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chistes para milicianos Mazen Maarouf

“Chistes para milicianos” es un libro extraño y sorprendente, porque el destino de su autor también lo ha sido. Mazen Maarouf es hijo de palestinos, que fueron expulsados de su tierra natal por el nacimiento del estado de Israel. Así creció en Beirut, la capital del Líbano, que en aquel momento era considerado un modelo de convivencia entre distintas comunidades religiosas, la Suiza de Oriente Medio, en cuya universidad estudió química.

Pero en los ochenta ese paraíso de tolerancia saltó por los aires: estalló una tremenda guerra civil, fue invadido por israelíes y sirios y la refinada Beirut se convirtió en una ciudad martirizada, dividida entre las distintas facciones en lucha. Miles de sus habitantes huyeron y se repartieron por el mundo como refugiados. El joven Maarouf terminó casi literalmente en la otra punta del planeta: en Islandia. En Reykjavik se ganó la vida como traductor del árabe al islandés y, al parecer, se despertó su vocación literaria, tal vez por la necesidad de explicarse a sí mismo una existencia zarandeada por el rodillo de la historia. Hasta la fecha ha publicado varios libros de poemas y esta colección de relatos, que le ha hecho famoso.

Los doce cuentos que componen este libro están situados en una zona urbana de guerra indeterminada. Puede ser, por supuesto, el Beirut en llamas de la juventud de su autor, pero también el Ulster durante sus años de plomo, Medellín en la época de Pablo Escobar, la actual Ciudad Juarez o Sarajevo cuando estaba sitiada por el ejército serbio. El horror, el juego diario con la muerte, la pérdida de seres queridos víctimas de la arbitrariedad de la violencia, está visible. Es el constante telón de fondo, pero en la superficie hay un humor surrealista y extravagante que conecta con lo mejor del realismo mágico de autores como Cortázar, García Márquez o Salman Rushdie, en los que el recurso a los elementos fantásticos sirve para señalar el absurdo que impregna la vida de sus personajes.

Por ejemplo, que un proyectil de artillería caiga sobre un cine, y los únicos espectadores supervivientes sean un chaval y una vaca. O una pareja que, tras un embarazo fallido, guarda un coágulo de sangre en un frasco y celebra ritualmente el cumpleaños del nonato. O un padre o un hijo que deben inventar cada día un chiste lo bastante divertido como para no recibir una paliza de una pandilla de paramilitares. El narrador típico del autor es un niño, o un adolescente, que a través de una lógica bastante retorcida y una especie de optimismo natural trata de no desfallecer ante las adversidades. Las historias de Maarouf nos muestran que frente al caos y la desesperación siempre queda la risa. Y esta es una lección valiosa.

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