Las luces del Sant Jordi Club se apagan y yo aún estoy buscando a mis amigas, aguantando como buenamente puedo tres cervezas con miedo a que, como ya viene siendo habitual, el concierto empiece con la visceral explosión que siempre provoca “KINKI FÍGARO” (y hace unos años “OKRO”). Un extraño rostro sacando humo de vaper por la nariz aparece en la pantalla gigante del recinto, una de esas imágenes que aparecen en tu móvil después de una sesión demasiado larga de TikTok (casi como si la propia aplicación te estuviera diciendo que eso es todo lo que le queda, que ya no hay más, que va siendo hora de tocar césped). En definitiva, en la pantalla apareció una de esas imágenes que me hacen confirmar que en nada rusowsky va a aparecer en el escenario gritando y saltando a ritmo de un beat ultra-saturado y, por supuesto, que yo me voy a quedar sin cerveza. Por eso me sorprendió tanto que, al cabo de unos segundos, empezaran a sonar las primeras notas de “Johnny Glamour”. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que, por muchas veces que hayamos visto a nuestro chronically-online artist favorito en directo, hoy iba a ser algo diferente. Creo que hasta que escuché esa melodía no había procesado del todo lo que estaba pasando: ¡rusowsky ha llenado dos Sant Jordi Clubs!
La flauta travesera de Drummie da el pistoletazo de salida a “Johnny Glamour” y ahí está rusowsky, de pie frente al micro, deslumbrante en ese outfit que Elvis se hubiera enfundado si alguna vez hubiera crackeado el FL Studio. Tras de él, una banda y decenas de backup singers vestidas exactamente igual que el cantante, como si de una especie de reinterpretación camp de los Oompa Loompas se tratara (¿no es el propio concepto de Oompa Loompa intrínsecamente camp?). Esta nueva puesta en escena, más coral, contenida y orgánica, hacen aún más sencillo valorar el talento escénico de rusowsky más allá de su ya más que reconocida energía cinética. Imposible no quedar impresionado por su inagotable registro vocal. La voz de Ruslán adquirió en el Sant Jordi Club una textura y versatilidad que, al menos yo, no había podido apreciar nunca de forma tan visceral, más aún si hablamos de sus baladas cibernéticas (¿cuántos clínex se habrán usado escuchando “4 Daisy” en directo?). Ya sea interpretando “ALTAGAMA” a la guitarra o “mwah :3” al piano, rusowsky vuelve a demostrar, esta vez en directo, ser mucho más que un maestro de los relieves digitales. Y, por favor, no caigamos en la trampa de señalar esta transformación de propuesta escénica como una consecuencia del éxito de su Tiny Desk. No creo que la reivindicación del acústico tenga aquí nada que ver con aprovechar una tendencia, sino con la necesidad de ser fiel al complejo sonido desplegado en ‘DAISY’, tan electrónico como folklórico.
Los conciertos de rusowsky siempre han sido una montaña rusa: adrenalínicos y físicos, pero también llenos de subidas y bajadas, de cambios de velocidad. Sin embargo, desde que el amarillo llegó a la discografía de Ruslán, ese movimiento pendular es aún más marcado, convirtiendo sus lives en una especie de impredecible scroll en vivo (igualito al que acompañó a “GATA” en las pantallas laterales del Sant Jordi Club). Imposible saber lo que viene después, si toca pogo o mechero. Los contrastes siguen siendo una parte fundamental de la esencia del artista, más aún si sus conciertos nos exponen a los bajos sísmicos de “sukkKK!!” (“el toto de tu puta está pocho”) para, segundos después, atravesarnos con las melancólicas cuerdas de “BABY ROMEO” (“y ahora es horrible no pensar en ella”). Se hace realmente sencillo conectar con la bipolaridad emocional y estética de los conciertos de rusowsky, quizás porque yo tampoco sé muy bien cómo me siento ante nada. Lo que sí sé es que disfruté tantísimo escuchando “pink + pink”, “99%” y “LIAR?” en directo como viendo a rusowsky dando tres saltos seguidos en chanclas sobre unas escaleras al más puro estilo rockstar. Quizás porque es evidente que Ruslán se lo pasa tan bien produciendo como saltando, quizás porque su producción está construida a partir de pequeños saltos al vacío que en directo cobran (¡aún más!) sentido. No es fácil aterrizar bien cuando uno va en chanclas y, musicalmente, no hay nadie que caiga con tanta clase como nuestro Elvis virtual.

Por supuesto, y como no podía ser de otra forma, no faltaron los amigos. Es emocionante ver cómo, por mucho que la escala de los conciertos va aumentando con el paso de los años (¡muy valioso el trabajo de B·SERIES al trasladar a todos esos artistas que descubrimos en La Nau al formato grande!), hay cosas que no cambian. Las visuales que acompañaron a “project tu culo” lo dejaron claro: no hay rusowsky sin Rusia IDK. TRISTÁN! salió a acompañar a Ruslán en la cacofónica “CELL” y Ralphie Choo apareció en “BABY ROMEO” para confirmar que no hay pareja más importante para el presente y futuro del sonido nacional que estos dos locos. ¡Y no olvidemos que tras el arty brainrot que sobrevuela las visuales del concierto tenemos a Fomotrauma, visual duo formado por mori y TRISTÁN!. Supongo que la amistad es capaz de conquistar el mundo o, al menos, el corazón y los auriculares de las generaciones digitales. Estuve todo el concierto preguntándome si quizás ese sea el motivo por el que conectamos tan bien con este grupo de mad doctors. Recordé entonces cómo, en una charla que Elena Cabrera tuvo con Pet Shop Boys en 1999, la periodista afirmaba que la música de baile que componía la banda parecía estar hecha por gente que ve la noche desde fuera. Puede que rusowsky nos guste porque, de alguna forma, ahora mismo todos vemos todo desde fuera. O, al menos, que Rusia IDK sea el futuro porque son los únicos que están haciendo música desde dentro de Internet. Sea como sea, imposible no escuchar la felicidad unánime con la que el Sant Jordi Club gritó “ella es mi Tatiana, ella es mi Daisy” y no ver que se vienen cositas (o que estas son las cositas que se vienen). Lo saben hasta Las Ketchup, quienes salieron en el concierto del viernes a cantar su “Aserejé”. Estoy convencido de que, dentro de 25 años, el artista del momento invitará a Ruslán a cantar “VALENTINO”. O puede que no. Puede que esto sí que sea solo para nosotros.

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