Los ejercicios de nostalgia y las miradas lacrimógenas por el retrovisor, suelen aparecer como una epidemia que se extiende como la pólvora a finales de cada diciembre, pero hoy no estamos aquí por eso. 12.000 personas están a punto de llenar el WiZink Center para celebrar y degustar lo vivido, con la banda sonora que los acompañó en las pérdidas y las heridas del camino, pero también en los siguientes desvíos curativos, con nuevos autoestopistas uniéndose al viaje.

La aventura musical de Lori Meyers comenzó hace 20 años en su Loja natal, donde decidieron coger esa suerte de tren hacia una Granada que los recibió con los brazos abiertos. Allí absorbieron la cultura musical que se respiraba en el ambiente y que se desbordaba por cada calle y garito. Este aniversario quedará también para la posteridad con “20 años, 21 canciones” (18), doble CD recopilatorio, con rarezas, temas inéditos, maquetas y un amplio libreto con fotos que festejan el tiempo pasado, acompañado de las historias y comentarios de los amigos y profesionales que han seleccionado las canciones.

La mecha de esta fiesta por dos décadas de historia y todo lo que está por venir la enciende el dúo Cala Vento, que tarda segundos en poner a prueba los cimientos del Palacio de Deportes. Un tsunami eléctrico que se lleva por delante a los despistados que aún no los conocían, y en el que bucean y se rejuvenecen, una vez más, los seguidores de siempre. Desprenden y contagian energía a cada paso, de “Hay que arrimar” o “Historias de bufandas”-del sobresaliente Fruto Panorama” (17)- a “Isabella cantó” o el grito colectivo final en “Abril”, un “todo lo que fui, fue gracias a ti, y ahora no tengo remedio” que canta hasta el público que aún no entró en el recinto.

Se apaga el eco de las melodías desgarradoras del dúo catalán, y da comienzo, a fuego lento, la verbena indie-rock más esperada, con la canción que abre su último y sexto largo, “En la espiral” (17), con los músicos y unos bailarines tras una pantalla/telón (no se alzará hasta el siguiente tema) que sólo nos deja entreverlos. Ya no hay marcha atrás, sin dirección ni redención a la vista, tras sentir el “vértigo en las huellas” cogemos impulso y despegamos en “Planilalandia”, primer himno bailable de la noche y primera de las cinco canciones que rescatarán de “Impronta” (13), posiblemente su trabajo más plagado de estribillos (marca de la casa) y coreable; seguida de “Luces de Neón”, del imprescindible “Cronolanea” (08).

Con el “tendría que reconocer que no llevo razón” marcado en la piel, Noni, Alejandro y Alfredo (muy bien arropados por una gran banda, amplia sesión de cuerdas incluida) nos dan hospedaje en su “Hostal Pimodan” (06), regalándonos una estancia de cuatro noches seguidas, la eternidad y un día, con la titular (en la que Noni aparca la guitarra y toca el teclado), “Sus nuevos zapatos”, “Dilema” y una “Pequeña muerte” que nos deja el regusto de la Granada sesentera más auténtica. Si creíamos que habíamos tocado techo, las melodías y la frescura de aquel mágico “Viaje de estudios” (04) se abren paso y nos hacen flotar por el cielo de Madrid en una inolvidable “Mujer esponja”, seguida de otra de las joyas de la corona, un “Tokio ya no nos quiere” que cantan miles de personas a corazón abierto.

lori meyers wizink center wilma lorenzo 2018

“Si te quieres venir, ahora ya no hay vuelta atrás”. Pues que no la haya. No sale el sol en el WiZink Center, pero se ilumina como nunca en “Luciérnagas y Mariposas”. Le seguimos preguntando a esa persona “si es capaz de conciliar bien el sueño” en “Explícame”, del rompedor y en su momento polémico “Cuando el destino nos alcance” (10), del que sonará más tarde, con aroma sureño (formación trío, en la pasarela circular delante del escenario, Alfredo al cajón flamenco y Noni y Alejandro a las guitarras), “Rumba en atmósfera cero”, y de “Cronolanea” (mismo formato) “Saudade”.

Antes brilla la única versión de la velada, la emocionante “Esperando nada” del eterno Antonio Vega, y la rompepistas y dolorosa “El tiempo pasará”. Se tambalea el Palacio de Deportes en la esperadísima “Alta Fidelidad”, y estiramos el clímax a los fuegos artificiales de “Ham’a’ cuckoo”, en la que no nos habría importado entrar en bucle infinito.

Las raíces siguen latentes, del luminoso power pop anglosajón, abanderado por sus queridos Teenage Fanclub, al noise rock más melódico de Dinosaur Jr. y los Pixies, pasando por los puentes granadinos tendidos por Cecilia Ann, las omnipresentes texturas planetarias y la primigenia actitud punk de Lagartija Nick y su ADN transgresor, sin olvidar la sombra alargada de Los Brincos y el alma de Los Ángeles, pero sobretodo y cada vez más, Lori Meyers.

La lluvia de hits no cesa, y se intercala pasado y presente a la perfección, destacando en la recta final la belleza épica de “Océano”, con la voz de Alejandro Méndez al mando, y el chute de eterna juventud de “De superheroes”, más tres bombas seguidas: dos clásicos instantáneos de su último disco, “Siempre brilla el sol” y “Pierdo el control”, y el remate definitivo con la contagiosa “Emborracharme”, himno entre los himnos.

Llegamos a la treintena de canciones con “Religión”, con una “¿Aha han vuelto?” en la que nos falta pista de baile, mientras caen cientos de globos amarillos y verdes sobre ojos brillosos abiertos como platos; y con una “Mi realidad” que termina por parar el mundo. 20 años y 32 canciones, porque abren una vez más las puertas del “Hostal Pimodan”, con esa caja de música de “La caza” relampagueando un último te quiero como guinda de esta merecidísima celebración.

Algunos compañeros se empecinan en destacar la falta de virtuosismo de la banda y algunas carencias que son, como las nuestras, más que sabidas, pero el trío de Granada ha conseguido algo muy difícil que pocos, muy pocos, logran: una conexión sentimental intergeneracional tan directa con el público que, dos décadas después, su cancionero se ha grabado a fuego en la memoria colectiva, demostrando la hondura y el calado indiscutible de su propuesta personal. Guitarra arriba, sintetizador abajo, ni indie rock, ni hostias, música popular que irradia luz propia. Viva Loja, viva Graná y viva la madre que los parió.