Con el multiculturalismo y el eclecticismo musical por bandera, y un tamaño que permite disfrutar del evento sin aglomeraciones ni agobios, Río Babel se consolida en esta segunda edición como una opción cómoda e interesante en el panorama festivalero de la ciudad de Madrid para disfrutar de dos veladas de música mestiza con una fuerte presencia de bandas del otro lado del Atlántico y un explícito ambiente festivo y relajado. Mucha comodidad, precios asequibles y poco postureo: una opción perfecta para terminar un fin de semana veraniego bailando electrocumbia en la capital.

Sirva como ejemplo de ese marcado espíritu ecléctico dos de los mejores conciertos de la jornada inaugural del festival: los peruanos We The Lion por un lado, con su efectivo folk en la onda de Mumford & Sons o Fleet Foxes, que ofrecieron un divertido y fresco show a base de épica acústica de raíces americanas, y la arrolladora Nathy Peluso a continuación, con su flow imposible y una energía y actitud que convirtieron su concierto en una demostración de fuerza y talento incontestable. La argentina está en un momento dulce, y se le nota: desde los lamentos iniciales de Estoy triste, ofreció un show poderoso, o directamente apabullante para ser más exactos. En el escenario Nathy Peluso se convierte en un animal, y es imposible no rendirse ante la fuerza que desprenden temas como Corashe o La Sandunguera cuando la tienes delante. Si este es el flow del futuro, bienvenido sea. Bastante más descafeinado resultó el concierto de Juanito Makandé, que a pesar de ofrecer un show más que correcto y de calidad instrumental, terminó resultando cansino con un flamenquito de manual, previsible y poco estimulante.

Nathy Peluso. Foto: Daniel Cruz

El que también atraviesa un momento dulce es Bunbury, indiscutible cabeza de cartel de la noche del viernes. Abrigado por el cariño de un público tan fiel como agradecido, y rodeado de una banda impecable que en directo suena como una apisonadora, el zaragozano repasó durante hora y media una discografía en la que cabe de todo, desde su último trabajo Expectativas (Warner Music, 2017) con esa masivamente coreada declaración de intenciones que es La actitud correcta, a temas que han pasado ya a formar parte del imaginario colectivo, como el viaje al pasado de Maldito duende. A lo largo de esa impecable hora y media, un Bunbury especialmente comunicativo ofreció las mil caras posibles de un personaje en continua reinvención: se acompañó del sonido del acordeón para revisitar Infinito o Que tengas suertecita, convirtió El extranjero en una celebración circense y subió revoluciones para que El hombre delgado que no flaqueará jamás sonase más potente y sucia que nunca. Lady Blue fue la elegida para poner punto y final a un show simplemente redondo, incluso para alguien que no es especialmente fan, como un servidor. Bunbury está en un estado de forma espectacular, cantando mejor que nunca y con una veteranía y un cancionero que convierten sus conciertos en grandísimos espectáculos de Rock.                 

Bunbury. Foto: Hara Amorós                     

Quantic abría la segunda jornada del festival, en formato banda y a ritmo de electrocumbia, funk y afrobeat, en un concierto en el que el inglés desterró la electrónica de su repertorio para ofrecer la versión más orgánica de su música, aquella que bebe directamente del folklore andino. Tiene mérito conseguir que el personal baile a esas horas y con ese sol de justicia, pero difícilmente uno puede quedarse quieto mientras suenan La cumbia sobre el mar o Time Is The Enemy.

La cuota nacional venía representada ese sábado por Arco y Bebe, con bastante más fortuna por parte de la segunda. Con un enorme sillón Emmanuelle dominando el escenario y al compás de Manolo Caracol y su Niña de fuego, Bebe salió con ganas de bailar y hacer bailar, y lo consiguió, a base de energía contagiosa, buen humor y una comunicación constante con el público. Entre bromas, risas y alusiones al calor, Bebe se divirtió mostrando su lado más festivo con el desparpajo de temas como La bicha o recuperando clásicos de su repertorio como Me fui o la inevitable Ella, para terminar despidiéndose agradecida y sonriente al ritmo de Bamboleo.

Bebe. Foto: Hara Amorós

La mezcla de ska con cualquier cosa de los australianos The Cat Empire pareció entusiasmar a gran parte del público en lo que a un servidor le pareció una versión descafeinada e inofensiva de Mano Negra. Y ese mismo entusiasmo fue trasladado de inmediato y elevado al cubo para recibir al nombre grande de la jornada: los siempre desconcertantes y extrañamente efectivos Crystal Fighters, con un escenario convertido en selva y su habitual juerga tribal de exaltación de la vida a base de tropicalismo, dance de estribillo fácil y hipismo con bombo a negras. Precedidos por una introducción de percusiones, a mi gusto excesivamente larga, el peculiar combo anglo español abrió el show entre explosiones de confeti y banderas multicolores en apoyo a la celebración del Orgullo con I Love London, uno de sus hits más adictivos. A partir de ahí, una fiesta libre de prejuicios musicales en la que la euforia y la diversión primaron sobre cualquier otra consideración, y que funcionó a la perfección gracias a un público totalmente entregado. Especialmente bonitos fueron los momentos de coros multitudinarios en Love Natural y, sobretodo, LA Calling. Gusten más o menos, hay que admitir que en directo la propuesta es divertida y convincente, y temas como Yellow Sun, Champion Sound o I Do This Everyday se convirtieron en broches perfectos de euforia general para redondear un festival que ojalá tenga un largo recorrido por delante. La buena vibra que genera bien lo merece.

Foto: Daniel Cruz