Power Up
Discos / A C / D C

Power Up

8 / 10
Kepa Arbizu — 13-11-2020
Empresa — Sony Music
Género — Hard Rock

Se antoja casi como un milagro, viendo los antecedentes más directos y sin obviar la situación sanitaria que estamos soportando, que finalmente haya conseguido ver la luz un nuevo álbum de la mítica banda australiana. Y no solo eso, sino que lo haya hecho contando con la formación clásica de los últimos tiempo, exceptuando lógicamente a uno de sus pilares, Malcolm Young, fallecido en el 2017 y sustituido por su sobrino Stevie. Una trágica pérdida que no fue sino el colofón a una carrera de desgracias que acontecieron tras la publicación de Rock Or Bust y que pusieron en serio peligro la continuidad del grupo, por lo menos de la manera a la que estábamos acostumbrados. Así, como si de una conjunción de buenas noticias se tratase, los serios contratiempos legales de Phil Rudd quedaron atrás, la espantada de Cliff Williams fue revertida y, por lo visto en esta grabación, los problemas de audición de Brian Johnson no le han impedido en absoluto recobrar sus característicos aullidos.

Cada nueva publicación de AC/DC supone una deliciosa rutina, la de saber que no nos vamos a encontrar nada que se salga del patrón que durante décadas han impuesto, y que esa sana monotonía es justo lo que deseamos y buscamos; la única duda es conocer en qué medida y con qué intensidad nos harán vibrar en cada ocasión. Porque entra dentro de lo posible tener un golpe de suerte y cosechar un éxito en esto de la música, incluso mantenerse una temporada con el viento a favor y acumular un buen puñado de fans, pero lo que está al alcance de unos pocos privilegiados es justo el tesoro que ellos acaparan: haber hecho de su nombre un emblema inconfundible y convertirse en guía para tantas y tantas generaciones armadas con una guitarra y unas incontrolables ganas de hacer rugir sus amplificadores.

Desde luego, por suerte, no va a ser el 2020 el año en la que la fórmula del grupo se altere lo más mínimo, algo que desde luego no puede coger por sorpresa a nadie, y tampoco va a ser la fecha en la que sus nuevas canciones no inviten a menear las cabezas de veteranos y neófitos. Unos temas que aparecen acreditados a la bicefalia familiar de Malcolm y Angus Young, un recurso que al margen de lo poco o mucho que tenga de verídico, supone un homenaje al desaparecido hermano mayor y a su encomiable, al mismo tiempo que capital, labor siempre depositada en este proyecto. Acompañados una vez más por quien parece empieza a ser su inseparable productor, Brendan O’Brien, y su habitual sonido agudo y limpio, el quinteto regresa y lo hace saludando con sus rocosos recursos a toda esa multitud ávida de su inconfundible sello.

A estas alturas no son necesarias cartas de presentación ni pruebas de valor, pero “Realize”, encargada de abrir las hostilidades, parece toda una declaración de intenciones, desde el contundente llamamiento a activarnos que esconde al despliegue de sus recurrentes tics: ráfagas de riffs cortantes, voz chillona y un estribillo -empujado por el muy visible a lo largo de todo el disco manejo de los coros- con predilección por el éxtasis colectivo. Una muestra de fortaleza que dará paso a un breve tramo en el que sin que suframos ningún descalabro en las pulsaciones, sí que se percibe una relativa desaceleración del ritmo, no tanto en los primeros temas de ese paréntesis (“Rejection”, “Shot In The Dark”), que plantean un escenario igualmente recio pero orientado a una consecución menos impetuosa, como en la aparición del medio tiempo melódico “Through The Mists Of Time”.

Una mínima travesía por terrenos menos turbulentos que servirá para coger aliento y afrontar lo que se presenta como una majestuosa segunda tanda en la que nos introduce la clásica pulsación sincopada de guitarra de la sobria “Witch’s Spell”. A partir de ahí, incluso con la irrupción del rock más clásico y con cierto tono afectado que contiene “No Man’s Land”, el camino aparecerá plagado de bombas incendiarias que explotarán con el paso trotón y crudo de “Demon Fire”, en la que los pétreos riffs dejan paso a ágiles progresiones de notas, las mismas que catapultan al demoledor colofón que significa ”Code Red”, o la pirotecnia gutural con la que son capaces de construir himnos tantas veces manejados en sus manos pero siempre anhelados por el oyente como “Systems Down” o “Money Shot”.

Cuesta a estas alturas exigirles nada a AC/DC, ellos son historia –por suerte viva– de la música y parte esencial del aprendizaje de casi cualquier tipo de aficionado a este arte. Tanto es así que ejercen de lícitos monarcas para el heavy, el hard rock e incluso son bienvenidos en el Olimpo del blues, no lo olvidemos parte esencial de su osamenta. Por eso, casi medio siglo después, y un camino trabado de escollos, resulta un lujo poder tenerlos en este “maldito” año todavía dispuestos a entregarnos nuevo material, y sobre todo descubrir que a día de hoy son capes de mostrarnos una representación óptima de su figura. Seguro que Malcolm, esté dónde esté, agradecerá ser homenajeado a través de unos surcos que sirven para alargar la leyenda de este rayo que nunca cesa.

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