Que un festival como el Rock Fest celebre su sexta edición en una ciudad como Barcelona (para ser justos, en Santa Coloma de Gramanet) tiene mucho mérito. Lo tiene porque, a pesar de algunos tibios intentos que no funcionaron nada mal, como las dos ediciones del Sonisphere (en especial la primera, en 2009, encabezada por Metallica), la Ciudad Condal estaba tradicionalmente asociada a otros sonidos, digamos, más eclécticos –indies, electrónicos, mediterráneos–. En el terreno del metal, Madrid parecía poseer la hegemonía con el desaparecido Festimad y ahora el Download; Barcelona ha tenido –al margen de algunas citas de menor alcance– el Be Prog y el ya consolidado, más clásico y trve de los festivales metálicos estatales: el Rock Fest Barcelona. Una apuesta al doble o nada que ha hecho de la reivindicación de los pioneros y puntas de lanza del género su principal seña de identidad, aunque eso signifique en ocasiones renunciar a otras propuestas más novedosas y, en otros casos, obligue a repetir bandas más de lo aparentemente aconsejable; algunas de ellas, como Dee Snider, han visitado el festival en cuatro de sus seis ediciones, algo así como, salvando las distancias, Shellac en el Primavera Sound. Desde aquí proponemos que ambos festivales bauticen alguno de sus escenarios con el nombre de sus respectivos artistas.

Bromas aparte, Rock Fest Bcn ha conseguido algo muy difícil: la fidelidad acérrima de buena parte de sus asistentes, más un margen creciente de público extranjero atraído por la suma de un cartel atractivo y la promesa eterna del binomio Barcelona-verano. La organización, la variada y abundante oferta gastronómica, el mercadillo, las facilidades y lo asequible del recinto… casi todo ha ido sobre ruedas. El sonido ha fallado en algunas ocasiones (en especial en el caso de W.A.S.P.), pero, por lo general, pocas quejas, más allá de la programación de algunos grupos entre la una y las cuatro de la tarde en plena ola de calor –algo que parece que será la norma en nuestro clima cada vez más tropical– y que estaría bien adecuar a esta realidad en un futuro.

Dicho todo esto, vayamos a la música. Y aquí intentamos avanzarnos a posibles críticas: asistir a un festival no implica verlo ni documentarlo absolutamente todo. Sobre todo cuando no se dispone de seis redactores para ello. Es imposible cubrir todos los conciertos de forma honesta y profesional. Por hacer una comparación ilustrativa, ocurre algo parecido a cuando vas a comer a un buffet libre: lo habitual no es probar absolutamente todos los platos de la carta; pides los que te apetecen, comes más de unos que de otros y, al final, con ello te basta para apreciar la calidad del restaurante y saber si repetirás. En el caso que nos ocupa, esta es nuestra sexta vez en el festival, lo cual habla bastante por sí solo. Con todo y sin más dilaciones, ahí vamos: este es el resumen de lo más destacable, según nuestro criterio, del Rock Fest Bcn 2019.

Jueves 4

La primera jornada empezó bien pronto con los locales Kilmara y la actuación de Raven; su show fue una incógnita hasta el último momento debido a la rotura de ligamentos sufrida por su guitarrista Mark Gallagher pocos días antes en otro festival europeo. Para sorpresa de todos, el músico salió al escenario con la pierna inmovilizada en una férula que no le impidió saltar del taburete y acercarse al borde del escenario para tocar los riffs de temas como “Hell Patrol”. Una proeza total bajo un sol de escándalo que sería la tónica de las primeras horas de cada jornada del festival.

A continuación, y sin apenas descanso, Ralf Scheepers de Primal Fear lanzó la primera descarga de power metal del festival; cabe recordar que la cita cuenta con muchísimos adeptos a este género, que se congregaron a primera hora frente al escenario. Los alemanes empezaron con “Final Embrace”, de su segundo disco “Jaws Of Death”, un clásico en toda regla. Tampoco se quedó atrás la final “Metal is Forever”, repetitivo y escuchado en todas los bares y discotecas metaleras de aquí a Tombuctú. A veces se hace hasta un poco insufrible, pero bueno, la gente disfrutó de la actuación y todos contentos. De germanos parecía ir la cosa el jueves: Udo Dirkscheneider, el ex líder de Accept (por cierto, los primeros confirmados para el Rockfest 2020) fue el siguiente en deleitar nuestros oídos. Udo nos gusta, ya sea tocando temas propios como “24/7”, “Animal House” o “Man And Machine”, como tocando temas de su anterior y gloriosa etapa, algo que decidió dejar de practicar hace tres o cuatro años. Una lástima, aunque ya les gustaría a muchas bandas poder vivir un poco más del presente. O al menos intentarlo.

