ERA
Discos / León Benavente

ERA

8 / 10
JC Peña — 21-01-2022
Empresa — Warner
Género — Rock
Fotógrafo —

El cuarteto formado por Eduardo Baos, Abraham Boba, Luis Rodríguez y César Verdú cumple una década este año, y lo hace en la cresta de la ola. Que en estos diez años la banda se haya dejado la piel en la carretera podría explicar una parte de la cálida aceptación recibida. Digo una parte, porque lo del éxito sigue y seguirá siendo un misterio escurridizo.

En cualquier caso, para cualquier fuerza creativa que lleve a cuestas varios discos y cientos de conciertos, el aburrimiento es un peligro concreto a la hora de afrontar un cuarto álbum. Esa realidad y la violenta disrupción provocada por la pandemia han agudizado el instinto de León Benavente para no acomodarse; al extremo de intercambiar instrumentos, meter pocas guitarras, y darle mayor protagonismo a las bases electrónicas, con temas casi sintéticos como “Persona” o “Mítico”, esta última sorprendente acercamiento a terrenos casi urbanos. Pero las múltiples facetas del disco se disfrutan como un todo hilvanado por la voz y textos del cantante.

En realidad, profundizan en ese concepto de electrónica integrada que exploraban en su disco anterior. Desde el single “Líbrame del mal”, que nos transporta al pop de melodías certeras con toques sintéticos y propulsado por el bajo que patentaron New Order. En comparación con “Vamos a volvernos locos” (19), subyace a lo largo del álbum un sustrato melancólico, no derrotista, que tiene mucho que ver con ese paso del tiempo, el cambio inevitable, inspiración de infinidad de creadores desde que el mundo es mundo. No obstante, insisten en no abandonarse a esa nostalgia paralizante tan tentadora, y lo expresan con el sarcasmo seco de “Viejos rockeros viejos”, y de manera más solemne, mediante ritmo hipnótico y matices progresivos, en “Di no a la nostalgia”.

El minimalismo kraut pleno de nervio que tanto les gusta brilla en “Todas las letras”, que construyen con la participación vocal de Miren Iza (Tulsa), con quien ya trabajaron en la muy distinta “Mano de santo”. La colaboración con Triángulo de Amor Bizarro en “Te comes mi corazón” saca su lado industrial perverso, mientras que la delicada “La cámara de ecos” les muestra haciendo balance personal en la mitad del camino con cuerdas oníricas.

Y los textos de Abraham Boba brillan en cortes como la majestuosa “La Gran Muralla”, desde ya una de sus cumbres de su repertorio que, a buen seguro, será pieza clave de sus directos. En su intenso crescendo, el nivel expresivo del conjunto alcanza la excelencia con la historia universalmente triste de lo que ya no podrá ser. Porque todo, hasta lo mejor de la vida, empieza, cambia y concluye: mejor asumirlo con elegancia y serenidad.

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