La suya es una de las trayectorias más sólidas de la escena musical independiente catalana. Sus melodías son de una belleza casi hiriente y sus versos, sublimes pasajes de literatura costumbrista. Acaban de publicar “Ordre i aventura”, un nuevo muestrario de su indudable talento.

Si “Set tota la vida” (Sinamon, 07) es uno de los mejores discos grabados por estas latitudes en lo que va de siglo, “Ordre i aventura”, y  me apuesto mi copia del álbum, será objeto de los mismos elogios. Me encuentro con David Carabén, alma y voz del grupo, frente a su local de ensayo situado en una estrecha callejuela del barrio de Gracia. Pillamos un par de Quilmes cada uno en un garito que hay al lado y nos metemos en su refugio creativo para charlar de su nueva colección de canciones. Pero antes de entrar en materia Carabén me pone al corriente de los recientes cambios que ha sufrido la formación. Y es que, tras la grabación del disco, han abandonado Mishima el batería Òscar D’Aniello y el bajista Dani Acedo. En el lugar del primero se incorpora Alfons Serra de Nisei; la vacante del segundo la ocupa Xavi Caparrós de Linn Youki. “Los cambios se han producido porque mientras que solamente era Òscar quien faltaba a los directos a favor de su otro grupo Facto Delafé, no había problema, pero ahora que Dani también forma parte de Delafé, preferimos, de mutuo acuerdo y buen rollo, buscar un relevo definitivo. Por el momento sólo hemos dado un concierto con la nueva formación, pero la cosa pinta muy bien”. Producido, como su antecesor, por Paco Loco en los estudio que éste tiene El Puerto de Santa Maria, no le puedo dejar de confesar el estado de hipnotización en el que me sumerge el tema “Tot torna a començar”, una pieza que nos remite una vez más al mítico wall of sound de Phil Spector pasado por el tamiz de The Velvet Underground, todo ello, evidentemente, bajo el prisma personal de Mishima. “Exacto. Son nuestros referentes básicos. La historia de Mishima empieza con Òscar tocando la caja de ritmos, porque no era batería, y conmigo, que tampoco soy músico de formación. Más que músicos éramos personas con cultura musical. Y en el caso concreto de Òscar, su manera de tocar la batería ha venido muy marcada por Moe Tucker, que, como en muchas de las grabaciones de Phil Spector, seguía unos patrones rítmicos muy sencillos pero con alma”. Notables para excelentes una vez más, son las historias cotidianas y costumbristas con las que Carabén dota de vida sus composiciones. “La historia de una canción ha de ser lo suficientemente concreta como para ser interesante y que el oyente se crea que lo que estás explicando es verdad, pero, al mismo tiempo, la idea tiene que ser tan abstracta y tan poco definida como para que pueda ser universal. Por ejemplo, cuando en una canción dices ‘te quiero’, lo más bonito es que el ‘yo’ puede ser cualquier oyente y el ‘tú’ puede ser cualquier persona en la que esté pensando, o incluso ese ‘te quiero’ puede estar expresando un sentimiento mucho más abstracto”. Estudiante de cine, los temas de Carabén, aunque sea de un modo inconsciente, siguen un tratamiento fílmico. “Una canción es una máquina de crear un sentimiento, que, además, está inserida en el tiempo. En las canciones el autor tiene que dominar muy bien el arte de suministrar información: ahora te explico un trozo de este personaje, ahora te explico otro. Siempre he creído que para escribir canciones, aunque el oyente no tenga un panorama general de la historia que quiero explicar, yo sí lo tengo que tener. A partir de ese panorama saco y pongo elementos en las canciones, pero han de ser suficientes para que el oyente pueda llegar a entender todo este mapa que tengo en mi cabeza. En el cine sería lo que hace David Lynch. La gente dice ‘qué películas más crípticas hace David Lynch, no quieren decir nada’, pero si te paras a verlas detalladamente te darás cuenta que su universo es coherente y que al final todo tiene sentido”.