Momento (uno más) para la nostalgia personal por parte de quienes firmamos esto. Y es que la actuación de Demons & Wizards suponía algo especial. Aún recordamos con gran cariño la gira de Blind Guardian y Iced Earth que visitó Zeleste en 1998 y que motivó la asociación de Hansi Kürsch y Jon Schaffer, y la publicación del primer disco de Demons & Wizards el año siguiente. El concierto empezó con ligeros problemas de Hansi con el micrófono, algo que se repitió en varias actuaciones, pero que en este caso solo duró unos breves instantes. Sonaron temas de sus dos discos, el homónimo “Demons & Wizards” y “Touched By The Crimson King”, pero la mayor ovación se la llevaron “Valhalla” de Blind Guardian y “I Die For You” de Iced Earth. Un excelente calentamiento para lo que nos aguardaba.
Puede que King Diamond ya no intimide como antes, pero viendo su espectáculo de heavy metal filo-satánico uno puede imaginar lo que sentirían los chavales de los ochenta. Existe un aura extraña en su figura y puesta en escena; una oscuridad y sobriedad latentes en sus set pieces, tan teatrales pero menos coloristas y sarcásticas que las de Alice Cooper –la muñeca atravesada por un cuchillo, damas fantasmales deambulando por las escalinatas de un castillo encantado–. El ex líder de Mercyful Fate ya encabezó una de las jornadas del Rock Fest Bcn en 2016; en aquella ocasión interpretó entero “Abigail”, su disco fetiche, y esta vez el impacto fue menor. Aún así, el danés se impuso a base de elegancia y de su característico falsete, una banda sólida y un repertorio tan malsano como clásico que incluyó cortes como “Masquerade Of Madness”, “The Lake” o “Burn”.

La primera noche se cerró con W.A.S.P., otra banda repetidora del Rock Fest Bcn, que en esta ocasión nos dejó bastante fríos con un sonido embarullado e inexplicablemente apagado: las guitarras sonaban en tercer plano y la voz desgastada y la actitud de Blackie Lawless tampoco ayudaron: quizás agotado por el calor de la jornada, su líder, desafiante años atrás, parecía la sombra de Robert Smith. En el arranque sonaron –es un decir– “On Your Knees”, la versión de The Who “The Real Me” y “L.O.V.E. Machine”. Las finales “Wild Child” y “I Wanna Be Somebody”, menos relucientes de lo habitual, maquillaron el desaguisado.

Viernes 5

El segundo día llegamos hacia el final del concierto de Thunder, justo a tiempo para presenciar la pequeña bronca –en parte, justificada– que su cantante Danny Bowes lanzó a los miembros de la Orquestra de Barcelona, que ensayaban en el escenario contiguo de cara al siguiente concierto. Algo hasta cierto punto comprensible y que ya había pasado en anteriores ediciones, por ejemplo, con el ubicuo Dee Snider. Solucionado el problema en un par de minutos, Thunder dieron paso a Rage, que interpretaron su disco “XIII” acompañados con la citada orquesta.
Peavy es el único “superviviente” de los miembros originales de la formación; parece que guarda un buen recuerdo de su anterior paso por el festival y que por esto lo eligió para interpretar junto a la Barcelona Rock Orchestra uno de sus álbumes más laureados. El resultado fue una experiencia casi única y que en directo se pudo disfrutar de diferentes maneras, aunque, a menudo, la parte orquestada solo podía escucharse cuando los músicos de Rage paraban de tocar. Sonó “XII” en su integridad y, de regalo, “Higher Than The Sky”, de su disco “End Of All Days”, que encajó perfectamente con este formato de actuación. Poco después, los acordes de John Williams de “Star Wars” enlazaron con la actuación de los británicos King King, que tocaban a esa misma hora en la carpa. Poco pudimos verles, pero la esencia blues rock que emanaba de sus instrumentos sonaba poco menos que perfecta. ¡Esperamos verles pronto en otra ocasión!

