Los sevillanos, inmersos en la gira de presentación de su recién estrenado
trabajo, “A la Hora del sol”, apenas lograron reunir unas doscientas
personas en la sala Mondo –que gozó de un sonido excelente, por cierto-.
Gente, casi toda, que no iba a un concierto de pop español. Esperaban los
asistentes poder curiosear más de cerca en el onírico y poético Mundomaga,
pero no fue así, o al menos no del todo. Creo que no fui el único que se
sorprendió al poder entender –hasta ahora no había sido posible en un
concierto de estas características- las canciones que salían del interior
de Miguel Rivera. Su forma de cantar es distinta ahora. Sus cuerdas vocales
ya no estrujan corazones como antes, buscando una dicción más limpia si,
pero de menor calado. Y si los sintes y los arreglos de cuerda tenían mucha
culpa de la magia de los primeros discos, esa magia ya no se percibe en
esta nueva etapa. Más crudos, más reales, los Maga que conocíamos terminan
siendo más pop de estanterías y menos un cuentacuentos que susurra nanas al
oído. Porque si algo diferenciaba a estos chicos del resto de grupos de su
generación es su capacidad de emocionar, creando una música que suena
mientras te enamoras de la persona que está a tu lado, la canción que se
convierte en una cajita llena de recuerdos, que te acompaña para siempre.
Eso es Maga, un mundo especial al que el sol, al parecer, no le sienta tan
bien. En la sombra se transmite mejor. Y lo cierto es que el grupo no
consiguió conectar con el público como en otras ocasiones. Si desde luego
temas incrustados en la garganta como “Agosto esquimal” o “Un lugar
encendido”, se acercaron al viaje que todos esperábamos, y coreamos,
trasladándonos en tiempo y espacio.
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