Si bien la masía es la típica construcción catalana, la d’en Cabanyes, de típica, tiene poco. Y si el festival es el típico evento musical, el Vida, de típico… tiene poco. Comparte lo justo con sus compañeros de generación. Es cómodo y espacioso, no hay colas ni embotellamientos; con un presupuesto cercano al millón de euros, programa selecto, con nombres grandes o pequeños, pero con una línea tirada: no a la pesca de arrastre. Aquí no se cuela ni un nombre estridente. En la lonja, sólo pescado deseado. El Vida Festival ha perfeccionado su concepto de festival en apenas dos años —sumados a los diez de aprendizaje de su papá, el Faraday— dando ejemplo de que ni todas las masías son iguales, ni todos los festivales hacen lo mismo, ni The War On Drugs han inventado la rueda; perdón, esto iba más adelante.

El ‘budget’ del Vida se estruja para hacer del festival del litoral villanovense algo esponjado y completo. Y, aunque no dudo que lo mejor del Vida esté, como en las comidas, por delante y por detrás (vermú y sobremesa), por fuerza mayor —uno, curra— nos centraremos en las dos jornadas grandes del evento. La primera de ellas, el viernes, fue más dispersa (emocionalmente hablando). Si bien Xoel López le dio todo el sentido posible a un escenario como El Vaixell (barquita plantada en medio de un bosque), exprimiendo al máximo sus cualidades como músico en solitario y sacando pecho de ritmo y solidez con “Paramales”, otras bandas… Otras bandas sufrieron insolación. Por ejemplo, Grupo de Expertos Solynieve: las gafas de sol poco les ayudaron a mirar al público y ver que, siendo así de ‘comunicativos’, sus directos no se salvan ni con temones como “La nueva reconquista de Graná”. Si antes comentábamos que el Vida ha afinado en sólo dos ediciones el tipo de artista que gusta (el de Pedigrí Vida), tal vez el nombre de Benjamin Clementine deba ser lo más parecido a un Pura Raza Vida. El solista (aunque esta vez acompañado, y potenciado, por teclado, batería y chelo) y su pop de cámara tenso hicieron del dolor algo compartible y sanador. Su expresión libre y sincopada impactó en Vilanova la mayoría del tiempo, a excepción de algunos paisajes más instrumentales en los que hubo quien empezó a hablar. Pero nadie le dice a Clementine qué ni cómo. Fue uno de los divos de la edición, esa Lana del Rey de 2014. Más mundano, si eso se puede decir de él, Joan Miquel Oliver: bajo, guitarra y batería y una hora de pistas imperdibles. Algunas de ellas de “Pegasus”.

Benjamine-Clementine-Vida-fest

Si alguien sufrió en el Vida fue el asmático. La explanada ante el escenario principal, tras el día de fuego en Vilanova, era fue todo polvo. Mucho polvo. Polvo y humo. En competencia con la humo anduvieron The War On Drugs. Pese a los buenos augurios de “Lost In The Dream”, a Adam Granduciel le sobró banda por todos lados. Impertérritos, dejaron una impronta gris, sin saber dar más que unos Fleetwood Mac fuera de época. El poco shoegazing que se les quiso intuir a los americanos lo hicieron olvidar Nueva Vulcano con auténtico ruido: punk-rock por el que no pasan los años. Rabioso en “Novelería” y rabioso sobre el escenario. Bien entrada ya la madrugada, Super Furry Animals nos harían bajar la comida —buena y variada, ¡milagro festivalero!— y demostrarían por qué los noventa se reivindican (poco pero con gusto) en la mayoría de los carteles europeos. Pese a sus diferencias, tanto Primal Scream (sábado) como los galeses dieron cuenta de rock, neo-psicodelia y techno orgánico. Dinámicas, ¡muchas dinámicas! A Primal Scream se les notó tan dinámicos que incluso algunas de las bases —las mejores— parecieron estar tocadas por arte de magia. ¡Viva el ‘play’! No sabría deciros si Dj Coco cerró el viernes tirando mucho de pregrabados o no, pero el estruendo de su sesión-a-la-Primavera-Sound (rebosante de ‘hits’) se escuchaba desde el camping. Y cerca, cerca, no estaban las tiendas.