Turilli Lione’s Rhapsody tocaban en el escenario grande al finalizar la actuación de King King, y a pesar de tener esa parte de power metal que a veces nos cansa –bueno, que siempre nos cansa– su show fue correcto. Sonaron por primera vez tres temas en directo de su único disco “Zero Gravity: Rebirth And Evolution”: “Phoenix Rising”, “Zero Gravity” y “”D.N.A. (Demon And Angel)”, y, como no, temas de Rhapsody y de su mega hit “Dawn Of Victory”, que utilizaron ya como saque en su segundo tema, lo cual provocó que durante el resto del día no pudiéramos sacarnos de la cabeza el estribillo de “Gloria perpetuaaaaa….”. ¿Sabéis aquello que pasa con la melodía pegadiza de algunos anuncios? ¡Malditos!

Después de los líos de nombres, que si Rhapsody o Rhapsody Of Fire o lo que sea, los clásicos Obús tocaron en el escenario grande a la misma hora que los suecos Candlemass. Nos sabe mal por Fortu, pero ambos cronistas somos ultrafans de los doomies y, gracias a esto, presenciamos el que posiblemente haya sido uno de los mejores shows de todo el festival. Liderados por un enorme Johan Längqvist, el cantante de su primer disco “Epicus Doomicus Metallicus”, el cuarteto hizo gala de una entrega y una majestuosidad totales. Sonaron canciones de su recién estrenado “The Door To Doom”, como “Black Trinity” y “Astorolus The Great Octopus” –en cuya versión en estudio participa Tommy Iommi–, y aunque Leif Edling ya no gire con la banda, el actual line-up interpreta los temas clásicos a la perfección. Fue el caso de “Bewitched” o “Solitude”, que siguen poniendo la carne de gallina a todos los fans del buen doom sueco. Con su actuación, Candlemass se situaban de cabeza entre los favoritos del festival, algo que Saxon se encargarían de disputar al día siguiente.

Llegó el turno de la primera actuación en tierras hispanas de los alemanes Böhse Onkelz, con su mezcla de rock y punk gamberro, venerada a muerte por casi todos los germanos a quienes les guste la música algo radical. Los tatuajes futboleros y ultras de aquí y de clubes alemanes abundaban entre el público desde primera hora, pero a la hora de su concierto algo se torció: en las primeras filas empezaron a surgir brazos derechos en alto y demás mierdas por el estilo por la asociación mental con ciertas canciones que la banda publicó en sus primeras demos y que no eran políticamente correctas (esos del brazo en alto que también interpretaron como les convino alguno de los temas de Los Nikis). Con todo, su concierto fue bueno e intenso, y todo el público germano enloqueció en las primeras filas.

Y a coger un buen sitio para ver a Entombed AD, es decir, a L.G. Petrov y a sus chicos; y creemos que hicimos lo correcto, ya que las críticas de los fans de Gamma Ray no fueron demasiado gloriosas. Con todo, ver a bandas como estos clásicos del death metal sueco reconvertidas en un grupo distinto, más joven y técnicamente impecable, pero carente de alma y de punch, resulta algo decepcionante. No hicieron nada mal, pero quizás este fue el problema. Otra evidente y dolorosa realidad es que los temas que mejor funcionan son los de su anterior etapa, y los contrastes se pronuncian: “Stranger Aeons”, “Eyemaster”, “Wolverine Blues” o “Left Hand Path” y su épico punteo final nos hicieron olvidarlo todo durante un rato.

