Existen bandas mediocres y bandas de un solo éxito; bandas fugaces o longevas; buenas o brillantes. Entre las excepcionales encontramos a los suecos Ghost, formación de heavy retro que combina lírica blasfema con melodías pop propias de ABBA y una cuidada puesta en escena. Liderados por Tobias Forge, los enmascarados concentraron su descarga de Barcelona en torno a sus canciones más guitarreras y la jugada les salió redonda: “Ritual”, “Absolution” o “Mummy Dust” arrancaron una cálida respuesta del público.

Punto y aparte. Tras la anterior clasificación, hallamos un reducido y privilegiado grupo de bandas capaces de trascender fronteras e influenciar millones de vidas. Este es, claramente, el caso de Metallica, el cuarteto californiano que cambió para siempre el heavy metal al propulsar a la esfera mainstream su depurada aleación de thrash metal y rock de estadios. Muchos no lo reconocerán en público, pero conozco a unos cuantos detractores del género que en la intimidad afirman que el “Black Album”, su disco más popular, les dejó una profunda huella. En cualquier caso, Metallica tienen poco que demostrar. Quizás conscientes de ello, o como consecuencia de la confianza recuperada, tras varios lustros de turbulencias, gracias a un disco tan notable como “Hardwired… to Self-destruct” (2016), en su última visita la banda pareció algo menos fresca, más enrocada, que en anteriores ocasiones. Aunque claro, hablamos de Metallica, uno de los pocos grupos del planeta que, prácticamente, sólo compite consigo mismo, sobre todo en directo. Digámoslo claro: Metallica es una banda que debe experimentarse en las distancias cortas al menos una vez en la vida, te guste más o menos su estilo musical.

Partiendo de esta base, y tras haberlos visto más de una decena de veces en las últimas dos décadas, me atrevo a apuntar algunas causas del sabor agridulce de su reciente paso por la capital catalana. Una: los grandes estadios resultan siempre más arriesgados que los pabellones: la energía y el sonido se diluyen en función de la ubicación del oyente y de las caprichosas y gélidas ráfagas de viento que sacudieron al público barcelonés. Dos: Metallica nunca han sido tan perfectos técnicamente como, por ejemplo, sus coetáneos thrashers Slayer, principalmente por el irregular papel del batería y fundador Lars Ulrich, columna vertebral de la formación capaz de convertir en fácil lo difícil (los redobles-ráfaga de metralleta de “One”), pero proclive a enredarse con lo aparentemente sencillo. Un handicap que los angelinos suelen neutralizar a base de energía, espectáculo, carisma a raudales y, por supuesto, repertorio. Ello nos lleva precisamente al tercer motivo: su camaleónico set-list, que mudan noche tras noche, incluyó en Barcelona algunos temas menores como las recientes “Here Comes Revenge” o “Lords of Summer”, intenso pero dudoso primer bis que parece ya fijo en las quinielas del presente tramo del tour; una desubicada “The Memory Remains”, salvable por los fantasmales coros de una Marianne Faithfull virtual; y, de forma especial, una tosca “Frantic”, apertura de St. Anger, su disco más caótico. Capítulo aparte merece la simpática versión de “El muerto vivo” de Peret, que ya interpretaron en su anterior paso por el Palau Sant Jordi; una simple anécdota elevada a titular por numerosos medios generalistas, un indicativo más de cómo están las cosas en esto del periodismo.

Pero vayamos a los highlights de verdad: en la rotación de canciones titulares de la presente gira cayó “Disposable Heroes” pero ganamos “The Thing That Should Not Be”, tema claustrofóbico y lovecraftiano de bajo flotante y crescendo intermitente que tocaron por primera vez en esta gira y cuyo pulso progresivo marcó la diferencia en el ya lejano “Master of Puppets”. También destacaron “Ride the Lightning” y una emotiva “Fade to Black”; y en el capítulo de invariables, una generosa representación del álbum negro: la groovie “Sad But True”, una de sus mejores composiciones; una “Unforgiven” extraña con las octavas vocales modificadas; y el cierre de oro con “Nothing Else Matters” y una incólume “Enter Sandman”.

Aunque si un tramo del concierto se llevó la palma en cuanto a solidez e impacto fue el protagonizado por su tríptico de la guerra, compuesto por tres himnos antibelicistas: “One”, pirotecnia aparte, un prodigio de contrastes, emotividad y furia, con un ejército de esqueletos con reminiscencias a “The Wall” de Pink Floyd desfilando por las pantallas gigantes; “Master of Puppets”, eterno clásico que nos sumergió en las interminables hileras de cruces del cementerio de Arlington; y “For Whom The Bell Tolls”, inspirada en la novela de Hemingway “Por quién doblan las campanas” y que ganó hondura gracias a unas expresionistas escenas animadas de las trincheras de la Guerra Civil Española.

Tan sólido como sus clásicos, James Hetfield lideró el barco con timón de acero. Infalible, el cantante y guitarrista sigue ostentando los primeros puestos entre los mejores frontman actuales y la voz más poderosa del heavy metal con permiso de Bruce Dickinson y Rob Halford. Los años pasan para todos –no los imagino manteniendo este ritmo a los setenta–, pero apenas existen precedentes de bandas tan longevas con semejante intensidad sobre el escenario. En un momento de la noche, Hetfield agradeció la fidelidad, tras casi cuatro décadas de carrera, de “la familia Metallica”. Una familia, en muchos casos, literal: varias generaciones reunidas alrededor de un fuego cegador, conscientes, quizás, de que no arderá para siempre.