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More Blood More Tracks

Quien crea tener todos los discos esenciales de la historia del rock en su discoteca y todavía no posea “Blood on the Tracks” (1975) de Bob Dylan, que salga corriendo ahora mismo a comprarlo. Insisto, corriendo. Quien, por el contrario, tenga el disco gastado de tanto reproducirlo, es muy probable que desee sumergirse en el proceso de gestación de tan magnífica obra. El volumen catorce de las Bootleg Series de Dylan hace precisamente a eso, escarbar en las entrañas del álbum y de la evolución que siguieron sus canciones antes de ver la luz.

Fue en septiembre de 1974 cuando Dylan entró en un estudio de grabación neoyorquino, con poca ayuda más que una guitarra acústica y una harmónica, e inmortalizó en sólo cuatro días lo que parecía iba a ser su nuevo disco. El paso dado no era menor. Por un lado, apuntaba hacia un retorno al formato folk básico de sus inicios, el anterior a su controvertida electrificación. Por otro, las composiciones no sólo fluían desnudas a nivel instrumental, sino que también servían, si me permiten el tópico, como válvula de escape ante el proceso de separación matrimonial por el que estaba pasando su autor. Con todo, no busquen aquí letras explícitas sobre el tema, por supuesto, sino la habilidad habitual de Dylan para jugar con las palabras.

El giro inesperado de guión llegó poco después, cuando el ahora premio Nobel de literatura decidió regrabar la mitad de las canciones en Minnesota, y optó por hacerlo respaldado por una banda. Así, el “Blood on the Tracks” que llegó finalmente a las tiendas fue el resultado de combinar una mitad de temas fruto de las austeras sesiones neoyorquinas, con otra mitad surgida de las grabaciones en su Minessota natal.

Ahora, “More Blood, More Tracks” toma el relevo en esta historia para recuperar los descartes neoyorquinos, ésos en los que clásicos como “Tangled Up in Blue” o “Idiot Wind” todavía no habían pasado por el proceso de cocción de una banda de rock. La belleza de estos cortes, por tanto, reside en su crudeza, pero también en que ésta se revela más elegante y elaborada que en los himnos folkies que habían lanzado a Dylan al estrellato hacía algo más de una década. A ello contribuye el toque sutil del bajista Tony Brown, encargado añadir una pizca de sal a la materia prima, aunque sin duda también una forma de componer más evolucionada y madura.

Para los más completistas, el álbum en forma de lujoso box set se recrea en recopilar las distintas tomas existentes de todas las canciones, mientras que la versión reducida en CD o LP selecciona una sola toma de cada tema. Sea cual sea su elección, amigo lector, lo relevante es que por fin tenemos acceso a estos valiosos documentos sonoros tal como fueron concebidos (lo que corría desde hace años por el mercado pirata eran versiones aceleradas)…y que no decepcionarán en absoluto a los amantes del antiguo “Blood on the Tracks”.

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