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A Brief Inquiry

Puestos a ponernos de acuerdo en que Joy Division en 2018 son poco más que una excusa para vender camisetas en Zara, tampoco deberíamos rasgarnos las vestiduras porque “Give Yourself a Try”, segundo corte de este tercer álbum de The 1975, se apropie en un resultón remedo sintético del riff de guitarra de “Disorder” (Joy Division). Al fin y al cabo, Matt Healy es la misma pop star desarmantemente cándida y honesta de hace dos años, aquella que nos confesaba que Paul Buchanan (The Blue Nile) y Peter Hook (Joy Division, New Order) se cuentan entre sus fieles seguidores, por mucho que las hechuras de boy band que este cuarteto de Manchester se gastaba en su estreno – hace cinco años – pudiera llevar a engaño. En cualquier caso, en su credo el déficit de atención sigue siendo la norma: si lo que pretendían es reflejar la confusión casi esquizofrénica en la que esta era de hiperconexión y redes sociales nos tienen a todos sumidos (agárrense fuerte, que hay quien dice que este es el “OK Computer de la generación millennial), el objetivo está medianamente cumplido. Father John Misty y Alex Turner (Arctic Monkeys) también trataron de encapsular esas contradicciones en algunas de sus últimas canciones, pero quizá su adscripción a la liturgia del rock de guitarras (también son algo mayores) les reste algo de credibilidad ante los nativos digitales. Healy y el batería George Daniel (con quien produce estas 15 canciones) son hijos, al fin y al cabo, de un tiempo en el que Napster y MySpace ya eran antiguallas.

El filtro de The 1975 es precisamente su carencia de filtro, esa forma de reflejar un presente fragmentado mediante un argumentario que no fija el foco ni por un solo instante, pasando del bubblegum pop de aires tropicales (“TOOTIMETOOTIMETOOTIME”) al jazz vintage (“Mine”) con una ligereza y un descaro ante los que resulta fácil empatizar, más aún si el trayecto alberga inmersiones en miasmas infectas de glitches y clicks and cuts que recuerdan sin rubor a The Postal Service o a Fennesz (“How To Draw/Petrichor”), sus habituales guiños al sonido Stock, Aitken & Waterman (“It’s Not Living (If It’s Not With You)”), delicias de jazz pop como “Sincerity is Scary”, grandilocuentes rescates del canon del último Bon Iver (“I Like America & America Likes Me”) y hasta una pista que resume con la voz de Siri (sí, la que todos tenemos en nuestro móvil) la escalofriante soledad de ese náufrago cibernético en el que todos corremos el riesgo de convertirnos algún día (“The Man Who Married a Robot/Love Theme”), a lo “Her” (Spike Jonze). Sin dejarnos en el tintero una canción simplemente fantástica, la desafiante “Love It If We Made It”, que parece un cruce entre los Tears For Fears y Bruno Mars (o directamente Michael Jackson, sin necesidad de salir de su videoclip), con letra en abierta sintonía con nuestro zeitgeist (“la modernidad nos ha fallado”). Lo mejor de todo su minutaje, sin duda.

Otra cosa es avistar si eso basta para que su parroquia les siga adorando sin reservas, contemporizando con esa cultura del picoteo que invita a dosificar este disco en plan menú degustación, sin reparar en las aguas que filtra su cascote. O también vislumbrar si los frecuentes guiños adultos que jalonan su caudal expresivo llegan a calar entre un público talludito, porque“Inside Your Mind”, “I Couldn’t Be More In Love” y “I Always Wanna Die (Sometimes)” tienden al pastelón, y su nivel de azúcar sobrepasa con creces su confesa querencia por Peter Gabriel y otros adalides de la FM ochentera para lindar con el AOR. Como decía Juanito en su italiano macarrónico respecto a los partidos del Bernabéu, sesenta (bueno, él decía noventa) minuti son molto longo. Y dado que la media de sus tres desiguales discos orbita en torno a una hora larga, quizá sería mejor hacer la vista un poco gorda, frotarse las manos ante un próximo recopilatorio, customizarse una buena playlist o aguardar con razonable ansiedad sus vitamínicos conciertos. The 1975 mejoran promedio de aciertos frente a deslices, pero siguen pasando de la excitación al desconcierto en cuestión de segundos. Parte de su encanto, al fin y al cabo.

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