El concierto de Kanye West anoche en el Estadio Metropolitano de Madrid, además de ser hermoso, saldó una deuda generacional. Han pasado 20 años o lo que es lo mismo, 7445 días desde que el rapero criado en Chicago actuó por única y última vez en España, fue el 12 marzo de 2006 en la sala Razzmatazz de Barcelona. Mucho ha cambiado desde entonces, se necesitarían muchas páginas para enumerar cada suceso polémico: comentarios antisemitas, brotes psicóticos, alucinaciones y, en definitiva, problemas derivados de una mente en estado crítico, la salud mental no justifica los comportamientos, pero sí ayuda a explicarlos. Muchos temieron lo peor durante este último lustro, y la música era lo de menos. Pero tanto tocó el infierno que se impulsó hacia el cielo.
Ese mismo cielo que ahora incluye en un domo terráqueo de unos 15 metros de altura en el centro del escenario acompañado por cientos de luces, flashing lights y un sinfín de efectos dinámicos sobre la esfera, que proporciona una brutal finura visual puesta en escena y que sería aún más soberbia si el concierto hubiese empezado un pelín más tarde, cuando fuera plenamente de noche.
Es muy bello ver a Kanye West en la cima del mundo, o de su mundo, después de todo. Parecía un boss final de cualquier videojuego, solo que este te lanzaba para empezar “King”, “Father Stretch My Hands Pt.1” y “Can’t Tell Me Nothing”. Dile algo. Para luego ametrallar con la asesina “N**as in Paris”. No hacía playback, no ponía voces corillos rarunos por debajo de la voz, cantaba y rapeaba prácticamente todo. El público estaba casi con los ojos en blanco, poseídos por el aura inefable de ver en carne y hueso en España a un artista que ha cambiado el rap para siempre, azotándolo con la cultura pop, y que parece decidido a recuperar la cordura y la ilusión.
Ya en los alrededores del concierto se respiraba el ambiente de las noches grandes: muchísima gente en los prolegómenos del Metropolitano con yonkilatas, cubatas, cigarrillos, algunos trucados, y mucha agua. Aunque técnicamente no se colgó el cartel de no hay billetes, más de 60.000 personas se dieron cita en un día de calor horroroso en la capital.
Las casi dos horas de concierto empezaron con la vigorosa electrónica de “Yeezus”, que apareció con “Black Skinhead”, “Blood on The Leaves” y “On Sight”, recordándonos que lo que necesitamos no es lo que deseamos. Insisto, era precioso todo el ecosistema visual que rodeaba al domo terráqueo: colores tematizados con las canciones, fuegos cruzados, luces maleables.
Después de desgañitarse con “POWER” ,“Bound 2” fue de las más gritadas por el público, posteriormente tocó “Fade”, “Heartless”, para las heridas de corazón, y “All The Love” con la aparición del bueno de André Troutman usando el talkbox, acompañando también hacia el final a “Stronger” y “Flashing lights”.
Por primera vez en toda la gira incluyó en el setlist “Run This Town”, con una Rihanna -sí, sonó también “Famous- que no estaba pero se sentía, poniendo a todo el estadio de pie en otro momento de catarsis colectiva con “All Of The Lights” -que se tocó por partida doble ante el júbilo del personal-, cientos de haces de luz y pirotecnia. Tremendo. Si uno se para a analizarlo detenidamente, el catálogo que West tiene es ridículamente bueno. “Jesus Walks”, “All Falls Down” y la chipmunk-soulnesca mítica “Through The Wire” representaron “The College Dropout”.
Y la traca final: la dulce bipolaridad de “Ghost Town” y el triste “brindis por los imbéciles” en el titanic emocional de “Runaway”. Vi un chaval llorando a lágrima viva con esta canción. Después de mirar las redes me consta que fueron unos cuantos más. Pero el concierto no se cerró aquí, sino sorpresivamente con “TRUE LOVE”, la colaboración con XXXTentacion. Y el cometa Kanye se marchó; ¿habrá sido esta la última vez que lo veamos?

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