Veinte años han pasado ya (¡veinte!) de su Ep de debut “Self-Non-Self”. Y cuatro (se dice rápido) de su última entrega “Particles & Waves”. Desde entonces los dos hermanos Shaw han vuelto a caer en uno de sus intermitentes letargos, en el que tan sólo hemos visto reeditados sus dos primeros álbumes, repitiendo así el cuatrienio de abstemia creativa de después de su sexto álbum “Population Four” (97).
Una de las gemas del pop –llamado pop gótico en el momento de su máximo esplendor- ha vuelto ahora con un disco tímido y que muchos considerarán fuera de su tiempo. Eso afecta a las escasas expectativas que, para algunos puede generar este nuevo trabajo. Pero juzguémoslo por lo que es, no por lo que fueron Cranes hace años. De vuelta con su octavo disco de estudio y a la vez primer título homónimo de su historia, se les ve (eso sí) algo lineales, poco novedosos y más acomodados, aunque, con las escuchas, su sonido te acaba atrapando. Siguiendo el camino que ya iniciaron en “Future Songs”, confirman de nuevo que la oscuridad, el espesor y la tenuidad de sus inicios (como en su pico creativo “Forever”) se ha diluido en cristalino brillo por gracia de un pop más espacial, contemplativo y limpio. Los glitches de cristal del instrumental “Diorama” dan paso a un pozo de paisajismo (“Sleepwalking”) y melancolía desnuda (“Collecting Stones”) con poco más que teclados y guitarras (“Feathers” y “Wires”) que acaba intensificándose (“Worlds”). Justo al final (“High And Low”) parece vislumbrarse algo de luz, aunque no dejen nunca de ser intrigantes y misteriosos. Es invierno y siempre lo será mientras nos acompañe la frágil, dócil y aniñada, aunque rasgada, voz de Alison.
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.