La cosa prosiguió por los derroteros más extremos del metal, en concreto con los estandartes del grindcore Napalm Death, guiados por el simpático spanglish de su vocalista Barney Greenway. La espiral de guitarras y percusión a dos mil por hora de los de Birmingham es difícil de describir; lo que sí es seguro es que quemamos más calorías que en una sesión de crossfit, aunque no tantas como su cantante, poseído, como siempre, por una suerte de baile de San Vito, en ocasiones cercano al ataque epiléptico, mientras escupía proclamas antisistema o contra la corrupción con unos guturales tremendos. También tuvieron unas palabras contra el fascismo antes de atacar su popular versión de Dead Kennedys “Nazi Punks Fuck Off!”, aviso para navegantes –y esto es una suposición nuestra– ante el riesgo de que el tipo de público que deslució el concierto de Böhse Onkelz volviera a hacer acto de presencia, resucitado por el rock sureño de ZZ Top. No vimos a ningún ejemplar del que avergonzarse. Por el contrario, los de Texas derrocharon clase y veteranía con un repertorio de blues rock armado que cumple medio siglo de vida. Haciendo de la simplicidad virtud y con un sonido nítido y casi perfecto que evidenció las conexiones más bien tangenciales con el hard rock, el trío liderado por Billy Gibbons encadenó canciones de sus distintas etapas, como “Gimme All Your Lovin’”, de su popular disco de los ochenta “Eliminator”, o las setenteras “La Grange” o “Tush”, con el músico luciendo una camiseta del Barça. Un doblete infalible como cierre antes de coronar su set con una versión del Rey, una “Jailhouse Rock” de Elvis con la que se despidieron veinte minutos antes de lo esperado. Se lo perdonamos porque hay que respetar a los septuagenarios, sobre todo si lucen barbas de medio metro y prometen que seguirán en esto del rock tanto tiempo como sea posible. Grandes.

Lo de Michael Schenker Fest fue eso, un festival. Con una sensación parecida a la experimentada frente a la reunión de Helloween con sus cantantes históricos en la edición anterior, el que fuera guitarrista de UFO reunió a tres de los vocalistas que han pasado por su banda y que, además, se cuentan entre los mejores del género: Gary Barden, Doggie White y en especial un Robin McAuley, sin querer desmerecer a los anteriores, sencillamente impresionante. Abrieron y cerraron con temas de los citados UFO (de “Doctor Doctor”, para muchos indisociable ya de los directos de Iron Maiden, quienes la utilizan como intro, a “Rock Bottom” y “Lights Out”). Aunque también hubo tiempo para Scorpions (“Coast To Coast”) y, por supuesto, para Michael Schenker Group. De diez.

ZZ Top

Sábado 6

La tercera jornada del festival evidenció una realidad inapelable: la edad no perdona. Pero no tanto la de ciertos artistas, que también, sino la nuestra. Ese fue el principal motivo por el que llegamos algo más tarde a Can Zam. De Gun solo pudimos ver y oír su versión de Beastie Boys “Fight For Your Right” y ya directamente nos enfrentamos al concierto de Cradle Of Filth. Hemos perdido la cuenta de las veces que les hemos visto desde ese concierto de mediados de los noventa junto a Opeth en la sala Garatge, pero creemos recordar que solo en uno sonaron bien y hasta Dani se mostró de buen humor. Esta podría haber sido la excepción, ya que casi todo el show sonó más o menos bien, pero para Dani no era suficiente, el cantante no se debía escuchar o algo pasaría por su cabeza. Nunca lo sabremos. Suerte que el guitarrista checo de Root, Marek ‘Ashok’ Smerda, hace bien la faena y te permite centrarte en el concierto y evitar que te preguntes por qué ha desaparecido Dani del escenario o por qué el menudo vocalista ha lanzado el micrófono volando al final del show. Pero bueno, el black metal, aunque sea británico, deber ser un poco así: violento e impredecible. El cambio de registro al afrontar el concierto de Def Con Dos fue duro, pero esta banda se lo merece, sobre todo tras la suspensión de sus conciertos en Madrid y Málaga por parte de políticos con afán de protagonismo. Los tiempos cambian y las letras de Def Con Dos se adecúan a la actualidad. Solo empezar, con los primeros versos de “La culpa de todo la tiene Yoko Ono”, César Strawberry y sus compañeros cambiaron Yoko por “Carapolla”. Sonó “Ultramemia” y “Que no te cojan”, y aprovecharon para cargar contra la manada y pronunciarse a favor de los derechos de las mujeres. Como cierre, el tema central de la banda sonora de “El día de la bestia”, con todos los heavys gritando, y, cómo no, con “Mineros locos (Armas pal pueblo)”. Un diez para ellos.
Tras ellos, fue el momento de Hammerfall, que hicieron disfrutar a todo el mundo y se llevaron el premio a la lona más espectacular de estos días, que cubrió todo el escenario –por delante y por los laterales– con el motivo de la portada de su nuevo disco, “Dominion”, del ilustrador Samwise Didier, que no es Andreas Marschall pero logra que la banda tenga un punto más en su puesta en escena. Pero la nostalgia –una vez más– nos pudo y fuimos a la carpa para ver a Deldrac, la banda que cuenta con Quimi Montañes, guitarra de los míticos Legion. De estos últimos recuperaron “Possessed”, “Mili KK” y ese gran tema llamado “Lethal Liberty”, que sonaron junto a temas propios coreados con ímpetu por el público y algún que otro adelanto de su segundo disco, aún por publicar.
Los suizos Krokus tuvieron que lidiar con una repentina tormenta veraniega que nos impidió disfrutarlos como merecen, aunque la banda demostró que quien tuvo, retuvo; algo no siempre aplicable en el mundo del hard rock. Como en su anterior paso por Can Zam, sonó su versión del “Rockin’ In The Free World” de Neil Young, incluida en su disco de covers de 2017 “Big Rocks”, y culminaron el set con la incombustible “Heatstrokes”.

