Sirva como introducción que nunca he tenido a The Killers como uno de mis grupos de cabecera. De hecho me cuesta asimilar el éxito que cosechan, al igual que me cuesta asimilar lo que ha sucedido con Muse. Los de las Vegas no van a tardar mucho en irles a la zaga en lo que a llenar grandes recintos se refiere y con el impulso de la MTV, más unas melodías de soft-rock resultonas y pegadizas, se van a encumbrar en lo más alto. Así que es muy posible que ésta sea la última vez que les veamos sobre las tablas de un escenario de las dimensiones de un Razz. Lo más probable es que a partir de ahora sean pasto de pabellones. No me cabe la menor duda de que a su propuesta le irá mucho mejor con la nueva puesta en escena dado que sus canciones han sido elaboradas para sonar tan rimbombantes como inflamadas, fieles a la tradición de las stadium bands de primeros de los ochenta como Queen o incluso Foreigner, eso sí, con una pátina indie que les desmarca de la caspa que acumulan las viejas formaciones del AOR más clásico y de las que están más próximos de lo que a priori parece, por lo menos lo están de forma tan equidistante como de Depeche Mode o Duran Duran. Pero poco de todo esto parecía importarle a un publico que abarrotaba hasta la incomodidad más absoluta la sala barcelonesa y que no dejó de corear sus temas, sin reparar en las evidentes deficiencias de un sonido que no hacía justicia a sus canciones de tinte épico y muy especialmente a la, dicho sea de paso, nada espectacular voz de Brandon Flowers, (me hizo añorar a cantantes más engolados como Brett Anderson o de más pulso como James Dean Bradfield de Manic Street Preachers) que quedaba apagada, casi sepultada, por la enmarañada muralla sónica, a la que contribuían principalmente unos desbocados teclados y sintetizadores. Sin ser un concierto para el recuerdo, su propuesta en directo tiene el mismo grado de inocuidad y ausencia de personalidad que poseen sus discos o esa actitud tan desangelada sobre el escenario. Y todo ello a pesar de contar con canciones que enganchan en la misma medida en que lo pueden hacer los singles de artistas como Robbie Williams. Tampoco andan tan lejos de esa comercialidad basada en una propuesta para todos los públicos de edades y militancia estilística diversa. Un pijo-pop guitarrero que va a ir ganando enteros en los próximos meses hasta culminar con su presencia como cabezas de cartel de los festivales del año que viene.