Pasado por venir
Conciertos / Vulk

Pasado por venir

8 / 10
Reuben Weedianaut — 17-11-2021
Fecha — 14 noviembre, 2021
Sala — Sala BBK (Bilbao)
Fotógrafo — Eider Iturriaga

ZINEBI, Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao, volvía a acercar un año más al público de la villa otra manera distinta de trabajar con la música y las imágenes dentro de su programa. Una cita que, en sus 63 ediciones, se ha convertido en referente del séptimo arte a nivel internacional. En esta ocasión, la excusa era el estreno en la Sala BBK del espectáculo multidisciplinar “VULK EZ DA”, producido por Galapan junto al propio festival con la colaboración de la productora Arriguri.

Una tarde de domingo típicamente bilbaína en la calle (gris, fría, impenitentemente lluviosa) nos preparaba sin saberlo para lo que nos esperaba en el interior. Nadie entre el público sabía muy bien qué iba a depararnos la velada (un concierto, una proyección, una mezcla de ambas, algún tipo de performance) y el patio de butacas nos recibía con todas ellas dispuestas para lo que tuviera que pasar tras el telón que presidía la sala.

Puntualmente, se hizo el silencio y la oscuridad. De ella comienzan a surgir unas imágenes vintage entre una suerte de cacofonías y percusiones que acompañan a los fotogramas mudos mientras se suceden los créditos. Del negro del título de la cinta pasamos al blanco de un set de rodaje mientras comienza a sonar la primera canción. La luz que emana la pantalla nos permite ver por fin lo que hay sobre las tablas. Todo dispuesto para tocar, pero la banda solamente va a aparecer (de momento) proyectada. Vemos a Andoni estático frente al pie de micro, vestido con un top de encaje mientras espera a ser maquillado y fotografiado (la importancia de la imagen) para comenzar la interpretación de “Mailua”. La cámara nos descubre al resto de integrantes (Jangitz, Alberto, Julen) con movimientos tan urgentes como la música del cuarteto, como si fuéramos testigos de un making-off desde las tripas de la filmación, adentrándonos en la acción avanzando y retrocediendo sin pausa hasta que el primer acto culmina con ellos posando como si de un photocall se tratase (la importancia de la imagen) para las fotos de promo.

La cámara se aleja del plató con la última nota para pasar por corte a los cuatro miembros de VULK encerrados en una especie de garaje, impacientes, a la espera. Julen se pasea descalzo como hiciera McCartney en Abbey Road mientras cambia la luz de la estancia. El sonido ambiente se esfuma para dar paso al siguiente tema, pero esta vez el grupo comienza a hacer aparición en escena mientras suena una base electrónica. Andoni se dirige al micrófono y Jangitz hace lo propio hacia su batería, pero en cambio, coge otro micro y se une a su compañero al frente. La esquizofrenia va en aumento en la particular cárcel a sus espaldas mientras “Amodioa Kartzelan” (en su versión 8bit) aumenta su intensidad hasta el industrial (vía Nine Inch Nails) y ambos frontmen rivalizan en chulería como si estuvieran en las calles de West Side Story. Cantan libres de un lado a otro, cómplices bajo la luz rojo burdel. La espera que continúa detrás es ya un encierro. “Kaleak faltan botako nau”. Alberto hace flexiones para pasar el rato. Ando y Jangi repiten el estribillo acercándose el uno al otro hasta acabar con un beso furtivo en la boca y desaparecer entre bambalinas. En la pantalla, se hartan. Estallan. Abandonan la prisión y salen por la puerta. Oscuridad.

Volvemos a ver a la banda, esta vez al aire libre. Gabardinas y chupas por las marismas. Sintes de bajo a modo de banda sonora mientras ascienden la loma como si fueran protagonistas de un Trainspotting euskaldun o contemporáneos del Rock Radical Vasco. El chándal como insignia generacional. El sonido se vuelve drone y las butacas tiemblan con los graves. Los pálpitos nos remiten a la margen izquierda industrial, aquella que ya no es. El tendido eléctrico toma el pulso a la tierra. Botas militares. Marciales. El sirimiri cala hasta los huesos. “Ekaitza Ta Barealdia”. Ama Lurra, la Madre Tierra. De ella brota la voz del poeta. “Haginka beti”. Siempre a mordiscos. Y salen a escena bajo el silencio de las imágenes. Porque el silencio también se oye.