Cualquier festival de metal o de rock podría montar la programación entera de un escenario con bandas afectadas por disputas legales entre sus miembros. Y el Rock Fest Bcn no es una excepción. A los mencionados Entombed A.D. podríamos sumar a Los Barones, grupo formado por la mitad de Barón Rojo, el bajista Sherpa y el batería Hermes Calabria. Mientras los seguidores de su banda nodriza coreaban algunos de sus himnos en la carpa, los británicos Venom –no confundir con Venom Inc., grupo paralelo formado por ex miembros de los originales– regresaban al festival para reivindicar su rol de pioneros del black metal, género que contribuyeron a crear y que años más tarde eclosionaría en los países nórdicos. Liderados por Cronos, el trío atacó piezas fundacionales del metal extremo como “Black Metal” –inmejorable apertura–, “Welcome To Hell” o la final “Warhead”. La guitarra sonó mal y las llamaradas y la pirotecnia, algo pobres, reflejaron justamente lo que Venom siempre han sido y representado: el underground del extremo.

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Venom

Como los buenos vinos, Saxon parecen mejorar con los años. Quizás lo hayamos dicho ya con anterioridad, pero es jodidamente cierto. Y la cosa parece no tener techo. Para muchos considerados un grupo importante pero siempre ensombrecido por cabezas visibles de la NWOBHM como Iron Maiden, Judas Priest o Motörhead, los británicos sacaron músculo con un directo fibrado repleto de himnos: “Motorcycle Man”, “Wheels Of Steel”, “Denim And Leather”, “Heavy Metal Thunder”… la lista es larga y culminó con “Crusader” y “Princess Of The Night”, no sin antes recordarnos que Biff Byford es un frontman como la copa de un pino, con esa inexplicable capacidad innata para conectar con el público, que le lanzó chalecos tejanos repletos de parches que el cantante se puso en más de una ocasión. Clásicos.

Después de Saxon, solo una banda tan popular y querida por el público del Rock Fest como Arch Enemy podía aguantar el envite. Los suecos siempre han contado con un directo impecable y la entrada de Alissa White-Gluz en la banda en 2014 solo ha acrecentado su efectividad. Así lo evidenciaron desde el primer instante, con la cantante envuelta en un aura poderosa y chulesca como pocas y eclipsando al guitarrista y fundador del grupo Michael Amott. Cortes como “War Eternal”, “My Apocalypse”, “Under Black Flags We March”, “No Gods, No Masters” o “Nemesis” hicieron el resto.

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Def Leppard

Domingo 8

El último día tocó madrugar para ver el final de Michael Monroe, calificado como “uno de los shows más locos” de estos días, con Michael, literalmente, encima de la gente y trepando a lo más alto de los laterales del escenario. Puro rock and roll. Pero la principal razón de nuestro sacrificio fue volver a ver y escuchar en directo el metal sinfónico de Therion. Vaya por delante que uno de los firmantes de esta crónica es fan acérrimo de los de Christofer Johnsson y que el otro les tiene una gran simpatía. En esta ocasión tocaron temas de casi todas sus épocas (aunque por desgracia suelen olvidarse de su preciosa y primeriza etapa death metal). Con todo, consiguieron levantar a todo el mundo con su épica puesta en escena y con dos cantantes femeninas, que secundaron a Thomas Vikström, uno de los mejores cantantes que pisó el festival. Arrancaron de forma espectacular con “The Rise Of Sodom And Gomorrah” y su show no decayó en ningún momento, con toda la banda entregada y Christofer en un discreto segundo plano que tan solo rompió en “Son Of The Sun” o en el maravilloso “To Megatherion”. Un show que nos dejó sin palabras, de los mejores que hemos visto de ellos.

