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Si uno repasa la producción discográfica de Ry Cooder en los 18 años que llevamos inmersos en este nuevo siglo, verá que el veterano guitarrista ha estado en un estado de forma que iguala, en lo que a inspiración se refiere, a la que puede ser considerada su época dorada durante los años setenta del siglo pasado. Discos como “Chavez Ramirez” (2005), “My Name Is Buddy” (2007) “I, Flathead” (2008) volvieron a colocar a nuestro protagonista en el epicentro de la música de corte tradicional estadounidense, combinando las sonoridades propias del rock, el country, el tex-mex o el bluegrass con una fuerte crítica social, dispuesto siempre a sacudir conciencias y vapulear al establisment republicano.

Solo hay que retomar su último trabajo de hace seís años “Election Especial” (2012) para certificar hasta que punto Ry Cooder ha disparado contra la derecha más casposa de su país, aunque la batalla no haya servido para demasiado. Pues bien, no sabemos si producto de cierta decepción, combinada con la angustia de ver a un personaje como Trump en la Casablanca, Ry Cooder ha variado la trayectoria balística de su música, dejando a un lado la vertiente política y embarcándose en un disco en el que el gospel y la espiritualidad rezuma por los cuatro costados.

Estamos de forma casi mayoritaria ante un disco de versiones -lo son 8 de los 11 cortes del álbum-, pero solo de la forma en la que Ry Cooder sabe acercarse a la música tradicional afroamericana. La misma que desarrollaron hace más de 8 décadas intérpretes primigenios como Blind Willie Johnson, Carter Stanley o William Dawson que ahora recupera, desempolvándolos, y añadiéndole esa sabiduría melódica marca de la casa y una voz cuyo registro ha ido mejorando con los años. El resultado es un disco plácido, elegante y bello que actúa como un bálsamo en el oyente y le ayuda a afrontar con esperanza esta dura estapa de oscuridad en la que estamos inmersos. Un álbum que podríamos colocar en la misma liga que aquel delicioso “There Will Be A light” de Ben Harper & The Blind Boys Of Alabama, aunque la espiritualidad en el caso de Ry Cooder esté algo más diluída.

Cortes como “Everybody Ought To Treat A Stranger Right”, “The Prodigal Son” o la preciosa “You Must Unload” sacan el máximo rendimiento a las voces de Terry Evans (que murió poco después de completarse el álbum), Bobby King y Arnold McCuller, que conforman un coro celestial que te envuelve con el confort de terciopelo que cualquier espiritual precisa. Sin embargo Ry Cooder, con la ya habitual colaboración de su hijo Joachim a la batería, percusiones y efectos, no se olvida tampoco de afrontar, en los temas propios, temáticas sociales que están sobre el tapete de todas las sociedades avanzadas. En canciones como “Gentrification” se acuerda de la problemática de la especulación inmobiliara o, en esa epifanía maravillosa que es “Jesús & Woody”, sienta en una misma mesa al mesías cristiano junto al cantante folk más influyente, el izquierdista Woody Guthrie.

Posiblemente este disco no esté a la altura de los tres mencionados al princpio de la reseña, pero sin duda mejora lo aportado por Ry en su anterior trabajo y da una nueva muestra de su talento a la hora de manejar el legado musical americano, adaptándolo como nadie y dándole un barniz de personalidad como solo él podría realizar.

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