Mientras se acomodan los instrumentos, Alberto comienza con un riff de bajo que remite a aquel de “The Beautiful People” y dos operadores de cámara se suben al escenario con ellos para mostrarnos lo que pasa sobre él en primera persona. Julen lleva un traje oversize que le asemeja al David Byrne de “Stop Making Sense”, pero no tarda en desvelarse como el Johnny Marr de los de Bilbao, el genio detrás del sonido de la banda. Andoni le acompaña a la guitarra (cosa más habitual que antes en esta nueva etapa en euskera) con su look skinhead, mientras la sección rítmica sostiene a todos a navajazos cual greasers de los Jets (la importancia de la imagen) en trifulca contra los Sharks. Los planos que nos ofrecen Totxo y Cía. parecen recrear lo que estamos presenciando como si lo reviviéramos en un sueño, un delay audiovisual que torna la experiencia en inmersiva, onírica. La presencia escénica de los músicos hace el resto para mantenernos clavadas, un derroche visual en todos los sentidos. Vuelve a hacerse el silencio tras “Gaua Eta Odola”, y el rojo sangre da paso al frío azul entre aplausos. Una balsa de ruido nos mece mientras Julen toquetea los pedales y Andoni nos da la espalda desde el fondo. Primitivismo. La pegada de las baquetas nos lleva a unos hipotéticos Lagartija Nick que hubieran grabado “Omega” con Laboa. Raíces y distorsión. Mención aparte merece la labor de Urtzi Iza (Empty Files, Otoi) controlando a la bestia a los mandos de la mesa de sonido, erigido ya como quinto miembro del grupo y saliendo victorioso aquella tarde dados los problemas de latencia inherentes a trabajar con audio y vídeo en directo. La realización suma en todo momento, aportando dinámica cuando es necesario y manteniéndose en segundo plano cuando la violencia se desata. Andoni se golpea el pecho al ritmo del bombo, subrayando su “Militantzia Sutsua” desde los latidos del cora(zón). Son capaces de sonar Dischord y no-wave a la vez, con una juventud insultante y un talento y ambición que de momento no conocen límites. Han encontrado en el euskera y en esa mirada atrás a las décadas de los 80/90 en Euskal Herria la manera de seguir siendo fieles a su espíritu (post-)punk sin renunciar a crecer como banda. Porque forman parte de una generación que se siente más cercana a aquellos años en que los boomers vivimos nuestra infancia, que a la suya propia.

Vuelven a salir de escena y tras el apagón, en la proyección se suceden multitud de vídeos de bolos anteriores, todos ellos verticales, como los VHS que apilábamos en las baldas con nuestros recuerdos. Y es que el componente generacional me parece vital para entender a VULK y ese volantazo que han dado a su propuesta con el cambio de idioma, y el siguiente acto viene a refrendar este argumento. Entramos en un taller de madera repleto de telarañas. El artesano trabaja un tocón con el escoplo, concentrado. La radio suena de fondo. Jangitz entra en escena y saluda a su aita. Fuma mientras observa detenidamente el trabajo manual de su padre y la emisora da una noticia sobre las Spice Girls. Los 90 de nuevo. Salen virutas del leño. Hacer las cosas como antaño. Jangi alaba la obra de su progenitor. Telarañas y más telarañas por doquier. Sólo el carpintero experimentado sabe que las arañas mantienen alejados a los parásitos de la madera. Respeto por la tradición. “Nire aitaren etxea defendatuko dut”. La maza marca el ritmo mientras surcos atraviesan las vetas. Sigue la tertulia radiofónica. “Hoy en día vivimos todo con imágenes. Engañamos a la gente con el montaje". La importancia de la imagen. Faltsua ta benetazkoa. La música vuelve a surgir de las entrañas, y las imágenes callan. Hablan por sí mismas. Suena un eco distante. Vemos la talla que ha nacido de las manos del ebanista. Reza “VULK EZ DA”, baina badira. Como en una hilarria. Una piedra de los muertos a la inversa. Una biziharria. El verbo se hace carne y aparecen de nuevo con el tótem de fondo. Totémicos. Generando sensación de peligro en todo momento, como unos The Ex de speed. Como si, al igual que hicieron los holandeses al descubrir sus raíces afrikáans, el haber abrazado su propio legado los hubiera liberado. Rítmicos. Tribales. A un lado, un troquel de letras que recuerdan a aquellas pancartas abertzales de los 80 donde leemos “EZ DA” mientras el estribillo repite el lema hasta la extenuación. En la negación han encontrado su propia identidad y las proyecciones escupen ráfagas de fotos fijas de todo el proceso que la reafirman. Mutan en noise rock caótico que por instantes les hace herederos de Lightning Bolt o Melt-Banana, y pasan con la misma facilidad a enarbolar la bandera rosa del post-punk de los Wire. “Beti berandu”. Las imágenes se pixelan. “Tic, tac”. La negación como forma de vida. “Ez gara helduko”. “Siempre” significa lo mismo que “nunca”. “Lanaren Kanta” para terminar cortando a negro, porque este trabajo está hecho para perdurar. Tiempo al tiempo.

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