“Traer el pasado al presente siempre me ha resultado obsceno y desastroso”
EntrevistasJavier Corcobado

“Traer el pasado al presente siempre me ha resultado obsceno y desastroso”

Raúl Julián — 29-01-2026
Fotografía — Ojo de Pez

Tras cuarenta años de carrera, Javier Corcobado sigue afrontando nuevas vías de expresión, en este caso concretadas en “Solitud y Soledad” (Intromúsica, 25), una obra peculiar que aúna diez nuevas canciones del autor con otras tantas recuperaciones de su repertorio, reinterpretadas junto a artistas invitados como Alaska o Andrés Calamaro.

¿Cómo surgió la idea de lanzar un disco atípico como es “Solitud y Soledad”, en el que se incluyen diez nuevas canciones propias y diez versiones de temas clásicos junto a artistas invitados?
Ya era hora de tomarme muy en serio componer canciones nuevas que me sorprendieran y emocionaran, que fueran sencillas y capaces de cautivar a un público más amplio; ha sido un reto hacer las canciones más pop de mi carrera discográfica, quizás para demostrar hasta donde puedo llegar en ese sentido, y mirar al futuro de la composición habiéndome aligerado de esa responsabilidad. Para esta celebración era necesario liberarme de prejuicios y hacer un disco que contuviera veinte singles de rock. Deseo hacer muchos conciertos, y con un álbum así será más fácil.

“Solitud y Soledad” se define como una historia de amor y libertad, de oscuridad y de luz ¿Es, entonces, un disco de manifiesta dualidad basada en los efectos derivados de esos contrastes? ¿Qué tipo de obra pretendías alumbrar?
La canción que da nombre al elepé es una historia de amor entre dos chicas adolescentes, Solitud y Soledad, que se aman y se quieren casar... Por otro lado, consideramos que “Solitud” es un disco y “Soledad” otro; en el primero he tratado de reflejar la transparencia que aporta la sobriedad con las canciones nuevas —dejé el alcohol hace tres años, las drogas hace veintiséis y el tabaco hace diez meses— en la poesía y en la música, sin perder el fuego, la ferocidad, la ternura… y no abusar en exceso de la belleza que va ligada a la melancolía, que de eso hay mucho en el segundo, en viejas canciones como “Desde tu herida” o “La libertad”… En conjunto, es el disco que mejor reúne todas mis facetas, el ideal para que alguien que no me haya escuchado sepa de qué va el tema…

“La inquietud y la curiosidad me han mantenido en ese ciclo de muerte y resurrección que es una carrera artística”

Tú mismo has producido “Solitud y Soledad” ¿Por qué tomaste esta decisión y cómo crees que ha influido esa decisión en el sonido del disco? ¿Cuáles dirías que son las ventajas de producir tus propias canciones?
La Providencia es la mejor poetisa, y es sabia, aunque duele. Tenía dos opciones: delegar esa labor en un productor que me conociera bien, o retomar la idea original, que era que yo asumiera la producción. La vida me llevó a elegir la segunda, que ha sido la más laboriosa y eficaz gracias a mis músicos —Jesús Alonso, Susana Cáncer, Juan Pérez Marina, Aintzane con G de Gloria y Gustavo Villamor— y al ingeniero de sonido —José María Rosillo, con quien hice en 1995 “Arco Iris de lágrimas”—. Creo que es el disco que mejor suena de todos los que he grabado, con los arreglos mínimos, tocado por una banda de rock’n’roll insuperable, con un maestro del sonido a los controles y en el que he intentado cantar mejor que nunca.

¿Cómo funcionaron, en la práctica, esas colaboraciones del segundo disco, con Alaska, Andrés Calamaro o Jorge Martí entre otros nombres?
Aunque la distancia ha impedido que yo estuviera presente en las grabaciones de cada una de sus voces, la energía era muy cercana, y la comprensión de qué tenía que aportar cada quién muy clara. Me sorprendieron muy gratamente las voces de Jorge Martí de La Habitación Roja, y de Marc de Dorian. Andrés Calamaro grabó “Susurro” en un portátil desde un hotel en plena gira colombiana, y me emocionó su voz en esa tesitura grave. El timbre de Nacho Vegas era ideal para “Cine de verano”, una canción que tocamos mucho juntos, pues estaba incluida en “Diminuto cielo”, el disco que hice con Manta Ray en 1996. Contar con la voz de Alaska en “Dame un beso de cianuro” ha sido un subidón, el resultado es espectacular. Y la voz de Aintzane con G de Gloria —que tengo la suerte de tener tan cerca— me enamora. Todas esas voces, esas almas, colorean esas viejas canciones en blanco y negro, y sin duda, las enriquecen.

Cuarenta años de carrera ¿Da vértigo mirar para atrás y ver una trayectoria tan longeva? ¿Cuál es el sentimiento más marcado que se manifiesta cuando echas la vista atrás?
No me da vértigo mirar atrás ni hacia ningún lado, todo pertenece a un presente eterno. Siento que envejezco, pero evoluciono también; es una suerte envejecer y considerar la vejez como evolutiva e incluso embellecedora. Yo me veo mejor que cuando era un veinteañero que se intentaba destruir cometiendo excesos legendarios, de los que tuve la suerte de salir indemne, y me siento más feliz que un niño, que ríe y que llora, claro. Ojalá este disco traiga mucha dicha, abundancia y conciertos suficientes para mantener la ilusión, y que mi carrera artística continúe, si es que de ese modo le hago algún bien a este mundo.

