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Escuchando el último trabajo de Foals tiene uno la sensación de que la banda de Yannis Philippakis se encuentran en ese punto de su carrera en el que podrían facturar temas como churros. Canciones que siguieran sin ningún problema los patrones del crescendo contenido e inquietante utilizado en por ejemplo “Bad Habit”, o por el contrario se lanzaran sin cuartel a una bacanal de riffs roqueros como en “Inhaler”, ambas de su anterior disco “Holy Fire”. Está claro que han encontrado su sonido y estilo, y lo van a explotar a base de bien sin que aparentemente les importe demasiado dejarse las grandes melodías, las que cautivan, en el tintero.

En este “Whet Went Down” no hay ningúna canción que esté a la altura de temas de su discografía como la saltarina “My Number”, la funkoide “Blue Blood” o la épica “Spanish Sahara”. Lo que sí hay son temas correctos que parecen ofrecer de entrada más de lo que realmente prometen. Por ese mismo motivo incluso el inicio, con la contundente “What Went Down” que da título al disco, acaba resultando de lo más obvio. Empiezan arriba con un tema ROCK con mayúsculas que podría haber firmado Josh Homme para sus QOTSA sin problemas, para proseguir con la mejor de todas las bazas que ahora presentan: “Mountain At My Gates” se mantiene muy fiel al sonido de la casa, que sabe combinar con efectividad cierta pulsión groovie con una épica contenida que manejan como pocos. La tercera “Birch Tree” es de manual. Al igual que resulta demasiado intencionado bajar el ritmo de inicio del álbum con un tema dulzón, sinuoso y amable con esos punteos tan característicos apuntalados por los teclados. Tras un par de temas de relleno puro y duro, le toca el turno a “Snake Oil” donde mezclan sin rubor la herencia post-punk de The Cure con el hard-rock de RATM del que ya echaron mano en “Inhaler”. El tema en sí resulta curioso, pero no alcanza de entrada la pasmosa y algo intencionada efectividad de la que suelen hacer gala. Tras esta “Night Swimmers” es otro de los temas destacables del disco. En especial porque es en el que se hace más evidente que Yannis Philippakis se ha soltado el pelo a la hora de cantar, olvidándose de la contención de la que hacía gala en sus dos primeros discos. Además la canción combina muy bien las guitarras con ese ritmo de reminiscencias The Rapture de la batería. A partir de aquí nada excesivamente destacable, excepto por el broche que supone “A Knife In The Ocean”. Un tema de casi siete minutos que condensa a la perfección el sonido actual de la banda. Un sonido que, cuando faltan las verdaderas canciones, parece más artificiosos que real.

Foals están en ese momento dulce, aunque peligroso, en el que cualquier cosa que hagan va a contar con la atención de los medios y de los numerosos seguidores que han adquirido durante una década de crecimiento progresivo, sin pelotazo. Y digo lo de peligroso porque con discos como este, el virus de la autocomplacencia parece inoculado en su propuesta. Un virus que ya ha contagiado carreras de grupos como Muse o Foo Fighters. Les daremos un voto de confianza para emplazarles a mover la difícil ficha de un riesgo que no han asumido en este.

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