Todo comenzó con “Walk on”. Y no solo por el valor como válvula de escape de unos sentimientos que se agolpaban de tal manera que o se expresaban o terminarían por explotar, sino como canción que muestra su plena validez en la electricidad que atesora, en la intensidad que crece dentro de ella cada vez que suena. Y si ahora lo hace en castellano, será porque Mikel Rentería, su autor, por fin se encuentra seguro al mostrarse desnudo, tal como es, tal como lo siente. Son ya diez años de la fundación Walk On Project y todo parece asentado y encaminado. Tanto lo conseguido para visibilizar las enfermedades neurodegenerativas objetivo de su creación, como para asentar un gusto exquisito por la música que se traduce en una labor como promotora de conciertos única, representativa de una forma de ser que muchos entendemos como nuestra. Y esa “Walk On” traducida ahora al castellano guía todo el camino de una The WOP Band (foto inferior) cada vez más segura de sí misma, sabiendo que bebe directamente de aquellos tiempos en que el llamado Nuevo Rock Americano tenía a nombres como The Dream Syndicate o Green On Red como estandartes, asumiendo que el idioma de canciones como “Sin miedo”, “Sonríe de nuevo” o “Sueña”, con sus riffs de guitarra que te llevan directamente a las calles del Nueva York que pisara Lou Reed, no palidecen frente al inglés de la aguerrida “What’s life but a dream” o esa lectura abierta y vitalista de la en origen amarga “Walk on the Wild Side”. The WOP Band son alWOP Festival algo más que un simple nexo de unión de cada edición. Son el alma mismo de lo que se busca.

Búsqueda que parece encaminar a un sinsentido la diferenciación entre bandas nacionales e internacionales si de lo que hablamos es de Sex Museum (foto inferior). Pocas bandas capaces de superar esa barrera de tal manera que la vacía de contenido. Su trayectoria, su presencia , sonido, impureza al beber de diferentes modelos musicales pero su pureza a la hora de dotarlos de una homogeneidad rampante, su cabezonería basada en sus creencias, hacen de Sex Museum algo más que una simple banda de rock. Seguramente han alcanzado ya ese estatus de institución que tienen muchos de sus modelos. Y aunque todavía reciente su última visita bilbaína, el pasado septiembre, decidieron ofrecer un concierto diferente a aquel del Antzoki, centrado en su última rodaja “Musseexum” compacto, vigoroso y rocoso. Y así ejercieron con los teclados pesados y poseídos de Marta sobre la contundente base que Vacas y Loza proporcionan para los desarrollos solistas de Fernando mientras Miguel se agarra al pie de micro canalla, contenido navegando sobre sus capas de eco. Tras la inaugural e instrumental “Dopamina” repartieron píldoras de hard rock progresivo (“Breakin the Robot”) , pesada lisergia hippiosa (“Plummed Serpent”), se acercaron al krautrok industrial con los teclados de Marta arrollando en “Microdosis” , escupieron sus canciones más redondas como “Shine” u “Horizon” . Entre medio y tirando de banda hermana invitaron a Javier Vielva a cantar a dúo con Miguel “Walkin’on my Grave” versión de Dead Moon. Pero sobre todo y en estos tiempos de revueltas en el país vecino ejecutaron mucho rock combativo con guitarras y riffs mordientes sobre las capas de teclado en temas como “Soldier Doll”, “First Times” o la dupla de clausura “Street Fight”  y “Riots”. Un concierto mucho más breve que lo habitual en los madrileños – 50 intensos minutos – pero que por contundencia y sonido nos engancho y nos dejo con una sonrisa en los labios.

