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No es extraño ver cómo una situación puede derivar en un intervalo de tiempo no demasiado extenso desde lo excepcional hasta lo trivial. Por ejemplo, el formato dúo en las bandas de rock pasó de ser una peculiaridad a un reclamo banal. Algo que precisamente no es el caso de los guipuzcoanos Niña Coyote eta Chico Tornado. Bajo este peculiar nombre se encuentra una conjunción entre Koldo Soret, quien ya ha dejado su rastro eléctrico en Surfin Kaos o Chico Boom, y Ursula Strong, con un pasado irreverente en Zuloak o Las Culebras. Un escuálido número de componentes que ayuda y complementa el proyecto sonoro que hay detrás, un tratado de rock desértico tan abrasivo como potente.

“Eate” supone su tercera grabación y el segundo larga duración, editando entre aquel primero homónimo y el actual un EP llamado “Lainoland”, grabado en Estados Unidos. Ahora, de regreso a su entorno más cercano (en este caso concreto los estudios Higain de Usurbil), continúan amasando su característico estilo hasta darle una representación menos estridente pero sin que ésta pierda un ápice de su virulencia ni consistencia.

El grueso del álbum (formado por composiciones tanto instrumentales como cantadas en euskera) tiene como sostén una asimilación, y consiguiente personalización, perfecta de los ritmos pesados y riffs crudos de grupos como Kyuss, Karma to Burn, Black Sabbath o los euskaldunes Dut. Son precisamente esos elementos los que forman el núcleo duro (nunca mejor dicho) del trabajo con temas como “Diana & Sebastian”, aquí sumando unas percusiones que añaden un toque pegadizo y distintivo; “Ariñau”, donde la voz de Lore (integrante de Belako) incide en su lado más agresivo; “Asteroid”, aportando su faceta más psicodélica y envolvente o “Bide galaktikoa”, realmente oscura y enigmática.

Sumado a todo ello se pueden descubrir, dentro de un sonido bastante compactado y con pocas fisuras respecto a una columna vertebral pétrea, recuerdos a The White Stripes entre los arreones de “Magic edo” o de Rage Against The Machine en “Euphobia”. Prácticamente solo con “Flor de la muerte”, que se centra en un lado más onírico, vivimos un descanso de la electricidad para apostar por un tema acústico, no por ello menos endiablado que el resto.

Y sí, son solo dos los culpables de todo este resultado global, pero su fuerza es tal que se comportan cual ejército de Atila dejando la tierra yerma por donde pasan. Y encima le ponen banda sonora.

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