¿Cómo crees que ha cambiado la industria desde tus comienzos hasta el presente? ¿Cuál crees que es el cambio más importante que ha acontecido y qué es lo que más echas de menos de los viejos tiempos?
Todo sigue igual. La estructura de la industria es la misma, la música se sigue comprando y vendiendo... da igual que sea de manera tangible o intangible. Y hay quien la regala al sistema, y la desvirtúa como la más etérea de las artes. Echo en falta más voluntad de buscar la originalidad en los grupos y artistas, que surgen a borbotones, me da la impresión. Parece que desde la eclosión de las redes sociales importa más la fama, la imagen o la apariencia que la emoción artística o el riesgo creativo, que son esenciales para la evolución cualitativa y sensorial de la música. Me da la impresión de que la mayoría de las canciones que llegan ahora a mis oídos son copias de copias. Hay demasiadas canciones que suenan a otras ya existentes, pero con peor sonido; echo de menos lo inaudito; sé que a estas alturas es difícil crear algo nuevo, pero al menos me gustaría detectar a más artistas con la intención de hacerlo. O tal vez esto siempre ha sido así. No sé...

“Ha sido un reto hacer las canciones más pop de mi carrera discográfica”

¿Cómo entiendes ese elemento siempre algo controvertido que es la nostalgia?
La nostalgia es catastrófica; traer el pasado al presente siempre me ha resultado obsceno y desastroso. Vivo el presente y miro al horizonte, si es del mar, mejor…

¿Hay algún momento concreto, ya sea en forma de disco o de concierto o similar, que señalarías como el punto culmen de esos cuarenta años?
Diría el que me viene ahora mismo a la cabeza: mi primera actuación en el Teatro Metropolitan de Ciudad de México, en 2008, ante tres mil personas entregadas. Fue una recompensa al esfuerzo empleado hasta entonces. Me emocionó mucho aquello. También fue un punto culmen en mi carrera la creación de mi disco de entonces, “A nadie”. Fue un año, ese 2008, en el que aprendí de la vida todo lo que no me esperaba, a puñaladas y a besos. Este año vuelvo a ese teatro por cuarta vez, el 30 de abril, y deseo que la sensación y el éxito superen a la primera vez. Soy ambicioso, lo sé.

¿Dirías que la constante experimentación e inquietud ha sido la base genérica o el denominador común de esos cuarenta años de carrera?
Sí, ha sido eso exactamente. La inquietud, la curiosidad, la sorpresa me han mantenido en ese ciclo de muerte y resurrección que es una carrera artística de larga duración, y ten en cuenta que nunca fui un buen corredor de fondo y que he de aprender día a día la carrera de la paciencia y saber controlar mi fuego.

¿Cuál ha sido la principal influencia o referente para ti a lo largo de todo este tiempo?
Cuando eres muy joven adoptas a artistas como modelos a seguir; en mi caso fueron muchos: Raphael, Julio Iglesias, Nino Bravo, luego Jim Morrison, Alan Vega, Iggy Pop, Lux Interior... También escritores: Edgar Allan Poe, Luis Martín-Santos, William S. Burroughs, Bukowski, Dostoevsky... Hasta que descubrí que mi mayor referente era mi padre, sin haberse dedicado al mundo del arte —y de haberlo hecho habría sido un gran artista, como mi madre—, hasta que un día murió. Pero me dejó parte de su alma para que yo la gestionara. En la literatura tuve la gran suerte de tener como mentor a un excelente escritor, José Luis Moreno-Ruiz, un gran maestro; pero también falleció. Me sentí abandonado, ¿quién iba a responder a mis preguntas, si esos dos referentes ya no estaban? Entonces hallé respuestas en la solitud, en la meditación, en la vida.

La presentación oficial de “Solitud y Soledad” tendrá lugar el 30 de enero en el Teatro Eslava junto a artistas invitados ¿Qué puedes contarnos acerca de ese concierto?
Es el primer concierto de esta gira cuarenta aniversario —el segundo es el 8 de febrero en el Kafe Antzokia de Bilbao—. Tendremos la maquinaria bien engrasada para generar rock’n’roll, ternura, baile, estruendo, risas y lágrimas. Tocaremos las canciones nuevas y las antiguas, para satisfacer al público más veterano y al más joven. Sobre el escenario tenemos a Jesús Alonso (batería y coros), Juan Pérez Marina (guitarra), Gustavo Villamor (bajo), Aintzane con G de Gloria (voz, percusión y theremin), José María Rosillo (control de sonido) y a un servidor al cante y guitarra Tormenta. La invitada especial de esa noche es ¡Alaska! Será un concierto inolvidable, el principio de una maravillosa aventura.

Agenda de conciertos: 

Viernes 30 ene  20.30h  Desde 30,00 € (Inverfest)
Domingo 8 feb  20.00h  22€

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