Enseguida y tras el profesional cambio de uniforme de faena volvieron a salir escena Pardo, Loza y Vacas ahora escoltados por el Sr. Marrón y Javier Vielva que ejerció de maestro de ceremonias, frente a un contenido Fernando Pardo en la noche del viernes. La propuesta de Corizonas (foto inferior) navega en palos multidireccionales, casi tantos como los lanzamientos que ha realizado este “supergrupo” y donde el inglés, el castellano conviven con el repertorio de covers clásicos de su primera gira conjunta (Dos Bandas y un Destino) . Y será por lo abierto de su propuesta, los problemas técnicos iniciales o la contundencia de la propuesta anterior, pero el concierto de Corizonas nos pareció más deslavazado mientras iban saltando de una a otra de las patas de su repertorio. Realizaron su entrada con intro instrumental deudora del “Polk Sallad Annie” con un Vielva excelso al thelemin y con su característica trompeta balcánica cimentando el sonido. Ejecutaron en castellano y con ecos setenteros (“La cuerda que nos dan”), revisaron los sonidos fronterizos que les caracterizan, trotaron sobre ritmos hillbillies y country bailable cósmico (“Las Paredes Bailan”). También tuvieron parada en los ecos andalusíes de “Todo va bien”, el Sr. Marrón, toda la noche en perfecta dupla con Pardo, se lució al slide en la personal versión del “Wish you Were Here” seguida por ese “Run to the River” excelente melodía con esencia pop desde el rock. Y fueron acabando la velada transmutando en pelotón transalpino en una muy celebrada “Piangi con Me”, finalmente Miguel Pardo subió a cantar en justo intercambio y la fiesta terminó. Supuso el set de Corizonas una bajada de intensidad perfecta antes del plato fuerte y final de la noche.

Y es que se repite estos días en medios especializados y entre sus propios seguidores el mantra de la injusticia que supone que las canciones de un creador como es Matthew Sweet (foto inferior y encabezado) queden reservadas para un consumo reducido. Seguramente es el sino de los llamados músicos de culto, aquellos que prácticamente de manera inexplicable, si nos atenemos a la excelencia de su obra, no logran dar el salto hacia su conocimiento masivo. Eso sí, quienes disfrutan de esas canciones aún en dicho círculo reducido son conscientes de la delicia, la emotividad, la armonía y la electricidad que destilan, convirtiendo la escucha en disfrute, gozo. Y buena parte de esos escuchas solitarios reafirma sus creencias estos días con la gira que el bueno de Sweet realiza en varias ciudades y que se convirtió en eje central del WOP Festival de 2018. Y es que a veces uno puede pensar que todo en él es intachable. Desde sus canciones a la banda que le acompaña. Que para esta ocasión contaba con la base rítmica y alma de sus amigos Velvet Crush, a quienes incluso ha producido, y con la guitarra de Jason Victor, fiel escudero de Steve Wynn en su proyecto personal y en la reencarnación actual de The Dream Syndicate. Con mimbres como esos nada debería fallar. Siempre y cuando haya materia y sustancia, claro.

Y vaya si la hay. No olvidemos que el primer lustro de la década de los 90 parió tres discos que se antojan infalibles, necesarios y fundamentales para definir el power-pop de melodía y guitarras, como fueron “Girlfriend”, “Altered Beast” y “100% Fun”. Por eso, cuando suena sobre el escenario del Euskalduna algo tan bonito y eléctrico como ese “Time capsule” con el que abren, una “Divine intervention” con la energía que debe exigirse a cada joya por muy melódica que sea, la guitarra de Jason Victor emulando los buenos días de Television en “Someone to pull the trigger” o la encantadora “We’re the same”, se entiende que buena parte del set recaiga en aquellos tres diamantes imperecederos. Pero es que tras unos años en los que parecía centrado en sus discos de versiones junto a la Bangle Susanna Hoffs, el pasado 2017 y éste 2018 ha demostrado que quien tuvo no lo perdió. Si “Tomorrow forever” era una maravilla, el reciente “Tomorrow’s daughter”, presentado como canciones de aquellas sesiones que no entraron en aquél, ha demostrado que si estos son sus descartes, muchos deben ser los que le envidien. Así que disfrutar en directo del impacto energético de “Pretty please”, la gozada melódica de “Trick”, la dureza de “Show me” cual reverso de la melodía que empapa todo el concierto o la tremenda belleza de “I belong to you”, y todo ello entre crescendos de la guitarra de Jason Victor, con viajes psicodélicos incluidos, es algo que compensa cualquier espera. Seguramente seguirá siendo un artista de minorías, pero quienes le disfrutan en directo saben que sus canciones tienen la capacidad de hacerles sentir especiales.