Que un festival sea para todos los públicos —o que al menos asistan todos los públicos— ya no sorprende. Pero ver mas carritos que bolsas de MDMA, sí. Y que los carritos no se marchen con el sol, aún más. O en Vilanova y alrededores hay una generación de progenitores fiestera incorregible o el festival anda preparado, por espacios (El Niu, zona infantil con talleres y programación especial) y cartel, para no echar a los mayores de cuarenta con peques a las mínimas de cambio. Y es que el Vida son mayormente bandas. Si hay algún Dj, eso es ya pasadas las tres, casi al cerrar. Dentro, es más insoportable el calor que el ruido. Que se lo digan a los grupos que se prodigaron por La Daurada Beach Club durante la tarde o los que abrieron el sábado. Qué chicharra. Los carteles-abanico se agitaron con fuerza ante Núria Graham (sola en El Vaixell y desarrollando con fuerza “Bird Eyes”) y, sobre todo, ante Senior y el Cor Brutal. A la bandera re-cosida que luce tras el escenario (Valencia vs. Estados Unidos), poco le faltó para fusionarse. Eso sí, no bajaron ni un ápice la velocidad. Rock puro y actitud irreprochable.

Otro que mostró actitud, compromiso y mano dura fue Nacho Vegas. Apostando por un ‘set’ puramente político con canciones sobre la crisis, los desahucios… Y brocha muy gorda en lo lírico (¿fue su último tema poético “La gran broma final”?). Vegas ha dado un paso adelante con su música, poniendo pie y medio en la canción protesta. Y eso que, tiempo atrás, tuvo algo que decir en esto del ‘drama’: “situación de la vida real que resulta compleja y difícil pero con un final favorable o feliz”, que dirían los griegos. Y de eso habló el Vida en sábado. De conciertos que empezaron templados o con el pie izquierdo y que crecieron hasta el delirio. Pasó con Andrew Bird que hizo de su pinza al violín y su folk versátil (de refinado a ‘granjero’) algo coreable y bailable. Quién nos iba a decir que el hombre de los silbidos tenía tanto guardado para un festival. Y pasó, sobre todo, con el segundo divo del cartel: Father John ‘Predicador’ Misty. Contorsionista, padre evangelista y, en últimos partos, ‘fucker’ oficial del festival (se dejó oír durante su actuación, no invento). Joshua Tillman ha recorrido un largo camino hasta tejer un espectáculo de explosivo rock setentero apoyado en su voz y sus bailoteos, pero lo tiene: “I Love You, Honeybear” mojó más que el sofocante calor.

The War On Drugs

Poco después Woods —y sus caritas, sus guitarritas, su musiquita de niños buenos— durmieron a las pocas ovejas que Andrew Bird y su folk tejano se había dejado por el Escenari Estrella Damm. Al rato, Mambo Jambo se encargarían de vestir el lejano escenario Jagermeister de improvisada sala de ‘swing’: zapatos de punta y vermutillo en la Plaça de la Revolució de Gràcia. Una buena fiesta ‘hipster’ repleta de pies deslizándose. Justo el contrario del tipo de fiesta que proponía John Grvy y sus muchachos: tralla, bombo y bajo gordo. Si bien al principio la propuesta, en trío (Dj, percusión electrónica y voz), se acercó algo al soul electrónico, fino (del que presumen), poco a poco el bolo fue girando hacia el trap. No se contaba ni un swagger entre los asistentes, y pese a la falta de argumentos, acabamos votando todos como energúmenos. El que tuvo argumentos, aunque se le fueron diluyendo, fue Guille Milkyway DJ en el cierre del festival. Los veinte minutos que mezcló, mezcló descarado: soul, funk… Todo marinado con electrónica. Cuando dejó los sesenta de lado, la sesión se convirtió en un karaoke a lo largo del que se escuchó demasiado basto el cambio de canción. Sin miedo al chicle, se acabó gozando un “Yo quiero bailar” (Sonia y Selena). Fue el otro tipo de ‘drama’ del día: “suceso de la vida real, capaz de interesar y conmover vivamente”, según la RAE. Vaya si conmovió; del ‘drama’ a la comedia, en un suspiro. Por cierto, la comedia seguirá el año que viene en Vilanova. Tenemos nuevos peces en el acuario para 2016: The Divine Comedy