significa de esa España de los años ochenta, con esa primera ola de revolución cultural, con un acercamiento muy bonito y fructífero de la onda andaluza y la onda catalana. Esa rama que ya hubo con Toti Soler cuando vino a estudiar aquí o cuando Smash iban a visitar a Pau Riba. Había un punto de cooperación que nosotros mantenemos en el grupo. Yo soy andaluz y, sin embargo, el resto son mayormente catalanes. Normalmente grabamos en Music Lan.

Y finalmente Jackson Browne…
Ese viaje con él a Haití me abrió este camino. Es una estrella mundial que no se comporta como tal, es un sol. No le importa tanto el brillo propio como el calor que pueda repartir. Me ha tratado siempre de igual a igual.

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