Sonata Arctica es otra de aquellas bandas a las que resulta fácil cogerles cariño. En nuestro caso, esto sucede desde su presentación del disco “Reckoning Night” hace ya unos añitos. Su característico power metal culminó con la poderosa “Full Moon” y con “Life”, que contagió su particular amor por el vodka. Sobre Sebastian Bach no sabemos muy bien qué opinar, y eso que escuchar sus éxitos de Skid Row nos hizo retroceder a todos hasta una época divertida y memorable. El problema es que tocar canciones de “Slave To The Grind” y hacer todo lo posible por conectar con el público no fue suficiente. En definitiva, disfrutamos mucho más por el hecho de cantar al estilo karaoke gemas como “Monkey Business” o “Youth Gone Wild” que por lo que pasaba en el escenario.

Y tocó duplicarse de nuevo y escoger entre Children Of Bodom y FM. Alexi Laiho y sus chicos lo hacen bien, y abrir un bolo con un tema como “Are You Dead Yet?” es empezar ya por todo lo alto. Intentar mantener el nivel durante una hora ya es otra cosa, pero estamos seguros que sus fans se lo pasarían bien. La cosa cambió con los británicos FM. Desde su vuelta a los escenarios en 2007, la formación mantiene buen ritmo de discos y actuaciones. El cantante Steve Oderland es todo clase sobre las tablas y su voz es una auténtica gozada. Escuchar esa mítica “That Girl”, que muchos descubrimos por la versión de Adrian Smith en solitario, nos hizo temblar. Otros temas destacados como “Black Magic” o “Killed By Love” redondearon un concierto de altura que demostró por qué FM son uno de los reyes del AOR.

Teníamos ganas de ver de nuevo a Testament. Y es que la banda siempre se ha contado entre las favoritas del thrash metal para, al menos, uno de firmantes de esta crónica, que considera que merecerían un lugar de honor en el podio del thrash metal o en un hipotético “Big Five” del género. Empatados con Exodus, de acuerdo. Su cantante Chuck Billy dio el disparo de salida empuñando, como siempre, un palo de micro corto que utilizó para representar numerosos air guitars y otros tantos redobles de batería. Sería casi entrañable si su repertorio no fuera tan atronador. Arrancaron con algunos temas de la última década pero también recuperaron “Low”, puerta de entrada a una segunda mitad de set apabullante: “Into The Pit”, “Practice What You Preach”, “Over The Wall” o “Disciples Of The Watch” nos volaron la cabeza, con Gene Hoglan preciso como pocos a las baquetas y Alex Skolnick como guitar hero absoluto. Por su parte, Dream Theater, maestros del metal progresivo, centraron buena parte del repertorio en su último disco, “Distance Over Time”, aunque también recuperaron, muy acertadamente, piezas como “As I Am”, más directa y perfecta para un festival (¿su “Enter Sandman” particular?). También fue muy aplaudida la más introspectiva “Peruvian Skies”, de su ya lejano –¡veintidós años!– “Falling Into Infinity”. Con todo, se confirmaron las certezas sobre los neoyorquinos: son músicos excelentes, de los mejores que probablemente pasaron por el Rock Fest, pero su propuesta se resiente de las limitaciones temporales y la dinámica de un festival. Una lástima, aunque los disfrutamos todo el rato que pudimos.

El idilio de Dee Snider con el público del Rock Fest es algo, hasta cierto punto, fácil de comprender. Ello no significa que compartamos la misma pasión, pero, bueno, el ex cantante de Twisted Sister da a su público lo que quiere, y esto a veces puede ser lo más importante: rock sin embudos, inmediato, efervescente y coreable más un “buen rollo” contagioso servido con verborrea y notable carisma. Solo eso, así de sencillo, bien agitado y escupido a todo volumen. La gente pareció conocer bastantes temas en solitario de Snider, pero explotó con los clásicos de su exbanda como “Burn In Hell”, “I Wanna Rock” o la muy gastada –aunque no por ello menos buena– “We’re Not Gonna Take It”. Y de regalo, una versión de otro tema gastado –y no por ello menos bueno– como “Highway To Hell” de AC/DC.

