Acostumbrado a dar nuevas vidas a otros, no podía sonar agonizante ni mortecino. El hombre que resultó fundamental – como productor – en las últimas resurrecciones creativas de Depeche Mode, Pet Shop Boys, Pulp o Blur (así como en las exitosas reformulaciones de Arctic Monkeys o Fontaines D.C.) no podía solventar su larga estancia en un hospital londinense (casi todo el 2025, una leucemia tuvo la culpa: ahora le toca cuidarse de por vida) con un trabajo lastimero. Y no lo ha hecho. En su reclusión médica, James Ellis Ford se pertrechó de un laptop, algunos sintes, un micrófono, una mesa plegable de IKEA y una guitarra, y en un par de semanas – a bote pronto y entre sesiones de quimioterapia – grabó estas doce canciones, su mejor traslación (hasta el momento) de reputadísimo soundmaker (aunque nunca fue demasiado intervencionista) a consolidado songwriter. Es el segundo trabajo en solitario de quien también fuera mitad de Simian Mobile Disco.
El resultado es tan austero como fresco. Reconfortante. Vivaz. Cálido. Doméstico pero a la vez con esa cualidad tan ligeramente extra terrenal que justifica su título. Como si la mera proximidad de la muerte lo hubiera sumido en un acogedor limbo. “Overtones” me suena a Japan o a Kate Bush. “People Just Don’t Know” y “Silver Lining”, a Brian Eno. “Here Today”, a las melodías más plácidas de los últimos Blur. “I Believe In You”, a un cruce imposible entre Depeche Mode y Junior Boys. “Do You Ever Want To Go To Your Own Funeral?”, al David Sylvian más expansivo. “The Ever After” bien podría ser una coyunda entre LFO y los últimos Wild Beasts. En conjunto es una celebración de la vida (y de las cosas de ella que valen realmente la pena) en clave de synth pop artesanal, en la que todas y cada una de sus piezas funcionan a la vez por separado y también como parte del engranaje. Una agradabilísima sorpresa.
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