Con solo echar un vistazo a nuestro alrededor (ya sea hacia uno más cercano o alejado) es fácil llegar a la conclusión de que el mundo está en llamas, reales o metafóricas, lo mismo da. No es por lo tanto difícil de entender el título (“Mundua sutan”) elegido por The Crazy Wheels Band para su disco largo de debut. El quinteto vizcaíno, en activo desde hace más de cinco años a pesar de ser ahora cuando se estrenan en este formato, construye -bajo una libertad idiomática que incluye indistintamente el inglés y el euskera- una banda sonora para dicho incendiario artefacto sin embargo a base de una elegante y sutil, no exenta por otro lado de intensidad, manera de acercarse a los sonidos clásicos americanos.
Alineados junto a Saúl Santolaria, el que probablemente sea uno de los mejores productores de la zona (le avalan sus trabajos con Dead Bronco, The Fakeband o Last Fair Deal, por citar algunos) en lo referente a estos espectros musicales, es de justicia citarle a él también como responsable, además evidentemente de los propios integrantes de la formación, a la hora de plasmar ese salto de calidad emprendido respecto a su pasada, y más reducida en extensión, publicación. A pesar de mantener unos referentes comunes con aquella, aparecen ahora expresados con mayor profundidad y por lo tanto complejidad.
Teniendo claro que el estilo del grupo se nutre de gustos variados, siempre delimitados por aquellos característicos de la mencionada zona del mundo, también es evidente que hay un elemento identificativo a lo largo de casi todo el álbum, y es una forma expresiva claramente orientada a ese rock sureño de alma negra. En ese ámbito se van a mover un número significativo de temas que abarcarán desde un selecto medio tiempo como “Feel Good”, en el que se impone más la parte soul; “Zure albotik urrun”, con todo el clasicismo de unos Allman Brothers; o “Gertu belarrira”, la más rítmica a base de esparcir ciertas cadencias cercanas al blues y el funk.
No va a ser ese el único contexto en el que se desenvuelva el disco, de hecho salir de ese tipo de parámetros hará que alcance un sentido más completo y variado. Uno en el que habrá espacio para maneras más acústicas y campestres, en las que además se fusionan con unos logrados y bucólicos juegos vocales a lo Crosby, Stills, Nash & Young, (“Aintzinako kantuak”), o unas más crudas que nos llevan hacia el blues rural (“Berriz hemen”). Una expresión del género más eléctrica e incisiva nos topamos en “Walter White”, mientras que “My Baby Is Gone” arremete con ingredientes más insinuantes.
Suele ser más habitual que las bandas que se desarrollan alrededor de los sonidos sureños relacionados con el rock opten por demostraciones de mayor fuerza bruta. No es el caso de The Crazy Wheels Band, quienes eligen para manifestar su fuerza el camino de hacerlo bajo unos preceptos más elegantes y delicados. Y es ahí precisamente donde se encuentra el aspecto más llamativo y destacado del disco: en la sutilidad para sumar matices, aportar colores y desarrollar plenamente sus capacidades instrumentales.
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