Aunque suene redundante, lo de Cannibal Corpse fue una brutalidad, una auténtica animalada. Con una audiencia que desbordaba la carpa, utilizada por algunos como refugio de la lluvia, la carnicería arrancó con “Code Of The Slashers”, un medio tiempo que caldeó la abarrotada pista, sumida en un headbanging colectivo orquestado por George Fisher y sus guturales, los más bestias y cavernosos del planeta; y el ex Morbid Angel Erik Rutan como sustituto del fugado Pat O’Brien. Nos degollaron con la clásica “Staring Through The Eyes Of The Dead”; nos remataron con la contundente “Evisceration Plague”, otro medio tiempo agónico; y despedazaron nuestros cadáveres con las finales “Make Them Suffer” y “Hammer Smashed Face”. Precioso. A la misma hora que los de Florida, Europe congregaron a miles de personas en uno de los dos escenarios grandes. Más como cabezas de cartel rotativos que como teloneros de lujo de Def Leppard, los suecos salieron con actitud ganadora, con Joey Tempest presumiendo de voz y John Norum hábil, como siempre, a la guitarra. Empezaron intercalando temas nuevos y ochenteros, con la inclusión de “Carrie” o “Rock The Night”, una olvidable versión del “No Woman No Cry” de Bob Marley y el cierre previsible, pero no por ello menos magnético, con “The Final Countdown”.

Y así llegamos al cierre de la cita, al esperado final con los británicos Def Leppard, para muchos el principal reclamo del festival. Aunque aparentemente con menos tirada que anteriores cabezas de cartel de la cita, los de Sheffield cerraron la jornada más multitudinaria de esta edición, con más de veintidós mil asistentes, aún siendo domingo, lo cual explica las expectativas generadas a su alrededor. No defraudaron. Precedidos por una pregrabada “Personal Jesus” de Depeche Mode y conducidos por un Joe Elliott y un Phil Collen en forma, Def Leppard salieron al escenario con un triplete de valores seguros: “Rocket” y “Animal”, con luces de neón de fondo, ambas de su popular y radiofónico “Hysteria”; y “Let It Go”, del más rockero “High ‘N’ Dry”. El sonido sorprendió a aquellos que los veían por primera vez, grandioso pero casi tan limpio y claro como en estudio, reproduciendo las texturas de guitarra y los coros sobreproducidos hasta el punto justo, precisamente uno de los sellos de la banda. La balada “When Love And Hate Collide” es uno de aquellos guilty pleasures que deberían gravarse con un impuesto por exceso de azúcar; definitivamente nos quedamos con “Two Steps Behind”, que el grupo entero interpretó, acústicas y maraca en mano, de pie en el extremo de la pasarela que se adentraba entre el público. “Let’s Get Rocked” volvió a subir las revoluciones, y así fueron desgranando hits durante una hora y media que se nos hizo corta: “Bringin’ On The Heartbreak”, “Love Bites”, la muy celebrada “Hysteria”, con su punteo de guitarra transformado en cita al “Heroes” de Bowie, o las finales “Pour Some Sugar On Me”, “Rock Of Ages” o “Photograph”. Vello de punta. Su hard rock ochentero, aupado en su momento por una nutrida colección de buenas canciones y por la MTV, suena hoy a pop de guitarras aerodinámicas. Más reivindicables de lo que muchos reconocen en público.

Def Leppard fueron el mejor colofón a una edición con cifras de récord –más de ochenta mil asistentes–, si bien la sensación de impás ha sobrevolado la cita. Una de las novedades, la ampliación a cuatro jornadas, ha resultado algo excesiva para algunos, perfecta para otros; en cualquier caso, no se repetirá en 2020, año para el que ya se ha anunciado el regreso al formato de tres jornadas (del 2 al 4 de julio) y la presencia, como decíamos, de los alemanes Accept. Precisamente, otros repetidores del festival.

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